Por una transición hacia un ciudad sostenible y justa

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Por Ana Lozano del Campo (*). 

Este viernes no fue un Día Mundial del Medio Ambiente cualquiera por varios motivos. En 2020 se han vuelto a batir varios récords medioambientales de los que no podemos estar orgullosos: el de las temperaturas más altas registradas en la Antártida, el del Día de la Sobrecapacidad de la Tierra que más pronto se ha vuelto a alcanzar en España y el de la pérdida de biodiversidad que sigue a ritmo de extinción masiva, la sexta de la historia de la Tierra. Por esto último, el Día Mundial del Medio Ambiente este año está dedicado a la Biodiversidad.

Sin embargo, 2020 será recordado por la crisis de la Covid-19 y los estragos que está causando. Aparte del drama que ha supuesto la pérdida de tantas vidas, la acentuación de la precaria situación de las personas cuya situación económica es más vulnerable y la insuficiencia de recursos en nuestro sistema sanitario, que ha sido compensado con el sobresfuerzo de los profesionales de la salud, esta crisis sanitaria ha puesto aún más de manifiesto la crisis ambiental de la que se viene alertando desde hace mucho tiempo.

Es más, las voces expertas han advertido de que una de las principales causas de las zoonosis como la del SARS-CoV-2 es la degradación ambiental, que nos expone a patógenos cuyos reservorios (otros animales) han perdido su hábitat y se aproximan al nuestro, o que no son regulados por el entramado protector que es la biodiversidad, cada vez más mermada. Además, el comercio de especies salvajes o exóticas o el hacinamiento de aquéllas con las que se comercia para el consumo habitual son también fuente de riesgo de zoonosis. Siempre ha habido motivos para proteger el medio ambiente, pero parece que cada vez tenemos más porque las consecuencias nos tocan más de cerca.

Por un lado, nos estamos haciendo conscientes de que las consecuencias más violentas de la degradación del medio ambiente no solo van a llegar a medio o largo plazo, cuando, si seguimos como hasta ahora, la temperatura global ascienda 1’5 o 2ºC -aunque los efectos del cambio climático ya están impactando sobre las capas de la población en situación de mayor vulnerabilidad-, sino que ya pueden causar estragos sobre toda la población y de una manera difícil de predecir. Por otro lado, y como consecuencia de las medidas de confinamiento impuestas durante el estado de alarma, hemos podido comprobar que parte de nuestra huella puede empezar a revertirse de inmediato si desde las instituciones existe un firme compromiso de cambio, especialmente en las ciudades. Y es que todos hemos podido comprobar que los núcleos urbanos, donde vive el 80% de la población española y se consumen gran parte de los recursos que provienen de la naturaleza, han experimentado cambios notables durante el tiempo en que la circulación de vehículos contaminantes y la intervención humana se han reducido. A saber, una disminución de la contaminación del aire y acústica y un incremento en el canto de los pájaros y de la presencia de fauna y de flora espontánea.

Desde nuestras ventanas hemos visto, escuchado y olido una ciudad mejor. En nuestro caso, una Guadalajara mejor. Eso quien ha tenido una ventana a la que asomarse, porque otra de las circunstancias -preexistente- que ha puesto de manifiesto esta situación excepcional es que el acceso a la vivienda, que es un derecho, sigue siendo una asignatura pendiente. En Guadalajara, el albergue Betania de Cáritas se quedó pequeño y hubo que habilitar polideportivos para albergar a las personas sin hogar.

Durante la desescalada hemos vuelto a salir a la calle y nos hemos reencontrado con una ciudad con las reglas cambiadas. Todo el mundo espera recuperar plenamente su libertad de movimiento y de contacto con las personas, pero volver al modelo de ciudad previo a esta crisis no debería ser nuestra aspiración. Son muchas las voces que en estos días están reclamando que esa “nueva normalidad” que se avista en el horizonte sea fruto de la voluntad institucional de mejorar la calidad de vida de todas las personas y, por tanto, también la ambiental. Desde las organizaciones ecologistas (1, 2), hasta la comunidad universitaria, por citar los casos más próximos, se han elaborado diversos documentos con propuestas para salir de la crisis de la Covid-19 sin dejar a nadie atrás desde una imprescindible perspectiva ecosocial.

También lo ha hecho la población en  ciudades como Barcelona, donde un manifiesto por la reorganización de la ciudad tras el covid-19 ya tiene casi dos mil firmas. Es en este manifiesto en el que la Plataforma por el Clima de Guadalajara nos hemos inspirado para elaborar nuestro propio escrito, en forma de Carta Abierta dirigida a Alberto Rojo, alcalde de la ciudad y, al igual que aquélla, viene acompañada por una recogida de firmas para sumar los apoyos de toda la población que quiera respaldarla (déjanos aquí tu firma).

