Crónica de un crimen convertido en libro

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Me faltaba saber cómo se había comportado exactamente un asesino que nunca ha dado todos los detalles, que en su relato ha omitido información. Según Nogueira, porque sufre una especie de amnesia selectiva. Foto: Diario Sur.

 

Por Beatriz Osa (*). 

¿Cómo se convierte una crónica de sucesos en un libro sobre un crimen real? ¿Cómo se afronta el salto, el vértigo de las palabras, el espacio en blanco, la contundencia de saber que todo lo que se narra debe estar, cien por cien, sostenido por la realidad, que no habrá fe de erratas ni reedición que enmienden el posible fallo o la incorrección?
En septiembre de 2018 sonó el teléfono. Al otro lado, la periodista Marta Robles
-directora de la Colección Sin Ficción de la editorial Al revés– me lanzaba una propuesta sin red, pues ni siquiera nos conocíamos aún: “¿Si tuvieras que escribir sobre un crimen real cuál elegirías?”, me preguntó, “¿cuál de entre todos los asesinatos de nuestra historia criminal te atrapa hasta ese punto?” Y yo dudé, lo confieso. Quizás uno ocurrido hace décadas, que incluso estuviera a punto de prescribir… O que fuera más reciente para que el lector pudiese reconocer a las víctimas e incluso al asesino… O, mejor, uno en el que yo hubiese podido estar más cerca de la familia de las víctimas. Con estas premisas, el doble crimen de Cuenca fue el primero en el que pensé. Ocurrió un verano negro, el de 2015, en Cuenca, cuando Marina Okarynska y su amiga Laura del Hoyo fueron asesinadas por Sergio Morate, el exnovio de la primera de ellas, quien materializó la amenaza machista del si no eres mía, no serás de nadie. Y así, las ejecutó. A Marina, porque ya no era suya. Y a Laura, porque le estorbó para deshacerse de la primera.

Por ambas muertes, Morate cumple en la actualidad 48 años de prisión, sin ni siquiera haber pedido perdón durante el juicio que se celebró en la Audiencia de Cuenca, y en el que pude asistir en directo al dolor inconsolable de las familias de unas víctimas que sólo recibieron la indiferencia del asesino. Sin embargo, fue precisamente la inminencia de otro juicio que se iba a celebrar no muy lejos de allí, en Guadalajara, lo que viró totalmente mi rumbo de escritura.

El 24 de octubre de 2018, el brasileño Patrick Noguiera Gouveia, de 21 años, tomó
asiento en la sala noble de la Audiencia Provincial de Guadalajara frente a un jurado
compuesto por siete hombres y dos mujeres que iban a desplegar ante todos los presentes una lección de implicación como se ha visto en pocas ocasiones. No olvidemos que son ciudadanos anónimos, a los que no se les exige pericia ni conocimientos especiales para impartir justicia o, al menos, determinar el veredicto de culpabilidad. Nueve ciudadanos a los que, durante casi dos semanas, en sesiones maratonianas de mañana, tarde y noche, vi tomar notas y realizar preguntas -siempre a través de la presidencia, como manda la ley- atinadas al acusado y al resto de testigos.

Lo cierto es que fue un auténtico privilegio  poder seguir aquel juicio, que cubrí como reportera y editora de Expediente Marlasca, en el programa Más Vale Tarde de La Sexta, sin saber entonces a ciencia cierta que aquella cobertura acabaría siendo el germen de mi primer libro. Todo necesita su proceso de asimilación y afrontamiento. El mío se concretó en cuanto saqué la grabadora y el bloc de notas para encarar todas las entrevistas que, incluso a mí, que había seguido el caso de cerca, me sorprendieron. ‘Olor a muerte en Pioz’ incluye elementos inéditos en la investigación, desde testimonios a fotografías. Con lo que, todo lo que me contaron los investigadores de la Guardia Civil, los médicos forenses y la familia de las víctimas, que a su vez lo eran también del asesino, fue determinante. Como lo fue el poder estar sentada en aquella bancada destinada al público, pegada a los familiares y a tan sólo dos metros del asesino, del descuartizador de Pioz, el joven que a sus 19 años había asesinado a sus tíos y a sus primos, de uno y tres años, y luego había guardado sus cuerpos sin vida en bolsas de basura, apilándolos en un rincón del chalet 594 de la urbanización La Arboleda. Allí transcurrió todo y allí volví. ¿Cómo se aborda un libro Sin Ficción? ¿Cómo no caer en la recreación, la fabulación o la mera hipótesis de lo que pudo suceder en realidad? Sin duda, para mí fue ese el mayor reto de ‘Olor a muerte en Pioz’. Hasta el punto de descartar el arranque inicial que mi barajé en un primer momento, en el cual pensaba trasladar al lector hasta aquella tarde noche del 17 de agosto de 2016, el día que Patrick cometió los crímenes. El momento en el que llegó a la casa, cuando apuñaló a su tía Janaína y a sus primos, David y María Carolina, cuando limpió los restos de sangre mientras esperaba -impaciente y con hambre- a que regresase su tío Marcos del trabajo, cuando descuartizó los cuerpos y hasta cuando se acostó tranquilamente, recién duchado y con la vista puesta en el día siguiente. Y yo tenía todos esos elementos. Y aun así me faltaban demasiados como para recrearlos con el rigor que exige una historia real. Me faltaba saber cómo se había comportado exactamente un asesino que nunca ha dado todos los detalles, que en su relato ha omitido información. Según Nogueira, porque sufre una especie de amnesia selectiva.

