Un verano con mascarilla

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Calle Mayor de Guadalajara. // Foto: La Crónica

Por Patricia Biosca

El pasado sábado a las 23.44 horas entramos oficialmente en ese periodo de reblandecimiento cerebral, de brebajes de vino malo y gaseosa a todas horas, del “no me voy a privar de nada, que ya vendrá el invierno”, de la rutina amable entre el calor pegajoso y viajes esporádicos como espejismo de haber vivido grandes aventuras. Pensábamos que esta alternancia entre trabajo y vacaciones de verano sería para siempre, inalterable, inamovible, inapelable. Y con este tinglado mental instalado en nuestras cabezas, llega una pandemia y borra nuestra seguridad estival de un plumazo. Y ya no los grandes viajes, sino  el simple hecho de ir a pasar el día en la piscina con la tartera, está en peligro. Los pilares veraniegos se derrumban ante nuestros ojos, mientras nosotros, con cara de tontos, sombrero de playa, flotador hinchado y olor a crema para el sol, miramos el desastre como el niño que no se puede meter en el agua porque aún no ha hecho la digestión. 

Aquí, en el centro peninsular, existen cuatro pilares: las verbenas (donde se engloban las fiestas patronales y las peñas); las terrazas (momento festivo aunque no sea fiesta); los toros (nos gusten o no); y la piscina/río/pantano (“Vaya, vaya, aquí no hay playa”). Combinando estos cuatro elementos podemos recordar cualquier verano reseñable desde nuestra protoadolescencia, con la primera borrachera en las fiestas del pueblo -terraza+verbena(+toros)?-; el primer amor estival o incluso beso -verbena y/o piscina-; el primer roce con el peligro real de la muerte -toros/río/pantano/verbena-. Ya de adultos, pasan como una exhalación: lo sentimos como un poco de aire fresco en nuestros pulmones saturados del día a día. Pero se repiten los mismos elementos. 

Ahora, salvo las terrazas, que parece que pasa de elemento de resignación y segunda fila a estrella del verano 2020, todos los puntos de apoyo se desmoronan. Las verbenas, los festivales y los conciertos en general no podrán celebrarse al menos como los conocíamos hasta ahora; eso de ir “al mogollón” o morir aplastados felices en primera fila viendo a nuestro cantante favorito sudar y escupirnos no volverá a pasar a corto y, seguramente, medio plazo. Nada de bailar “Paquito chocolatero” en el frontón municipal abrazado al vecino, ni pogos cuando suene “Vicio” entre los últimos bises de la orquesta. En este lugar de opiniones libres, Isra Podereux, compañero e integrante de un grupo, contaba que son los momentos más difíciles de un gremio omnipresente en los veranos que no se prevé, de momento, esté presente en la “nueva normalidad”. Y advierte: “El show no continuará, no podemos enfrentarnos a todo un verano sin ingresos, no vivimos del aire”. 

La tauromaquia es otro de los sectores damnificados por el Covid-19. Nos gusten o no los toros, se trata de una práctica base en nuestros festejos y muy pocos pueblos -amén de muchos aficionados- no contemplan un verano sin ellos. Se supone que las plazas podrán celebrar corridas siempre y cuando la comunidad autónoma lo permita y ajuste el aforo para que existan garantías. Sin embargo, la cosa pinta más negra que un morlaco de 600 kilos para las celebraciones populares que en nuestra provincia se llevan la palma: los encierros. En Guadalajara existen algunas convocatorias que atraen a cientos de personas, incluso de fuera de nuestras fronteras. Los Ayuntamientos, quienes han cancelado en riada sus fiestas veraniegas, aún no se han pronunciado sobre cómo se gestionarán estos actos -si es que acaso se llegan a celebrar-, que tienen detrás al potente lobby de los empresarios taurinos y en contra a las asociaciones animalistas. 

Y el baluarte del fresquito en un centro cada vez más seco, las piscinas, ríos y pantanos, tampoco tienen mejores expectativas. Muchos pueblos han anunciado que sus piscinas municipales estarán “chapadas”, como Cabanillas del Campo. Sin embargo otros, como Azuqueca y Marchamalo, abrirán sin miedo, aunque con reservas -solo el 75% del aforo en piscina y alrededores y manteniendo las distancias de seguridad- el próximo 1 de julio. Guadalajara aún se lo está pensando. Y la sombra del cierre de los parajes naturales con agua también planea sobre el horizonte de este verano, el menos verano de todos los que recordamos, según parece. Las ahogadillas en las que los púberes aprovechan los primeros contactos con el amor al calor, los saltos para demostrar la agilidad atlética de las hormonas e incluso los tranquilos chapoteos de piernas más añejas y con varices puede que no se repitan hasta dentro de un tiempo. 

El esquema de fiestas de pueblo, escapadas al río, domingos de piscina, Todo esto nos hace darnos cuenta de que aunque pensásemos en nuestros veranos como algo eterno, como un pilar de roca que nos reconcilia con nosotros mismos año tras año, en realidad se trataba de un cristal precioso que se nos ha ido a la mierda en un abrir y cerrar de ojos. Da para ensayo, pero yo me apeo aquí. Voy a consolarme con una caña una terraza. Con mascarilla y, lo mismo, con un balón de Nivea. 

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