Es mucho lo que nos diferencia de una ciudad como Barcelona en cuanto a tamaño, clima y organización pero en esencia ambas somos junglas de asfalto hechas por las personas “para que vivan las personas”, en teoría. Porque en la práctica basta con salir a la calle para darse cuenta de que el ecosistema urbano es cada vez menos habitable y requiere una profunda reorganización: vías intransitables a pie, casas vacías en las que no se puede vivir, “zonas verdes” asfaltadas, taladas y fumigadas, población densa pero sin tejido social que la interconecte.  Un sinsentido. Y qué mejor momento para hacer una revisión y reclamar un compromiso de cambio a las instituciones ahora que, en cierto modo, volvemos a empezar tras un parón. Como urbanitas, debemos sabernos responsables de nuestro protagonismo en la degradación del medio ambiente y de las vidas de muchas personas. Pero nuestro compromiso y acción individuales no bastan para revertir el daño que causamos al resto de seres con los que cohabitamos. Hacen falta voluntad, escucha y trabajo inmediatos por parte de quienes pueden tomar decisiones a gran escala en estas unidades de organización humana con tanto potencial de cambio como son las ciudades. Esto es lo que ponemos de manifiesto, junto con algunas propuestas, en los cuatro apartados que conforman nuestra carta.

thumbnail (18)La movilidad urbana ha experimentado uno de los mayores cambios durante el confinamiento, con el descenso de vehículos particulares y de transporte público y, desde el inicio de la desescalada, el aumento de peatones y ciclistas paseando o haciendo deporte. En una ciudad del tamaño de Guadalajara creemos que la mayoría de los desplazamientos se pueden hacer a pie o en bicicleta y para los trayectos más largos o las personas con movilidad reducida, un transporte público eficiente y asequible cubriría gran parte del transporte motorizado. De acuerdo con el reciente Proyecto de Ley de Cambio Climático, los municipios de más de 50.000 habitantes tendrán que tener una zona de bajas emisiones antes de 2023. ¿Qué mejor momento que el actual para empezar a instaurar medidas que apacigüen el tráfico para la convivencia de coches y bicis, recuperar una versión mejorada del sistema de bicis eléctricas que ya tuvimos, peatonalizar calles, diseñar una red de carriles bicis útiles o líneas de transporte público útiles y rápidas? Nuestro casco urbano, congestionado de coches a diario, podría ser más transitable, seguro y sostenible.

thumbnail (15)Por mucho que los números digan que Guadalajara es una de las ciudades con más zonas verdes, sabemos que éstas son insuficientes y están mal gestionadas. Nuestros parques no se han librado de la fiebre del hormigón y desde La Concordia hasta el Henares a su paso por la ciudad contamos con espacios en los que se ha eliminado la tierra y se han puesto suelos firmes y hasta farolas con conexión USB. Las plazas que se renuevan se cubren de granito y su aspecto no es muy diferente de los solares que ya empezamos a reconocer como seña de identidad. ¿Y si los convirtiéramos en parques o huertos urbanos? ¿Y si cubriésemos esas plazas con arbolado bien escogido y cuidado para tener sombras y fresco en verano? ¿Y si se dejase brotar la vegetación espontánea pero se arreglase el acceso a la finca de Castillejos? Tendríamos más biodiversidad y acceso a la naturaleza cercana, herramientas maravillosas para, de paso, diseñar un plan de educación ambiental.

thumbnail (17)Durante el confinamiento nos hemos dado cuenta de lo valioso que es tener un hogar digno. Disponer de una vivienda es necesario y esto lo convierte en un derecho, aunque no siempre se respeta. En Guadalajara los alquileres son cada vez más elevados y en los últimos años se han dado casos deleznables de desahucios, como el de Safira Sánchez en 2018, especulación, como en la calle Alicante, y actuaciones irregulares como las de la ‘Operación Alamín’. Por ello creemos que es inaplazable agilizar el acceso a la vivienda, sobre todo a las personas sin hogar o en situación de mayor vulnerabilidad, impulsar la vivienda pública o abordar la situación de despoblación del casco histórico, lleno de vivienda vacías, algo a lo que decía aspirar el Plan EDUSI.

thumbnail (16)Por último, así como el Manifiesto de Barcelona reclamaba el decrecimiento de una ciudad asediada por el turismo y convertida en un producto de consumo de masas, para Guadalajara pedimos una revalorización de lo local mediante una economía sostenible y de proximidad que la mantenga viva y activa. Las grandes superficies comerciales han arrasado con nuestro pequeño comercio y el monocultivo industrial de la logística del Corredor nos hace dependientes de bienes que llegan de lejos y limita las opciones profesionales. Es el momento de favorecer la producción y el consumo de productos y marcas de la provincia. Necesitamos dar valor a nuestro patrimonio, nuestros eventos culturales y aprovechar recursos que ya tenemos (Mercado de Abastos, “Edificio Negro”,  auditorio del Barranco del Alamín, etc) para revitalizar el ocio y la participación ciudadana. Fortaleciendo el tejido barrial y primando la revitalización del casco histórico frente a nuevos desarrollos urbanos podríamos tener una Guadalajara más cohesionada, integradora y habitable.

Invitamos a otros municipios a adaptar esta carta a sus necesidades para seguir con esta ola de propuestas de reorganización urbana tras la crisis de la Covid-19 y por supuesto, a todo el mundo a leer nuestra carta y firmarla para reclamar esa Guadalajara sostenible y justa que claro que es posible.

 

thumbnail(*) Ana Lozano del Campo, (Guadalajara 1991) es atleta profesional, fondista revelación en la temporada 2017 y deportista reconocida a nivel mundial. Licenciada en Biología Evolutiva, sus estudios la llevaron a Holanda, Francia y Alemania, y las competiciones deportivas al resto del mundo. Ana ama entrenar al aire libre y es una persona comprometida con el medio ambiente y el contexto social actual. Es miembro de la Plataforma por el Clima de Guadalajara y en la actualidad prepara su clasificación para la próxima cita olímpica, en Tokyo 2021.

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