Madrid huye

Por David Sierra

Madrid huye. Sus vecinos escapan de esa ciudad mugrienta y tóxica en la que se convierte cuando desaparecen los miedos de pandemia. El estado de alarma, que los ha mantenido a raya hasta el pasado domingo ya no es impedimento y en cuanto la oportunidad ha surgido la capital ha quedado vacía en domingo. Como ocurría antes. Y como sucedía también antes de surgir el Coronavirus, el lunes caótico de tráfico y ruido motorizado ha vuelto a sus orígenes. Los peatones han visto de nuevo reducido su espacio a la mínima expresión, mientras en beneficio de la recuperación económica, la actividad sobre las cuatro ruedas manda en el espacio público, sin conceder opciones a las nuevas fórmulas de gestión, ni a los beneficios no sólo medioambientales, sino también económicos y sociales que ello conlleva. Y ante tanto humo aparecen algunos atisbos de cambio impuestos desde los juzgados para retratar a su Consistorio por sus esfuerzos para cargarse la única iniciativa válida, hasta la fecha, de convertir esa ciudad en mínimamente habitable.

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Ciudad Encantada de Tamajón en Guadalajara. /Foto: guias-viajar.com

Mientras tanto, los madrileños huyen. Al campo, a la sierra, a la playa. Y también a nuestros pueblos. A desempolvar esas segundas residencias que han estado prácticamente abandonadas desde el inicio de la primavera. Llegan antes de tiempo con un propósito claro, que en caso de rebrote, de masivo confinamiento, lo puedan pasar alejados del asfalto y en contacto directo con el medio natural. A esa decisión, sin duda, han ayudado testimonios e imágenes que abalan que en tiempos de restricciones de movimiento, la vida en el pueblo se hace mucho más apacible. Y apenas ha influido ese contubernio interesado que tachaba a los vecinos de estos lugares de ‘madrileñofóbicos’ por manifestar el evidente temor de recibir a convecinos que pudiesen en algún momento generar riesgos de contagio al resto de la población.

Que más de la mitad de los españoles hayan manifestado que este año no se irán de vacaciones y que de los que lo harán, el 90% se quedará en territorio nacional según el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), pone de manifiesto que las zonas rurales se van a sobrepoblar más de lo habitual. Y eso, supone para cualquier administración un inconveniente cuando los servicios públicos que se prestan están en estado de mínimos y descendiendo en calidad, a pesar de esas voluntades políticas por ganarse la confianza de la España vaciada. Los comercios aprovechan para hacer su agosto, aunque las colas lleguen a la vuelta de la esquina y generen recelos entre los oriundos y los ‘forasteros’.

Con buena parte de los funcionarios de las administraciones locales ejerciendo sus funciones mediante el teletrabajo y a los gobiernos inmersos en establecer los protocolos más adecuados para esas rutinas que suponen la apertura de los espacios públicos tales como las piscinas municipales o el uso de las instalaciones deportivas de su competencia, es cuestión de tiempo la saturación y el colapso administrativo sin que hasta la fecha se hayan establecido fórmulas para resolver esa situación.

Y luego está lo de siempre. Aprovechar el jaleo para imponer recortes con el propósito de que no se note. Es lo que ha hecho Renfe, eliminando varios de los trenes de la línea Madrid –Guadalajara-Sigüenza y más concretamente el de primera hora de la mañana y el de la última en la tarde, imprescindibles para todos aquellos viajeros de estas zonas rurales que utilizaban el servicio ferroviario para acudir y regresar de la jornada laboral. También se han suprimido algunos servicios de fin de semana que implican un mayor trastorno para los usuarios que lo utilizaban para desplazarse desde estas zonas a la capital y viceversa. Y como siempre, mandan los números y las cifras mientras se obvia la capacidad del ferrocarril como medio vertebrador de la península y más concretamente de las zonas poblacionalmente más vulnerables.

Madrid huye. Escapa del hastío de una ciudad diseñada a la vieja usanza. Vulnerable al peatón. Carcelaria para el indefenso. Ineficaz en su disposición para mantener esa mínima distancia de seguridad y, succionar los recursos de esos lugares que se conforman con las migajas de su yantar. Acarrea buenas billeteras, pero también un buen número de indisciplinas derivadas de las ansias por liberarse del yugo del estado de alarma. Y una gran dosis de alivio porque nunca antes se había echado tanto de menos al pueblo.

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