Historias del coronavirus: la deuda con Aritmendi

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Aritmendi con varios trofeos y una medalla que no es la del Cross de las Naciones, ya que la tuvo que vender por necesidad. // Foto: De San Bernardo-ABC

Por Patricia Biosca
Mi madre suele decir que los gestos hay que demostrarlos en vida y no llegada la muerte, pues llegados al final del camino no sirven de nada. Yo, que intento tatuarme a fuego cada una de las enseñanzas de la más sabia de las mujeres que conozco, pienso igual, por lo que suelo huir de necrológicas. Pero estos días en los que la parca ronda de forma tan visible es imposible la abstracción, y los chistes y la ironía suenan a burla despiadada aún sin pretenderlo. Más aún cuando los nombres y apellidos han respirado, latido y sido cerca de ti, y tu último recuerdo no hacía presagiar en nada el abrupto final.


Francisco Aritmendi, o Paco, como le llamaban sus conocidos, es uno de esos nombres y apellidos que me ha golpeado como un mazo. Él me regaló con eterna humildad y generosidad la historia más bonita, grandiosa y terriblemente desgarradora de cuantas he escrito. El único español ganador del Cross de las Naciones -que se dice pronto, pero nadie hasta la fecha ha sido capaz de igualar su proeza pasadas más de cuatro décadas-; ese que entrenaba con zapatillas de cáñamo y que con trofeo en mano fue relegado a limpiador de gradas; el deportista al que le jaleaba el hambre y las ganas de un futuro mejor; el campeón que tuvo que vender su medalla para poder comer y que se metió con su mujer en un camión de vuelta a la humilde Guadalajara después de entrevistarse con Franco en El Pardo. En tiempos en los que los deportistas son semidioses y piden cifras desorbitadas por anunciar durante dos segundos un desodorante, recordar su única plegaria ante las autoridades de la época hace que aparezca la vergüenza: él solo quería una casa para vivir con su familia.

Desde el salón de su sofá relataba como si hubiese sido ayer aquella jornada en Dublín de 1964, esa en que “hizo un día como en Lasarte”, el pueblo vasco en el que se entrenaba sin que nadie diera un duro por él. “Y gané contra todo pronóstico”, decía con orgullo. Pero también le salían lágrimas de rabia de los ojos cuando se acordaba del maltrato que recibió de unos y de otros, antes, y después. “No le debo nada al deporte español, pero el deporte español me debe a mí mucho. Yo fui el padre de toda la gente que ahora vive de esto”, nos decía mientras el fotógrafo, De San Bernardo -autor de la maravillosa instantánea en la que se le ve mordiendo la medalla que acompañó aquellas líneas y ahora estás palabras- y la que escribe le mirábamos totalmente admirados por una personalidad arrolladora e inmensa que se alojaba en un pequeño cuerpo fibroso de 160 centímetros.

Ha querido el devenir que su final sepa también con ese regusto de mala suerte que le acompañó demasiado tiempo. Sin embargo, me niego a que la historia se repita y reivindico su figura, esa que hasta hace bien poco aún se podía ver trotando por la ruta del colesterol. Porque siempre nos queda algo de la ilusión de críos y el ansia de los finales felices. Y Paco se merece recompensa por las lágrimas, el reconocimiento que nunca tuvo y la rotonda que siempre pidió. Incluso quizá sea hora de pensar si las pistas de atletismo deben llevar el nombre del mayor campeón de atletismo que ha dado Guadalajara en vez del mismo nombre del parque que tiene enfrente. Incluso aunque sea tarde, como dice mi madre.

Y cometería yo misma una injusticia si no tuviera recuerdo desde este humilde balcón también para otras personas que no ganaron maratones, pero convivieron en mi espacio y su pérdida estos días me encogía un poco el corazón. La siempre poderosa y cariñosa Tere, madre de Nanín, Tanano, Chiri y Luisito; o Antonio Alcázar, alias “El calabaza”, siempre devolviendo una sonrisa como saludo. Que la memoria del tiempo vivido gane a las circunstancias del triste regusto final. Para todos. Descansen en paz.

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