Mascarillas a discreción

VARIEDAD DE MASCARILLLAS

Por Sonsoles Fernández Day

Los que me leen regularmente, gracias de corazón, by the way, se habrán dado cuenta de lo que me gusta acudir a la Real Academia de la Lengua para enfatizar mis reflexiones. Yo estoy segura de que ustedes conocen el significado de la palabra o la expresión, pero si recurro a la RAE, no quedará ninguna duda de lo que quiero decir, y yo me quedo más contenta. Pues bien, según la RAE, a discreción es una locución adverbial que puede significar 1. Al arbitrio o buen juicio de alguien, y 2. Al antojo o voluntad de alguien. Si ustedes ya se han desconfinado, salido a la calle y encontrado con familia y amigos, se habrán dado cuenta de lo mismo que yo, que las mascarillas se están usando a discreción. Bien con responsabilidad, bien como le sale a cada uno del covid-entendimiento.

En España, desde el pasado 20 de mayo, el uso de las mascarillas es obligatorio por las personas mayores de seis años en todos los espacios públicos cerrados y, también en los espacios abiertos, siempre que no se pueda garantizar la distancia de seguridad.

Todos sabemos que debía haber sido obligatorio mucho antes, pero resultaba muy difícil imponer su uso cuando había listas de espera en las farmacias para conseguirlas. A finales de febrero, Fernando Simón, director de Emergencias Sanitarias, decía que no tenía ‘ningún sentido’ que las personas sanas usaran mascarillas. Salvador Illa, ministro de Sanidad, pedía a la población ‘no caer en alarmismos’ y desaconsejaba ‘ir con mascarillas por la calle’. En el mes de marzo, el gobierno las recomendaba solo para pacientes enfermos y no para personas sanas. La realidad es que estaban agotadas, y los sanitarios y los pacientes inmunodeprimidos, obligados a utilizarlas, eran los más perjudicados por la falta de material. En abril, cuando los cargamentos de mascarillas aterrizaban por fin en Barajas mientras la cifra de fallecidos crecía por centenas cada día, empezaron a ser ‘aconsejables’ y, poco a poco, como si de un regalo de los Reyes Magos de Oriente se tratara, iban apareciendo sobres con mascarillas en nuestros buzones. A primeros de mayo, en un giro de opinión, uno de tantos, Fernando Simón decía que ‘es una buena medida para las personas sanas’. La normalidad, la de muchos, ya consistía en salir de casa con la mascarilla puesta, hasta llegar a ser obligatoria a finales de mayo.

Se dice que las gotas de saliva, sin viento, pueden llegar hasta dos metros, por lo que esa es la distancia que se considera segura entre dos personas. Si hace viento pueden llegar a seis metros, y esa también es la distancia que pueden alcanzar cuando tosemos. Esta semana el gobierno ha reducido la distancia de seguridad oficial a un metro y medio. No quiere decir que el coronavirus esté más vago, que no vaya a hacer viento o que ya nadie tosa. Las razones que se aluden son, según dicen, económicas. Para poder aumentar el aforo de personas en terrazas, restaurantes, comercios y locales. Si alguien cree que medio metro va a salvar la economía a estas alturas, que me lo explique please. Y si alguien ha visto alguna vez dos metros de distancia entre clientes de una terraza o en el supermercado, que me lo cuente también.

La mascarilla, no lo dice ni Pedro Duque ni Javier Simón, sino que lo dice nuestra amiga la RAE, es un objeto o trozo de tela o papel que se coloca sobre la nariz y la boca y se sujeta con una goma en la cabeza, para evitar la inhalación de ciertos gases o sustancias. Está clarísimo, sobre la nariz y la boca. Y aquí no hay discreción posible. La mascarilla sacando la nariz por encima no sirve de nada. La mascarilla haciendo de muñequera o de codera le decora o protege la piel, pero no a usted, además de convertirse en inservible por toda la porquería que ya se le ha pegado mientras la lleva colgando. La mascarilla debajo de la barbilla es un invento estupendo para esconder las arrugas del cuello o la papada, pero tampoco le sirve de barrera sanitaria.  La mascarilla colgando de la oreja le otorgará un aspecto de lo más cómico pero ninguna protección. No estoy exagerando ni pizca. Fíjense en cualquier terraza. Lo he visto todo, incluso en la misma mesa. He dado una vuelta por Guadalajara para hacer una fotografía para ilustrar este texto y no me he atrevido. El colmo ha sido un señor con una FFP2 en la cabeza, a modo de sombrerito. Ese ya va preparado para el cotillón de Nochevieja.

A discreción se está eligiendo también el modelo a lucir. Desde que empezó toda esta locura nos hemos ido familiarizando con todos los tipos. Para entendernos, existen las higiénicas o de barrera, como las que se fabrican en casa, las quirúrgicas, que son las nos meten en el buzón, y las filtrantes, las FFP1, FFP2 o FFP3, que son las más caras. Luego están las de diseño, las que se pueden comprar online. Las hay de todo tipo, de tela, de neopreno, de doble capa, lavables, con uno o dos filtros, infantiles, con bandera de España, con el escudo de tu equipo de fútbol o con el héroe de tu videojuego favorito, por ejemplo. Desde las más sofisticadas, recomendadas por cualquier influencer en Instagram, hasta las más básicas, cosidas en casa con todo el cariño, todas valen siempre y cuando, ya saben, tapen la nariz y la boca.

Los chavales que han vuelto al colegio la llevan en clase, pero no cuando están en el parque con los amigos. Los empleados de cualquier oficina no se la quitan, hasta que se van a tomar el aperitivo al bar de abajo. Volvemos a reunirnos con familiares y amigos que llevamos tiempo sin ver y la mascarilla nos acompaña hasta el lugar de encuentro, pero nadie la lleva puesta mientras bebemos, charlamos animadamente y compartimos unas tapas. Seguimos decidiendo, siempre a discreción, el momento en que nos la podemos quitar, como si tuviéramos visión de test PCR y supiéramos que no hay riesgo. La memoria es floja, y si el alcohol contribuye, en algunas reuniones lo de menos es el aforo. El personal se arrima y la distancia de seguridad pasa a la historia como si la Covid-19 fuera cosa de chinos.

Dicen los expertos que en otoño habrá un rebrote fuerte y en noviembre estaremos todos confinados de nuevo. Algunos países han pasado la prueba y juegan con ventaja. En España más bien repetiremos curso. Otra vez a Primero de Coronavirus, con todo lo que conlleva. Por la inutilidad de algunos y la torpeza de muchos.

 

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