Buscando motivos de esperanza

madre y mascarillas

Foto//: Twitter @Jjorgegsegovia

Por Sonsoles Fernández Day

Duermo mal, ¿ustedes no? Me despierto en mitad de la noche y me cuesta mucho conciliar el sueño de nuevo. Puede ser por la edad, lo asumo. Ya he pasado la odiosa barrera a partir de la cual dormir ocho horas del tirón es un bonito recuerdo del pasado. Pero esta vez no se trata de los años, es por tener demasiadas cosas en la cabeza, como nos pasa a muchos en este confinamiento contracoronavirus. Las últimas tres noches, en mi desvelo, intentaba encontrar un tema para hoy que no fuera negativo ni duro ni deprimente, huyendo del empacho de malas noticias que llevamos encima. Pregunté a algunos amigos que trabajan en centros médicos de Guadalajara, buscando un mensaje de esperanza y la respuesta fue unánime, que no hay otra realidad, que es todo tal y como nos cuentan, incluso peor. La situación es dura y deprimente. No hay buenas noticias de momento.

Estoy de mal humor, ¿ustedes no? Estoy enfadada con los gobernantes que tenemos, y no entro a colores ni tendencias, son los que hay y no lo han hecho bien. Por su falta de previsión, por ignorar lo que se nos venía encima. Fernando Simón, el director del Centro de Alertas Sanitarias y portavoz del comité de expertos de todo este desastre, decía hace dos meses que ’la epidemia del coronavirus tiene posibilidades de empezar a remitir’ y hace tan solo un mes que ‘el riesgo en España va a ser bajo o muy bajo’. Espero que esté durmiendo menos que yo, señor Simón, porque no ha dado una. Lejos quedaron ya los chinos y sus gustos culinarios, pero cuando vieron que la situación se ponía dramática en la vecina Italia, tampoco empezaron a tomar medidas. Esa falta de previsión dio como resultado, por ejemplo, que los sanitarios que se dejan la piel por los enfermos contagiados, esos con los que no contaron, no han tenido equipos de protección suficientes, ni siquiera en el primer día. Me crispan los discursos vacíos en ruedas de prensa que no concretan nada. Si no es por lo que nos cuentan en primera persona los que están al pie del cañón, no nos enteramos de la mitad.  Tampoco se habla de la situación de los farmacéuticos, ¿cuántos han cerrado ya o cerrarán pronto, contagiados por estar expuestos sin protección? Y me cabrean los irresponsables que no cumplen con la cuarentena, me da igual un vicepresidente, una runner o un comprador compulsivo. El estado de alarma es el mismo para todos y, ya lo están viendo, lo mismo muere un marqués que un abuelito de una residencia de ancianos. Si nos han dicho que nos quedemos en casa, nos quedamos en casa. Y mientras, la Policía y la Guardia Civil, controlando calles y carreteras, y contagiándose, porque tampoco tienen equipos de protección adecuados, porque no pensaron en ellos, tan necesarios en la situación en la que nos encontramos.

Y tengo miedo, ¿ustedes no? Pero los miedos son libres y propios así que prefiero no exponerlos. Solamente les diré que me preocupa lo que todo este caos se pueda alargar, en el tiempo y en el espacio. No van a ser solo quince días más de reclusión, eso ya lo sabemos. Nos recuperaremos, saldremos de esto, pero el precio va a ser alto y nos queda mucho para volver a la normalidad. Varias semanas que serán meses nos van a dejar el 2020 marcado para siempre.

A pesar de todo, sigo buscando motivos de esperanza y alegrías. Y ahora ya no pregunto, estoy segura de que ustedes están haciendo lo mismo. Simplemente porque todos lo necesitamos. Solo hay que ver que cada día sale más gente a aplaudir a las ocho de la tarde a las ventanas y balcones. Hay quien me ha dicho que no se lo pierde, que ese momento es una fiesta en su día de reclusión. He visto vídeos de la calle Virgen del Amparo que la vuelven a situar como centro neurálgico de la ciudad. Como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga. Verdaderamente merecen un aplauso y un reconocimiento diario todas esas personas que están haciendo jornadas interminables en situaciones penosas. No olviden su cita de las ocho, por ellos.

Por suerte cada día conocemos casos de gente buena que aporta su granito de arena para echar una mano. La mujer de la foto de portada es Julia Segovia, una señora de Guadalajara que, como dice su hijo que contaba ayer su historia en Twitter, ‘cose muy bien’ y ante la falta de medios en el CAMF, se puso a hacer mascarillas para ellos. Está cosiendo 100 mascarillas al día, siguiendo un tutorial de Youtube y teniendo las precauciones higiénicas necesarias. Para los que no lo sepan, el CAMF es el Centro de Atención a Personas con Discapacidad Física de Guadalajara. Hace tiempo que los empleados se están movilizando por el exceso de trabajo y la falta de personal, ya solo les quedaba la falta de equipos de protección en la cuarentena del coronavirus.  Un enorme aplauso para ellos y para Julia y otras mujeres que colaboran desde casa con su tiempo y sus máquinas de coser. No son las únicas, están surgiendo grupos de voluntarias aficionadas a la costura en pueblos como Cabanillas del Campo y Alcolea del Pinar. Más aplausos para todas ellas. Eso sí, mucha higiene y por el momento, solo grupos virtuales.

He leído que algunas peñas de Guadalajara han donado dinero para material de protección para nuestros sanitarios. Ya ven, como en las películas apocalípticas en las que la buena voluntad de los ciudadanos normales poco a poco saca al país adelante. Al final siempre hay algún mensaje positivo. Ojalá seamos capaces de acabar con la pandemia con delantales hechos de bolsas de basura y mascarillas cosidas en casa, porque no queda otro remedio y porque no nos falta ingenio y arte.

Para terminar hoy, déjenme defender algo mío. Les aseguro que los runners son capaces de entrenar en un metro cuadrado, y bastante nos cuesta pero lo hacemos. Los imbéciles que multa y detiene la policía, son excepciones.

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