Coronavirus: diario de errores comunes en un confinamiento

Ilustración de Polkadothero

Ilustración de Polkadothero

Por Patricia Biosca
Desde mi solitario encierro -como únicos seres vivos solo me acompañan mis plantas y la familia monoparental de arañas que vive en mi tendedero- lo he intentado un millón de veces: abstraerme, aunque sea unos minutos, del maldito coronavirus. Y había pensado escribir algo diferente, más aún después de que la actualidad me arrollara -interesantes días para ser periodista- y ni siquiera pudiera pasar a saludar el pasado martes. Pero me doy por vencida. Así que mientras dure esta pandemia utilizaré estas líneas como mi diario personal de la batalla del confinamiento. Y a ustedes como psicólogos que gratuitamente -si continúan leyendo, que no tengo poder para obligar a nadie- escuchan mis movidas en días de cuarentena. Esta es mi manera de sobrevivir al encierro por coronavirus.

Jueves 12
He ganado la apuesta a mi compañero Rodrigo sobre el día en que empezaríamos a teletrabajar. Nos apostamos una caña a que el confinamiento llegaría antes de acabar la semana, aunque él pensaba que aún aguantaríamos viniendo a la redacción hasta la siguiente. En realidad, nuestro debate se podía extrapolar a toda la sociedad. Son momentos de “¿de verdad es para tanto?” versus “¿se están tomando las medidas necesarias?”. Al ver Ana Rosa me embarga la sensación de fin del mundo, si bien me mantengo en mis trece de guardar algo de serenidad en una sociedad que a mi juicio se ha vuelto loca. Cada vez me llegan menos memes y más mensajes de alarma. Yo sigo aún en la resistencia de los que continúan riéndose del asunto por dos razones: soy muy fan del humor negro; y a mis treinta y pico me ha tocado vivir más desgracias de las que son normales a esta edad. Como cuando Ignatius se ríe de los canarios porque ser oriundo de las islas le otorga ese derecho. Lo mismo. Eso y porque ya les comenté en el anterior artículo que en mi familia somos muy de reírnos de todo, no lo podemos evitar.
El caso es que mi primer día de teletrabajo ha sido una locura. Problemas con el programa, problemas con la comunicación, problemas de ansiedad general que me han hecho comerme lo poco que quedaba en mi despensa… En un solo día he recaído en todos los pecados capitales del teletrabajo: he trabajado con el pijama como uniforme y una elegante bata de ardilla de abrigo; por supuesto, no he pisado la ducha, porque cuando me he querido dar cuenta eran las 22 horas y me faltaban las fuerzas; no he parado para comer y en su lugar he estado picando todo el santo día; me he quedado dormida a las 22.30 leyendo un libro, con las gafas puestas y el mismo pijama que la noche anterior. Y todo el día. Doy gracias de no haberme dormido con las zapatillas de andar por casa dentro de las sábanas.

Viernes 13
Hoy me he levantado aún más pronto que el día anterior visto el desastre en el que se habían convertido mis horas de trabajo. Sin embargo, aprendimos mucho de esa locura y hoy se han respetado los horarios. Veo luz al final del túnel -y eso que llevo once días trabajando sin descansar-. Me he escapado para ir al Mercadona y comprar lo básico para mi subsistencia: mortadela de pavo, pan Bimbo, guacamole y ensalada americana. También bolsas de basura, que no me quedaban. He compartido con mis amigos mi compra y he de decir que se habla demasiado del papel higiénico y poco del fiambre de pavo en barra, del que aún quedan existencias, pero veremos su evolución. Solo he notado desabastecimiento en guisantes enlatados, cuestión que me ha dejado en shock. Ya se habla del cierre de fronteras en Madrid, así que en un gesto que no sé si ha sido desacertado, he ido a ver a mi madre (y sí, a robar tuppers y guisantes. Que no me juzguen aquellos que utilizan a su perro como vil excusa). Me dice un amigo que se encuentra regular, con tos y fiebre, y me da un poco de ataque porque estuve con él bebiéndonos el mundo el pasado fin de semana. En mi trabajo también hay rumores de que un ilustre columnista que se sienta a escasos tres metros de mi puesto ha pillado el bicho. Trabajé el fin de semana en la redacción con gente que estuvo con Ortega Smith e Irene Montero. Si pienso en el marcaje al que me está sometiendo el coronavirus, me entran los calores. ¿Será mi enfermedad mortal inventada de esta semana?

