La compañía del coronavirus

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Fosas en el cementerio de Manaos (Brasil) // Foto: AFP

Por Patricia Biosca
Entre las múltiples recomendaciones para pasar el rato durante estos días apareció “Compañía”, de Samuel Beckett. A pesar de lo que pueda parecer por su título, es un compendio de pequeñas narraciones en las que es palpable el desasosiego humano por tener a alguien al lado, aunque en realidad ese “otro” sea el eco de uno mismo. Es decir, que al final la compañía es una ilusión que crece en nuestra cabeza y que aquello de que “nacemos solos, morimos solos” es extrapolable no solo al inicio y desenlace, sino también a todo el nudo (nudos) de nuestra vida. Y esto se pone de manifiesto cuando se crea una suerte de “laboratorio doméstico” en cada casa debido a algo que nos era tan ajeno como la ciudad de Wuhan o los coronavirus: el Covid-19.


El confinamiento era algo para lo que no estábamos preparados. A toro pasado, todos hacemos propósito de enmienda para futuras convocatorias de arresto pensando en la forma ideal de transitarlo de nuevo: con fulanito o menganito, con más tabaco, con menos alcohol, con más libros, con menos Netflix. Muy atrás quedan las esperanzas de que el mundo realmente cambiara más allá de la obligatoriedad de la mascarilla o de saludarse con el codo. Que todo esto recreara una especie de campamento de verano en el que la camaradería era la nueva bandera que tenía su propia banda sonora con los aplausos de las ocho. Ahora lo negamos, pero todos salimos alguna vez esperanzados a hacer ruido desde el balcón, pensando que, como en las películas de Hollywood, el bien triunfaría sobre el mal y que ahora nos tocaba ser los héroes americanos.

Y todo desde casa. Sin hacer ni el huevo. Sin importar las decisiones que hubiésemos tomado antes, lo mezquinos que hubiesen sido nuestros gestos. Borrón y cuenta nueva en este Gran Hermano en el que tuvimos un espejismo de vida social a través de una pantalla.

Hablamos más a menudo que de normal con familiares y amigos cercanos, retomamos contacto con quienes hacía meses o años no charlábamos e incluso creamos vínculos nuevos por el afán de no sentirnos solos, aunque ciertamente lo estuviéramos. Si hubiera habido una cámara grabando esos momentos, en los que reimos y lloramos delante de un trozo de plástico que nos devolvía una imagen en 2D, haciendo una especie de pantomima social, es muy posible que nos sintiéramos tan idiotas como cuando escuchas un audio propio mandado a deshoras y con unas copas de más. Hacer ese ejercicio mental me provoca vergüenza propia.

Pero después de todo eso llega la llamada “nueva normalidad”. Saliendo del “Campamento Krusty” -sin haber visto a “Cresta” y con las mismas ganas de rebelión que aquellos trazos animados-, de repente, el balance se hace obligatorio. Alguien dijo “la vida sigue”. Aunque se le olvidó apostillar que desde el punto anterior a la última tirada, la previa antes de permanecer en esa especie de “cárcel” del Gran Juego de no se sabe muy bien si del pangolín o del murciélago. Poco importa más allá de aparecer en su casilla y hacer la rima con el “tiro porque me toca”. Vuelta al trabajo, vuelta al deporte, vuelta a los amigos, vuelta a los enemigos.

Regreso a donde lo habíamos dejado todo y, para el recuerdo y las efemérides, las imágenes de ataúdes que portan personas que vieron el final sin el espejismo de sentirse acompañados. Ahora es cuando las palabras de Beckett cobran más sentido y son capaces de resumir de forma magistral este penoso texto, dos meses de encierro y hasta toda una vida entera: “El cuento de otro contigo en la oscuridad. El cuento de alguien contando un cuento contigo en la oscuridad. Y cuánto mejor, a fin de cuentas, las penas perdidas y el silencio. Y tú, como siempre has estado. Solo”.

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