Historias del coronavirus: la heroína que le temía a la sangre

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Sanitarios del Hospital de Guadalajara. // Foto: Plataforma en Defensa de la Sanidad de Guadalajara

Por Patricia Biosca

Nos conocimos una tarde en la que su hermana y mi prima se empeñaron en enseñarnos a montar en bici. Ella lo consiguió y yo me caí a los cardos, cuestión por la que acabé bastante enfadada. Luego nos encontramos meses después, en el primer curso de párvulos y, desde ahí, nuestras vidas discurrieron paralelas durante otros veinte años más. Aún recuerdo cómo le daba el tabardillo cuando veía una gota de sangre. Cómo se ponía blanca y había que sentarla en una silla. Así que cuando me dijo que quería ser enfermera, me quedé del mismo color que ella cuando, de pequeña, alguien se hacía una herida. “¿Estás segura? Tía, que tienes terminado periodismo…”, le dije. “Sí, siempre he querido un trabajo con el que ayudar a la gente”, me respondió. Y ahora, ocho años después de aquella conversación telefónica, mi amiga se encuentra, efectivamente, salvando vidas. Y ya no se marea con la sangre.

Llevábamos tiempo sin hablar. Pero una foto en la que aparecemos de niñas me ha hecho recordarla. Eso ha derivado en una conversación por WhatsApp en la que me ha contado cómo está viviendo estos días. Toda la crisis de la pandemia del coronavirus le ha pillado de lleno: trabajaba en la UCI del hospital de Guadalajara desde septiembre. “Al menos yo sabía tratar con pacientes críticos”, cuenta. Turnos con más horas de las debidas, llamadas en días de libranza que no encadenan más de 24 horas fuera del hospital, camas de cuidados intensivos que se rellenan según van muriendo pacientes. “Hemos dicho todos al supervisor que nos da igual no librar todo lo que tenemos que librar, que nos llame y vamos… No preguntamos cómo lo van a compensar. La verdad es que todos estamos arrimando el hombro muchísimo sin rechistar”. La creo no solo por la experiencia que me otorga haber vivido con ella todo tipo de situaciones -de esas que me han ofrecido un arranque perfecto para estas líneas más de una, de dos y tres veces-; también avalan sus palabras los mensajes de, por ejemplo, el director regional de Europa de la OMS, Hans Kluge, quien escribía que se sentía “profundamente impresionado por el heroísmo de los trabajadores españoles de primera línea”. Ella me relata cómo en un turno entraron tres personas en la UCI, una de ellas realmente mal. “No me da tiempo a pensarlo mucho”, escribe, aunque teme que después le pase factura. 

Dice que uno de los momentos más duros fue cuando murió el alcalde de Cantalojas, Narciso Arranz. Todos sus compañeros, quienes enviaron mensajes de condolencia, le conocían por Siso y destacaban de él su afabilidad. Mi amiga también. “Me trató súper bien cuando fui a trabajar de enfermera, hasta me invitaba a las comidas de los jubilados. Muy buen hombre y muy implicado por su pueblo. Cuando, de repente, le veo en la UCI intubado y cada día peor y peor… Eso me ha afectado mucho. ¿Quién coño habrá llevado el virus a Cantalojas? ¡No me jodas!”. Fue el primer alcalde en activo de toda España en sucumbir a la enfermedad y salió en los titulares de los medios nacionales. Me cuenta que también ha muerto el padre de un conocido de ambas. Que todo aquello “supera la realidad”. 

Se queja de la incertidumbre de los primeros días, de que no se sabía muy bien qué se hacía ni por qué. De repente, se empezaron a montar UCI’s en reanimación, quirófanos, paritorios… Pero nadie les explicó lo que se les venía encima. “Nos llegaban audios de sanitarios de Italia. Se notaba que sabían por cómo hablaban. Nos contaban que era la guerra. Al principio no lo creíamos, pero luego pasó tal y como nos decían”. Después, la locura: directrices del Ministerio, directrices de la Junta, directrices de la Dirección del Hospital. La guerra más sucia se vive en la política, como siempre. 

Mi percepción de todo esto es totalmente engañosa: tengo la suerte de no tener a ningún afectado directo por el virus (toco madera) y los pocos que conozco han superado la enfermedad sin problemas, así que este baño de realidad me cae como una jarra de agua helada. “A ver, ahora ya estamos despertando a gente, es positivo”, dice mi amiga. Cuenta que ya hay personas a la que se les puede desconectar de los respiradores y que es una alegría cada vez que eso ocurre. “Pero van muy lentos. Y ahora se presenta el problema del aislamiento: están despiertos, pero viendo a su lado a pacientes muy mal o muriéndose. Solos, sin ver a familiares y rodeados de gente con trajes de buzos, cascos… Un panorama”.  En Guadalajara, el número oficial de afectados (recuento del lunes 6 de abril) es de 873. Los hospitalizados son 250, una decena menos en solo un día. Las víctimas mortales son un total de 124 en la provincia, si bien solo se han contabilizado tres defunciones en las últimas 24 horas. 

Al final hemos estado hablando toda la mañana sin darnos cuenta. Se despide con un “¡me ha venido súper bien hablar contigo!”, como si leer sus mensajes estuviera siquiera cerca de lo que ella hace cada día tan solo entrando por la puerta del hospital. Gracias a ti, amiga, por decidir que querías ayudarnos aunque fuese una locura y te marearas con la sangre. Y al resto de la avanzadilla de primer nivel que se está jugando el tipo. Gracias a todos.  

 

 

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