Sábado Santo en el supermercado

 

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Foto: elperiodicodeIbiza.com

Por Gloria Magro.

Para los desafortunados sin perro que no tenemos excusa alguna para pisar la calle desde hace ya cuatro larguísimas semanas, la visita semanal al supermercado se ha convertido en todo un acontecimiento social, el único que tenemos permitido en aras del bien común y la pronta derrota del maldito virus. Qué inicio de artículo más inusual para un sábado de Semana Santa, cuando todos deberíamos de estar en los pueblos, en la playa, comiendo torrijas, de bar en bar, trabajando… Todo volverá, sin duda, y mientras tanto, si hoy queremos relacionarnos fuera de nuestras cuatro paredes, a mitad de este larguísimo puente, solo hay un lugar al que acudir: el súper mas cercano.

En una sociedad sin bares, sin restaurantes, sin cafelito mañanero en la cafetería de la esquina y sin centros comerciales, los supermercados, hipermercados e incluso la tienda de barrio del frutero marroquí o chino se han convertido en ese oscuro objeto de deseo; el único lugar donde socializar a día de hoy y tampoco mucho que hay que mantener una distancia de seguridad y además adivinar quien de nuestros conocidos se esconde detrás de la mascarilla, lo que no siempre es fácil en este nuevo mundo donde todos vamos embozados.

La visita al supermercado como excusa para deshacernos del chándal o el pijama y vestirnos de persona una vez a la semana. Supongo que no se estará vistiendo la gente también para salir al balcón a aplaudir a las ocho de la tarde, protestar a las nueve y conversar con el vecino de enfrente a cualquier hora del día, ¿verdad? Más que nada porque eso echaría por tierra mi argumentario. Mis vecinos y yo nos paseamos por el jardín trasero en chándal, como debe de ser, en un ejercicio democrático de comodidad desaliñada y compartida y nos saludamos valla de por medio, poniéndonos de puntillas. Comentamos el confinamiento, nos preparamos mentalmente para la que se avecina una vez nos liberen y auguramos al unísono aunque poco convencidos que volverán los buenos tiempos anteriores al coronavirus.

Esos momentos nos sirven para reforzar el deseo común y compartido de salir de esta situación; para repasar a los ausentes, dedicar nuestros pensamientos a los fallecidos a nuestro alrededor, conocidos y desconocidos y aplaudir a las ambulancias del centro de salud que tenemos al lado cuando pasan con las sirenas. También a la policía que patrulla periódicamente el paseo sobre el río frente a nuestras ventanas. Y cada cierto tiempo, atendiendo a las recomendaciones y al sentido común, salimos vestidos de personas normales y nos vamos tan contentos a tirar la basura al contenedor de la esquina y al súper a comprar en la esperanza de encontrarnos con alguien y mantener una conversación a metro y medio de distancia pero cara a cara, sin setos ni pantallitas de por medio.

Nunca pensé que llegaría un día en el que podría mirar con anhelo los camisones del Hipercor o la sección de bazar de Aldi y Lidl y que el deseo de alargar la mano y meter una prenda cualquiera, la que sea, en el carrito de la compra pudiera llegar a ser tan irresistible. Ese batiburrillo desordenado antes despreciado y ahora precintado me produce estos días el mismo placer insatisfecho que los escaparates de Loewe o Gucci, tan inalcanzables los primeros ahora como estos últimos lo han sido siempre. Hablando de camisones, cuando todo esto acabe prometo tirar todos los pijamas de casa al contenedor del reciclado. No quiero volver a ver nunca mas la ropa que no nos quitamos ahora de encima. Es un poco como el pan negro de centeno que recordaba mi abuela de la guerra: nunca quisieron volver a comerlo por muy sano que fuese, les traía malos recuerdos. Pues esto es algo parecido, aunque sí confío en que habrá otros hábitos saludables que hemos adoptado un poco por obligación que si nos quedarán después grabados, recuerdos del confinamiento. Como el apasionante mundo de los YouTube de ejercicios de cardio, lo que antes llamábamos aeróbic y que ahora suena tan antiguo como Eva Nasarre y sus calentadores. Tiene otro nombre y se hace de otra manera pero yo me confieso enganchada.

No creo que haya casa donde no se haya transformado el salón en un gimnasio improvisado un rato cada día. Nos hemos dado todos al ejercicio compulsivo y con un poco de suerte si salimos de esta lo haremos tonificados y estupendos, a no ser que tanto amasado casero y tanto pan instragrameable se nos instale irremediablemente en la barriga. Como la cerveza, que resulta que ahora la compramos sin medida porque nos damos diariamente al aperitivo en este domingo eterno aunque un poco solitario. Total, poco más hay que hacer entre conversación y conversación de whatsup, videollamadas, posts en las redes y demás entretenimientos diarios.

También nos da por hacer acopio mental de cosas que haremos cuando esta situación acabe. La primera, común y compartida por todos, absolutamente por todos, es ir a la peluquería. Qué rápido van a salir de la crisis los salones de belleza. No hay conexión con Google Duo en el que no se vean canas avanzando, desbocadas. Los niños también necesitan ya pasar por el sillón del barbero y tod@s soñamos con tintes y tijeras antes de volver a exponernos al mundo. 

Los medios de comunicación teorizan sobre lo que va a cambiar nuestra vida cuando la pandemia termine. Cierto, esperemos que muchas cosas cambien, entre ellas nuestra escala de valores y la percepción que tenemos de muchos sectores, de temas que teníamos por ciertos y seguros y que han resultado no serlo. Y me vuelvo a acordar de mi abuela y su afán por atesorar cosas que a nosotros nos resultaban absurdas, como las latas de conserva y los productos de limpieza. Incluso piezas de tela, que para quien no lo sepa no se trata de un retal sino de no se cuantos metros de tejido tal y como salen de fábrica, ideales para hacer sábanas y también mortajas. Nadie amortaja hoy a los muertos, de hecho, ni los vemos. Las cifras de fallecidos, sin duelos ni funerales resultan frías y lejanas, por más que nos vayan salpicando cada vez mas cerca.

¿Nos dejará toda esta situación un poso, como a mi abuela se lo dejó la guerra? Es innegable que no estamos pasando penurias, no hay escasez material, de hecho creo que nadie ha tenido nunca las despensas tan llenas como las tenemos estos días. Atesoramos comida como antes acumulábamos zapatos. No es por tanto una cuestión material, sino de mecanismos mentales de defensa ante una situación que no podemos controlar y que se nos escapa después de haber puesto nuestras vidas y el futuro inmediato patas arriba. Tampoco es por falta de información que nos llega rauda y veloz hasta casa. No tenemos ni que salir a buscarla, nos la ponen en bandeja minuto a minuto aunque tampoco eso nos satisface, por más que los algoritmos diseccionen por nosotros lo que queremos y no queremos leer o escuchar.

Hasta que no podamos salir y retomar lo que quede de lo que teníamos a principios de marzo no serán obvias las consecuencias de estas semanas en las que la vida se ha detenido. Mientras tanto, hacemos planes mentales, construimos estructuras que se elevan día tras día en nuestro pensamiento pese a que si algo nos va a enseñar el COVID-19 es que no hay certezas y que todo puede cambiar de un día para otro, como así ha sido. Qué sociedad mas débil somos y que poca base tenía nuestro bienestar, nuestro desarrollo. En apenas unas semanas todo parece haberse desmoronada y nos conformamos con tener el frigorífico lleno, harina en la despensa, cerveza… y salud por encima de todo. Al final poco más importa, lo demás ha resultado accesorio.

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