El aislamiento

thumbnail (1)

Por Gloria Magro.

¿Soñarán los canarios en sus jaulas con la libertad? ¿Soñarán con los árboles más allá de sus barrotes, con elevarse sobre la brisa y resguardarse del sol en cualquier saliente de su elección? La mota sobre el río, frente mi ventana, apenas a unos metros, verde y repleta de flores silvestres y la senda junto al cauce, salvaje en este tramo del Henares, comienzan a ser un anhelo, un deseo irresistible. ¿Se sentirán así los presos en la cárcel? No hay comodidad que compense el saberse confinado. Ni serie de Netflix, libro o chateo de whatsup que nos libere de las ganas irresistibles de abrir la puerta y salir.

Hace tan solo una semana de la declaración del Estado de Alarma y el estar literalmente encerrados comienza a pesar. La situación no tiene precedentes, no podemos remitirnos a nada conocido a no ser que hayamos pasado por Alcalá-Meco y no suele ser el caso, así que no tenemos recursos para digerir esto. Vivimos en una incógnita y solo el miedo irrefrenable al contagio que por fin se ha instalado entre nosotros nos permite resistir en casa, prisioneros convencidos de lo necesario de nuestra situación. Sobre todo porque se ve venir que este aislamiento social no va a durar tan solo dos semanas, sino que todo indica que permaneceremos más tiempo recluidos.

Afortunados los que pueden salir a trabajar, los que lo hacen desde su salón. Muchos de nosotros no conservaremos nuestro puesto en breve, si es que no lo hemos perdido ya. Las cifras de nuevos parados temporales ascienden a más de cien mil esta semana y esto es solo el inicio. Las gestiones telemáticas e instantáneas en la práctica de las empresas con el INEM son un consuelo, nos evitaremos aquellas colas que se veían a la puerta de sus instalaciones en los años duros de la crisis y los recortes. También es un consuelo el no tener realmente más gastos que los de alimentación y mantenimiento del hogar, por más que las ofertas nos sigan llegando a nuestro correo electrónico o a través de los anuncios de la radio y la televisión como si no pasara nada. Productos y servicios irreales que no necesitamos estos días. Será ya primavera en El Corte Inglés pero afortunadamente hemos dejado de ver a Matias Prats anunciando seguros de salud por quince euros al mes.

¿Cómo afectará todo esto a una provincia como la nuestra, a las logísticas? No hay que ser economista para adivinar que el consumo se ha desplomado y tardará mucho en recuperarse. Por no pensar en los servicios, el turismo… Si no fuera una situación compartida en la que mal de muchos, consuelo de todos, darían ganas de meterse en la cama y no salir hasta el verano, si eso fuese posible. Huyamos al Caribe con los niños, le proponía a una amiga hace unos días, visto que al pueblo no podemos ir. Pero ya no nos quieren ni en los destinos tropicales: ni Venezuela nos recibe. Ahora somos nosotros los apestados. Como cambian las cosas de un día para otro. Hace unos días, haciendo limpieza de papeles, dudaba aún sobre si tirar o conservar los apuntes de Relaciones Internacionales de quinto curso de Periodismo… en 1995… Afortunadamente eso y todo lo demás fue a la basura en un arranque de cordura, tantos años después de verlos en la estantería, inertes. Aconsejo hacer lo mismo a los licenciados de periodismo del año pasado: el mundo ha cambiado esta semana, ahora: cambia mientras escribo. No hay literatura a la que recurrir, ni referencias que nos guíen.

Ni en nuestras peores pesadillas hubiéramos imaginado, una semana atrás, la que se nos venía encima. Por mucho que lo viésemos en China, o en Italia por la televisión. Por mucho que el doctor Simón fuese día a día dibujando curvas y hablando de previsiones, ahí en la pantalla no nos afectaban, no nos dábamos por aludidos. El miércoles pasado mi buena amiga Clara Merín, una periodista cultural y gestora de redes con una larga trayectoria profesional, se aisló en su casa con sus hijas, como muchos otros madrileños. Desde el resquicio que es Facebook, todos, extrañados, le preguntábamos que ocurría. Aún no entendíamos nada y de hecho tardamos días en comprender y aún más en asumir y tomar medidas. Esos mismos días, preciosos días perdidos, aquí en Guadalajara nos lamentábamos porque el Club Siglo Futuro suspendía actividades y Nueva Alcarria aplazaba sin fecha su Gala anual. Nosotros seguíamos saliendo la calle sin ningún tipo de temor, encantados con la incipiente primavera, el sol y el calor mientras que en Madrid ya aplicaban las restricciones a la movilidad que nosotros veíamos lejanas, como de otro mundo, pese a estar a tan solo cincuenta kilómetros.

Total, el coronavirus era una gripe y poco más. Y todos sabemos que cada invierno la gripe se lleva por delante a mucha gente mayor sin que ninguno de nosotros alteremos un ápice nuestro día a día. La percepción cambia cuando se contrastan las cifras de la gripe común estacional y se comprende su alcance. Las del invierno 2017-2018 aterrorizan, producidas por un virus para el que además hay vacuna y un llamamiento anual a vacunarse. ¿Somos conscientes de que sólo ese año hubo 52.000 ingresos por gripe y 15.000 muertos, según las cifras oficiales recopiladas por el Instituto de Salud Carlos III?. No, no lo somos. Y no hace falta recurrir al responsable del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias para deducir que el COVID-19 es mucho más contagioso y que no tenemos ningún tipo de inmunidad ante él.

Los expertos dan por sentado que los contagios, ingresos y fallecimientos se multiplicarán, concentrado el pico de la enfermedad en estas próximas semanas. Y ese es el enemigo a evitar, el colapso del sistema sanitario. ¿Era inevitable? Desconozco la capacidad de reabastecimiento del sector, si hubiera sido posible acaparar material, reactivos, personal… hemos exportado tantos médicos, tantas enfermeras a otros países donde se sentían más valorados, mejor pagados y no sujetos sobre todo a tanta precariedad. Nuestra contribución como ciudadanos pasa por continuar en casa, aislados, y no exponernos al contagio. Intentar liberar recursos en los hospitales para que todo el sistema se centre en los afectados. 

Solo se nos pide que nos quedemos en casa. Hay condenas peores que permanecer con la familia, sin mayor obligación que la convivencia. No vamos a pasar hambre, ni gastaremos todo el papel higiénico acumulado. En los tiempos de la hiperconexión no hay soledad posible. Los balcones acompañan, las redes sociales también. Pensemos en los afectados en los hospitales, en los ancianos en sus residencias, privados de la compañía de sus familiares, en los fallecidos sin derecho a duelo. Todo esto se acabará, no va a durar para siempre, y después tendremos otras muchas preocupaciones y pronto olvidaremos este intervalo anómalo, apenas un paréntesis en nuestras vidas.

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .