Calor y tormentas

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Nubes sobre Guadalajara, ayer.

Por Sonsoles Fernández Day

Este año más que nunca se nos pasó la primavera sin sentirlo. La vimos llegar desde la ventana, cuando el paisaje o las macetas del balcón se iban vistiendo de verde.  La celebramos en las primeras flores y en las deseadas salidas, sacando a pasear la ropa recién lavada del cambio de armario más meticuloso de la historia. 40 días de encierro y un calendario en blanco sin planes lo permitieron. Y se nos ha ido de repente, sustituida por este verano meteorológico que nos ha puesto a treinta grados. Ya tenemos el calor instalado en la rutina, aunque algunas tardes de tormenta bajan las temperaturas por unas horas.

El calor y, sobra decirlo, pasar a la siguiente fase, ha dividido a España más que nunca. La España que aún no ha quitado el edredón a un lado y, enfrente, la que duerme ya con la ventana abierta. Hay quien ha aprendido a vivir sin prisa y otros, le sacan rápidamente jugo a cada nueva licencia. Algunos siguen saliendo a pasear y a hacer ejercicio a las horas permitidas por las normas y por el sol que nos calienta, mientras que los afortunados que llamaron a tiempo para reservar una mesa, ocupan las terrazas con relajado ánimo, bebiendo hasta olvidar contagios y pandemias. Aunque para relax el de los adolescentes, que quedan en el parque y se apretujan en un banco mirando una pantalla, junto a la cinta que prohíbe la entrada a la zona infantil. Será que como el banco no se mueve, es menos contagioso que un columpio.

España se divide entre los que siempre han sabido quién puede hacer qué, dónde y a qué hora y los que seguimos preguntando para no meter la pata. Yo me estoy estudiando ya la fase 3, en la que previsiblemente Guadalajara estará la próxima semana. La principal diferencia de la fase 3 son los aforos. Aumenta al 50% el aforo en comercios, hostelería, instalaciones deportivas y monumentos y al 75% en las iglesias y en las terrazas de los bares. Si han paseado por Guadalajara esta semana, estarán conmigo en que no se va a notar mucho el cambio. Las colas fuera de las tiendas seguirán igual, porque en las más pequeñas, del 30 al 50% es media persona y eso no existe. Es obvio que algunas ya admitían la mitad del aforo. Y en cuanto a las terrazas, muchas bien parecen estar ya al 75% de su capacidad. Pasaron de fase hace unos cuantos cafés y bastantes cañas.

Desaparece la franja horaria de los mayores, aunque muchos estaban como los adolescentes, haciendo lo que les daba la gana y habían olvidado las precauciones. Teniendo en cuenta que son los que más arriesgan, quizás sea la medida más necesaria. Hay que seguir insistiendo en que salgan lo mínimo y eviten multitudes.

Dicen los pronósticos, aunque no siempre aciertan, que este va a ser un verano suave. Suave en lo que a temperaturas se refiere. La crispación en el ambiente no tiene pinta de suavizarse en los próximos meses. Sobran insultos y faltas de respeto y se echa de menos tolerancia y más educación desde el Congreso de los Diputados hasta en las redes sociales. Es curioso que los que llenan su discurso de defensa de las libertades sean después los que más odio respiran y los menos tolerantes con las voces opuestas. Unos cuantos españoles haciendo ruido con la cacharrería casera y llevando la bandera de España a la espalda para expresar su indignación con la gestión del gobierno se convertían en enemigos de la patria y en un peligro nacional. Sin embargo, no hubo violencia, ni destrozos callejeros, ni vandalismo ni tuvo que intervenir el ejército.

La semana pasada me recriminaron por escribir mensajes encriptados que llevaban al odio. Escribir opinión implica que no todo el mundo estará de tu parte y con eso cuento. No creo que mi mensaje vaya encriptado, sería demasiado pretencioso, aunque reconozco que me gusta jugar con las palabras, y les aseguro que fomentar el odio no va conmigo. El odio ya lo tiene cada uno, como lo que traen los coches de serie. Puede que la crispación que nos divide ahora haga más difícil aguantar las diferencias de opinión, pero, si no pudiéramos decir lo que pensamos, ¿en qué clase de país viviríamos?

 

 

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