El panadero

Por David Sierra

En tiempos de confinamiento tan solo unos pocos han podido proseguir con su actividad cotidiana. Que el día a día, a pesar de las restricciones, no cambiase demasiado como para notarlo. Me dice una vecina que el panadero ha incrementado su oferta de productos. Que ahora puedes encontrar, aparte de pan tierno, magdalenas, huevos y algunas tortas de anís entre otros productos. En cuanto a lo demás, apenas ha cambiado. Lleva mascarilla, pero su ruta sigue siendo la misma. La puerta de su furgoneta se convertía en improvisado espacio de reunión. Y también de chismes. Las últimas paradas tenían la ventaja de que la información llegaba fresca y completa. En definitiva, distorsionada del todo.

panadero

Panadero repartiendo el pan por los pueblos. / Fuente: Rtve.

El caso es que el panadero, durante este periodo de pandemia en nuestros pueblos –los más pequeños -, ha sido ese gran libertador que durante cinco minutos permitía recuperar el pulso de la vida fuera del hogar. También se ha convertido en una especie de supermercado ambulante tratando de satisfacer la demanda de una población impedida para desplazarse más allá de su empalme. Harina, leche, tomate frito o azúcar han compartido espacio en el vehículo donde habitualmente viajaban únicamente barras, roscas, colones o redondos, entre otros. Y gracias a ellos muchos guisos han podido materializarse cuando faltaba ese ingrediente esencial, de última hora, que faltaba en la despensa cuando más se necesitaba.

Desde que en los pueblos los comercios como carnicerías, panaderías y tiendas de ultramarinos e incluso bares y tabernas cerraron a cal y canto por el ya menos recordado despoblamiento, los panaderos ambulantes han mantenido la llama candente abasteciéndoles a pesar de los costes y el tiempo invertido. Ningún otro negocio ha mantenido la estela y poco a poco la mayor parte de ellos se han ido desvaneciendo hasta el punto de que ya es complicado encontrarse incluso con ese ‘melonero’ de que ofrecía los mejores de Villaconejos a tres piezas de estraperlo por cinco euros.

La necesidad agudizó el ingenio. Esa misma que ha obligado a muchos negocios a contar con los más cercanos para ganarse el pan en tiempos de necesidad. Y por eso, a la llamada de la Diputación de Guadalajara en coordinación con el pequeño empresariado asociado se han sumado ya 74 establecimientos para ofrecer sus servicios a domicilio en una treintena de pueblos en la provincia. Un pequeño paso que, si salen las cuentas, podría perdurar en el tiempo e incluso ampliarse en el espacio. Y que si miran más allá del interés particular, podría ser el inicio de una red mucho más amplia que impulse este servicio permitiendo a quienes aún se agarran por habitar en el medio rural convertirse en clientes potenciales de estos establecimientos ahorrándoles innecesarios o inconvenientes desplazamientos.

Ahora, – tras la marcha esperemos que temprana del COVID -, que las asociaciones de desarrollo rural van a poner toda la carne en el asador para reflotar el bienestar empresarial, les corresponde repercutir esas ayudas no sólo en su beneficio económico, sino también en el social. Las inversiones y los cambios estructurales que va a obligar a realizar esta pandemia en todos los ámbitos puede ser la mejor lanzadera para impulsar todas aquellas acciones plasmadas en manifiestos y acuerdos de buenas intenciones sobre el repoblamiento del medio rural y acabar con su particular confinamiento político, económico y social. Lo contrario sería poner al panadero con su cesta de pan sin guantes ni bata, ni mascarilla a las puertas de la sala de urgencias de un hospital.

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