Coronavirus: el Apocalipsis según Yuri Gagarin

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Perro-Unicornio sonriente con retrato del cosmonauta Yuri Gagarin al fondo. // Foto: P. B.

Por Patricia Biosca

Martes 24
Los que me hayan leído más de una vez saben que una de mis películas de referencia es “Atrapado en el tiempo”, con Bill Murray ya con entradas viviendo una y otra vez la misma jornada, la celebración del Día de la marmota (no en balde la película se llamaba en inglés “Groundhog Day”, si bien la creativa distribuidora y su inseparable productora tuvieron a bien cambiar al anodino título que llegó a nuestros cines). He utilizado la coña tantas veces que he intentado evitarla tantas veces como las cacas de conejo en el campo, como el sol los vampiros, como la ducha en la cuarentena. Hasta hoy. Hoy soy Bill Murray: no sé en qué día vivo porque todos me parecen iguales, repito las mismas rutinas viviendo en el salón, donde trabajo, como, leo, veo películas, hago algo parecido al deporte y vivo lo más social del día, el momento del aplauso.


Una vez pasado todo esto, me pongo el pijama de dormir -no el de andar por casa, que una tiene dignidad-, me meto en la cama y mañana será otro día. Igual. Y cada día estoy más enfadada. Y cada día más resignada. Aunque no estoy aprendiendo a tocar el piano, ni a esculpir estatuas en hielo, ni francés. Sí lo intento con el inglés (a veces) y quiero pensar que sí estoy ayudando de alguna manera a salvar a gente, como el personaje de Murray, que consigue romper el ciclo confesando un verdadero amor. Yo ya le estoy poniendo ojitos al retrato en la pared del cosmonauta Yuri Gagarin. De momento, su rostro soviético e impasible en blanco y negro parece ajeno a mis encantos.

Miércoles 25
Leer martes 24 de marzo.

Jueves 26
Por la naturaleza de mi trabajo, estos días están siendo intensos. Hay de todo: desde jornadas en las que apenas hay noticias en mi sección a maratones de doce horas en las que buscar un virólogo que esté metido en el ajo, tenga diez minutos para contestar a tus estúpidas preguntas, lo quiera hacer y, luego, haya que escribir lo que te cuenta “en cristiano”. Hoy es uno de ellos. De momento solo me había caído la responsabilidad de contar acerca de este tema de refilón, con temas aislados y con el tiempo suficiente para hacerlos. Pero hoy me he metido de lleno en el pellejo de la gente que día a día está contando el minuto a minuto de lo que ocurre en el mundo, historia a historia. Palabra a palabra. Con mayor o menor acierto, están haciendo de cordón umbilical las casas con la calle, la seguridad del hogar con la tragedia de los hospitales. Y, a pesar de representar este nexo, de jugársela muchas veces igual que otros muchos, de seguir ahí y echarle horas a pesar de todo, nadie se acuerda de ellos en las ventanas. Solo en los muros de Facebook para decir que esto o aquello es mentira, que todo está manipulado, que su trabajo no cuenta.
Y tras el palizón, tres cervezas entre pecho y espalda, una pila de palomitas, una partida de Play Station y a la cama. Que mañana sí que será otro día.

Viernes 27
Estoy desarrollando mis propias rutinas. Y la más asentada es la del videocubateo del viernes. Después de una dura semana de trabajo, toca relajarse y cultivar amistades a través del bar en el que se convierte mi teléfono móvil. Así es como voy de quedada en quedada, de sorbo en sorbo, directa hasta un subidón que, dicho sea de paso, cada vez es más controlado –nada de chustas-. De ahí salen ideas como montar un cineclub de cuarentena, leer este o aquel libro para comentar, hacer retos virales en pareja -yo los haré con mi nueva mascota, el perro unicornio. Adjunto foto más arriba-, hacer planes para después del fin del mundo e intentar que toda esta locura sea lo más parecido a una vida real con gente, aunque cada vez me siento más Joaquin Phoenix en “Her”.
Yuri Gagarin sigue sin responderme a los WhatsApps.

Sábado 28
Después de la rutina del viernes de desenfreno, llega el sábado de introspección. Es decir, de resaca. Abro el ojo a eso de las 12, me pongo una película que prometí ver ayer en el cineclub improvisado, y me quedo dormida en un momento indeterminado hasta las 6. Aún no he comido, aunque tampoco lo echo de menos. Es sábado y siguen surgiendo propuestas de planes: vermús, fiestas de disfraces, cañas sin más. Mis amigos empiezan a entender que el sábado es mi día asocial y no me hacen muchas preguntas cuando no contesto en tres horas en el móvil (mi tiempo de respuesta normal no suele superar los diez minutos).

Domingo 29
El domingo es igual que el sábado, pero sin hacer el vago y sin resaca. Cocinar, ordenar la ropa, ver otra película. Descubro el placer de leer en la terraza y, aunque suene tópico, me sorprenden los olores de la primavera recalando en mis narices. Me acostumbro con mucha facilidad a la banda sonora de los pájaros porque no se escuchan coches que los interrumpan. Nos intentan dar envidia con su libertad, ahora que ellos pueden salir y nosotros no.

Lunes 30
El lunes se ha levantado como yo: bipolar. Por la mañana he salido a la terraza a cazar rayos de sol, que desde el viernes de la semana anterior cuando fui de excursión al Mercadona no me he bañado en la luz de nuestro astro. A media mañana se pone a nevar. “Decían que esto se acababa con el calor. Y está nevando en Guadalajara prácticamente en abril. Dios nos odia”, me llega en forma de mensaje de audio al móvil. Por la ventana se ven los copos. Me llega un mensaje más. “He cortado el pelo al perro”, seguido de un vídeo en el que se ve a la pobre criatura como recién trasquilada por una cortadora de césped. Puede que nos merezcamos el Apocalipsis.
Termino el día con esta frase y una sopa de sobre al lado. A ver si le doy un poco más glamour a mi fin del mundo.

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