Sábado 14
Me despierto y lo primero que hago es, por supuesto, mirar el horóscopo. Esperanza Gracia me ha puesto la tercera en el ránking y me dice que tendré ganas de “moverme, salir y hacer planes”. Vaya ojo, Espe. Como es inviable, me pongo a hacer lo que el resto de España: limpiar mi casa. Una, que vive en un piso muy cuco y recogido, tarda en quitar todas las pelusas dos horas. He limpiado hasta las juntas de los azulejos, el armario zapatero por dentro y el pequeño estante metálico en el que dejo la esponja (no saben el óxido que se acumula en estas zonas… Ni yo tampoco, hasta hoy). Mientras, se me empieza a llenar la agenda de videollamadas por la tarde. De hecho, son tantas que hablo con gente que hacía meses no lo hacía. Incluso creo que no charlaría con tantas personas si hubiese salido a la calle. Aprovecho para descorchar una botella de vino que tenía reservada para un momento especial. Me la trajo una amiga de Haro, lo que después de los recientes episodios sobre el entierro que acabó en coronavirus, me parece una señal del destino.
Monotema con los amigos, anuncio de Pedro Sánchez de que el confinamiento se hace obligatorio por el estado de alarma y copa de vino que va y viene. Sin darme cuenta le pongo fin a la botella y juzgo como bueno ir a por una lata de cerveza. Cuando termino de hablar con ellos, me vengo arriba y pongo uno de los conciertos online que están ofreciendo muchos artistas a través de las redes sociales. Imaginen la estampa: yo, en mallas, con una camiseta cutre de la NASA -hoy me he duchado, así que denle un poco de dignidad al retrato si es que pueden- subida al sofá moviendo la cabeza como poseída por el ritmo ragatanga. Cuando se acaba, busco conciertos grabados en YouTube para seguir con mi salvaje fiesta privada. He de confesar que últimamente me entran ganas de fumar cuando bebo. No he comprado pitillos, pero recuerdo que puede haber restos en el alféizar de la ventana. Los hay. No tengo mechero. Búsqueda desesperada de mechero. No hay. Opto por revisar todas las maletas, bolsos y mochilas y, por fin, encuentro uno. Después de toda esta hogareña aventura, me voy a dormir con un pesado efecto helicóptero. Mi dignidad no está ni se la espera.

Domingo 15
Es un domingo normal: tengo resaca, depresión post fin de semana y estoy metida en la cama. Ahí me quedo hasta más o menos las 18 horas, después de tragarme entera la última temporada de la serie de romances de instituto pijo, drogas y asesinatos adolescentes de Élite -con un poco de remordimiento- y solo saliendo de entre las sábanas para recargar la botella de agua de la mesilla. Llego al salón y veo los restos de la bacanal del día anterior: los muebles movidos, la botella de vino vacía, la lata de cerveza -que no recordaba haber bebido- sobre la mesa, cojines y manchurrones de líquido en el suelo. Y eso que solo estuve yo de invitada. Creo que después del festival que me monté sí que he incurrido en todos los fallos existentes en un confinamiento. Leo en Twitter que un marino da consejos sobre cómo sobrellevar estos días. Lo he hecho todo mal. Me propongo aprender de lo acontecido, como todos los domingos. Y, como todos los domingos, me pongo Cuarto Milenio y la apacible voz de Íker Jiménez para quedarme dormida. ¿No decían que buscásemos rutinas? Ahí está la mía. Todos somos nuevos en esto y cada uno hace lo que puede.

Lunes 16
Me levanto con una energía renovada. Me preparo un copioso desayuno con la intención de coger fuerzas para todos los planes que tengo durante el día: terminaré por la mañana este artículo, acabaré el libro que estoy leyendo y asistiré a la clase de inglés online que tengo antes de comer. Cumplo lo del libro y, tal y como prometimos, me dispongo a disfrazarme con la bata de ardilla para acudir a la clase online en la que solo estamos el profesor y un compañero. Sin duda, lo mejor de mi día a pesar de mi terrible inglés. lo del deporte ya si eso para luego.
Me recaliento un tupper con paella para recordar cuando quedábamos los domingos a degustarla en casa de mi santa madre. “¿Te acuerdas de cuando podíamos viajar?”, me escribe un amigo por WhatsApp, como si llevásemos encerrados millones de años. Solo van oficialmente dos días y medio, pero me dicen que hemos cambiado de era y me lo creo. Veo en las noticias que los casos se acercan a los 10.000 y que probablemente el confinamiento se alargue más allá de los 15 días previstos. Digo un adiós definitivo a mi viaje a Londres de finales de marzo y, agotada después de buscar información acerca de si me devuelven el dinero del billete o no, decido ponerme a leer de nuevo. Me quedo cuajada -intento reconciliarme con Lovecraft, pero no hay manera- y me despierta el tono del móvil. Me propongo terminar este artículo, hacer algo de deporte y después ducharme. Y me lo propongo muy en serio, de verdad.
Tres horas después -y mucha procrastinación de por medio patrocinada por las redes sociales- me sorprenden frente al ordenador sonidos de cacerolas, vítores y palmadas. Cada vez la gente sale antes a los balcones, seguramente porque no haya mucho más que hacer y estas quedadas de vecinos se han convertido en una rutina necesaria. Veo que se nos va de las manos y acabamos haciendo turnos para aplaudir por barrios.
Son las 21.01 horas. Acabo de terminar este artículo. No he hecho ejercicio ni me he duchado aún. Y ahora tengo hambre. Qué difícil se me va a hacer esta cuarentena…


PD. Dejando de lado el “mamarrachismo” que me invade, desde aquí quiero dar las gracias a toda esa España que no para, incluidos sanitarios, dependientes, cajeros, estanqueros, conductores de transporte público y privado, incluidos mis compañeros periodistas que están al pie del cañón contando lo que ocurre -la mayoría de las veces con mucho acierto-. Millones de gracias a todos y cabeza para el resto. Una botella de vino para uno solo no es una buena decisión. Ni aunque lo diga Aznar.

¡Que les sea leve el confinamiento!

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