Una bocanada dramática

Por David Sierra

Iba a escribir un artículo, otro más, sobre el coronavirus. Las consecuencias que está teniendo en la población, o quizá abordar desde un punto de vista crítico la gestión. O a lo mejor tomar historias de cómo los vecinos están pasando este confinamiento un tanto surrealista que nos tiene a todos desubicados. Comienza uno a indagar. Analiza textos y posiciones, explora redes sociales y foros de discusión, tal como esos que se forman en la cola de cualquier supermercado, a metro y medio de distancia y con las mascarillas interfiriendo entre las palabras. Horas pérdidas hasta caer en la cuenta de que no sirve de nada porque ante esta situación cualquier consideración o posicionamiento responde a estados de ánimo alterados por las circunstancias, que vagamente justifican una percepción real y objetiva.

coronavirus-medioambiente

La incertidumbre de la situación, aderezada por cifras de difuntos seguidas de un “ya son”, mantienen en alerta a la mayor parte de la población, que sigue las directrices de los Reales Decretos a rajatabla. También contribuye a ello que los agentes del orden público han abandonado las oficinas para salir a las calles y hacer lo que mejor saben. El tiempo transcurre lentamente en los hogares – a pesar de adelantar la hora – y las redes sociales se han convertido en la fuga de escape de la tensión acumulada por la incomprensión inconsciente que implica permanecer encerrado ante una amenaza que ni se ve ni se escucha. Tan sólo se siente. En el ambiente.

Resulta inútil tratar de opinar sobre algo de lo que la mayor parte de la población, incluidos aquellos que se dedican a la política –de alta y de baja esfera-, no tienen ni puñetera idea. Y por tanto, este ejercicio de confinamiento requiere un elevado grado de empatía para comprender los comportamientos y las decisiones que se están tomando, según acontece la situación. Ponerse en el lugar del otro, recapacitar y, sobre todo, recordar manifestaciones y decisiones que se tomaron en el pasado cuando el peligro acechaba desde la lejanía oriental cuando apenas lo considerábamos una opción viable. No es el momento del “ya te dije” o “ya lo dijo” porque las intuiciones no siempre se convalidan. O mejor dicho, casi nunca.

A pesar de que ahora nos ha dado por rociar con lejía cualquier superficie a fin de desinfectarlo todo como medida para frenar la pandemia, el hecho de que los humanos hayamos puesto el freno de mano, por obligado cumplimiento, a buena parte de nuestra frenética actividad, tiene sus consecuencias positivas. La mayor, quizá, y sin duda la más trascendental, el respiro que le estamos dando al planeta. Paradojas de la vida, cuando la mayor amenaza a nuestra supervivencia se manifiesta en un ataque a nuestro sistema respiratorio, la solución está permitiendo tomar aire a un planeta que ha estado demasiado tiempo congestionado por la acción humana, hasta el punto de encontrarse en la UVI.

Hace apenas un par de meses, cuando la Cumbre del Clima decidió trasladarse a Madrid, los medios de comunicación y los poderes públicos se volcaron en el acontecimiento. Fueron días de publicaciones de numerosos reportajes, informes y estudios que alertaban sobre las amenazas a las que estábamos sometiendo a la naturaleza y las consecuencias que esto acarrearía en un futuro que se presentaba incierto y desalentador, sobre todo para las generaciones venideras. A pesar de los esfuerzos de concienciación, los compromisos políticos quedaron de nuevo muy alejados de las expectativas con la pandemia acechando a la vuelta de la esquina.

Quizá lo que no pudo conseguir una cumbre lo ha hecho posible este virus. Al menos ha sido una bocanada dramática. El confinamiento al que el coronavirus está sometiendo al ser humano ha permitido que las ciudades obtengan unos valores de calidad del aire nunca vistos. El descenso de los niveles de contaminantes es tan evidente como que mantenerlos bajos es una buena medida a considerar cuando la situación se apacigüe puesto que “está más que demostrado que la contaminación ambiental produce enfermedad y graves efectos sobre todo en los aparatos respiratorio y cardiovascular” apuntaba el presidente de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR), Carlos A. Jiménez, en un artículo reciente publicado en El Mundo. En ese mismo artículo proporciona otros datos sorprendentes como los aportados por la Organización Mundial de la Salud que cifra las muertes prematuras por contaminación ambiental en más de cuatro millones al año en todo el mundo, unas 800.000 en Europa. En España esa cifra ronda los 30.000 fallecimientos. Los contaminantes generan vulnerabilidades en nuestros sistemas respiratorios y cardiovasculares que aprovechan virus como éste para ser más letales.

En estos momentos de asueto, la ocasión se brinda idónea para fomentar esos cambios en los modelos productivos, económicos y sociales que nos permitan a todos ser más consecuentes con el entorno que nos rodea. Cometeríamos un error irremediable si cuando salgamos de ésta, nos empeñamos en recriminar al contrario o en pedir responsabilidades en vez de exigir que se acometan las reformas necesarias para ser más honestos con la naturaleza como el mejor escudo para garantizar nuestra supervivencia.

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