Según los psiquiatras, porque no quiere contarla; su reserva le hace sentirse superior. Según su defensa, porque su cerebro está dañado. Y, qué pienso yo, me cuestionan cada vez que llego a este punto de la historia. ¿Me creo la explicación que dio el propio Patrick Nogueira, que habló de lagunas mentales? Y yo respondo: ¿y eso importa? En mi día a día, como periodistas de sucesos, nunca empleo tiempo en intentar desenmascarar las coartadas del malo, ni si lo que trasciende de su versión es creíble o no. Siempre he entendido que mi trabajo no es ese, sino el de intentar contar todas las versiones que tengan relevancia en el caso: las de su entorno, las de los investigadores y posibles testigos… ¿Importa realmente lo que piensen los periodistas que cubren la crónica negra? ¿Nuestra opinión facilita la compresión? No lo creo. Es más, en ocasiones me cuesta calificar o juzgar unos hechos, más allá de la atrocidad de los mismos, pues entiendo que habrá otras voces expertas que puedan hacerlo mejor que yo; voces a las que buscaré y preguntaré, eso sí, para dar voz.

Y eso es lo que he hecho en ‘Olor a muerte en Pioz’. Así pues, yo nunca he dicho que se trate de un “psicópata de manual”, pues no me hacía falta, ya que así me lo definió el capitán de la UCO de la Guardia Civil José Miguel Hidalgo. Al igual que tampoco me habría aventurado nunca a decir que Patrick puede reincidir, sino fuera porque el joven se lo confesó a un médico forense que, a posteriori, me lo contó a mí. “Me pidió que nunca le sacáramos de prisión porque lo volvería a hacer”, me reveló Óscar Ortigado. Con lo que, teniendo en cuenta tales testimonios, si algo puedo constatar es que más allá de la amnesia selectiva, Nogueira tiene una percepción muy concreta sobre sí mismo, la de que es un peligro en potencia.

Las entrevistas, las lecturas y relecturas del sumario, los visionados del juicio, las
revisiones de todo lo publicado en prensa sobre el crimen de Pioz… Abarqué todo lo posible para enfrentarme a esta escritura. Como busqué referencias de otros crímenes o me adentré en la criminología; todo aquello que pudiese ser de interés para el lector de un true crime. ¿Conocen las teorías deterministas de Cesare Lombroso? ¿Y el milagroso caso de Phineas Gage? ¿Saben que la neurociencia nunca se había empleado en un juicio en España para defender a un acusado hasta que Patrick Nogueira se sentó en el banquillo? ¿Se imaginan quién fue su mejor amigo en prisión? Al menos, les revelaré esta última pregunta: se trató de Sergio Morate, el asesino de Marina y Laura.

Si algo comprobé en la elaboración de este libro es que, de una forma u otra, siempre hay conexiones, como si un guionista tramposo hubiese tejido los hilos de la realidad. Coincidencias, como muchas de las que nos suceden y asombran cada día en nuestras vidas y que nos llevan por un camino u otro. Pues les parecerá manido, lo sé.
Pero si algo he reafirmado con la escritura de ‘Olor a muerte en Pioz’ es que la realidad siempre supera a la ficción.

thumbnail(*) Beatriz Osa (Madrid, 1979) es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y ha trabajado en la Cadena SER, la revista Zero y Telecinco. Desde 2006 está vinculada laboralmente a La Sexta, donde ha hecho Informativos y el programa Más vale tarde. Actualmente edita Expediente Marlasca, donde sigue la información de sucesos. Sus secciones «Casos Cerrados» y «Tras la pista», le merecieron en 2006 el galardón que concede la Fundación QSD.

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