Bardales y el ocio en Guadalajara tras la era Covid-19

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La calle Bardales, epicentro del barrio. // Foto: La Crónica

Por Patricia Biosca

¿Se acuerdan del primer Gran Hermano? Ese en el que Mercedes Milá no se cansaba de decir que era un “experimento sociológico” de primera índole que ya lo habría querido para sí Muzafer Sherif, padre de la psicología social. Todos sabíamos que en realidad aquello era una patraña para ganar dinero, pero lo decía con tanta convicción que, oye, al final el mensaje calaba. Así que ahora, cuando quiero hacer algo que sé que en realidad va en beneficio propio pero podría sacar algún tipo de enseñanza social -al menos, para justificar la vanidad-, me hago un “Mercedes Milá” y lo llamo experimento sociológico. Y aunque debería callarme este extremo, creo que conocen que se me hace cuesta arriba mentir, así que dejo las cartas boca arriba y encima de la mesa. El título del estudio que esbozaré a continuación será: “Bardales y el ocio en Guadalajara tras la era Covid-19: terrazas, gel, alcohol y poca separación”.

[Abstract] La premisa sobre la que va mi “trabajo” es sencilla: comprobar si se respetan las normas de la llamada “nueva normalidad” en momentos tan poco controlables como el ocio nocturno. Como público frecuente en los establecimientos hosteleros de la capital antes de la pandemia, uno de mis mayores miedos era saber cómo esos momentos de asueto que pasan por casi imprescindibles en mi vida se iban a resolver una vez se relajara todo aquello. Y esto lo pensaba mientras iba acojonada a tirar la basura a las diez de la noche, por si el Gran Hermano del balcón estaba al acecho.

[Metodología] Para proceder al estudio realicé primero varios experimentos de contacto previos bastante livianos: una caña en una terraza, la primera cena dentro de un restaurante en el que solo estábamos algunos amigos, una lata en un parque… Esos primeros momentos me sirvieron para caer en la cuenta de que había mucha ansia por salir de terraceo. Las tradicionales colas que se producen en La Ibense en verano, pero multiplicadas por casi todos los bares del paseo de San Roque. Había mascarillas por la calle, pero una vez sentados desaparecían (si esto se vuelve a poner negro, en nada sacarán la mascarilla para pajitas, fijo). Mucho gel hidroalcohólico, nada de servilleteros -eso es una puñeta para alguien a la que siempre se le olvidan los kleenex-, todos los camareros protegidos, si bien lo de desinfectar los sitios, dependía del establecimiento. Los clientes tampoco sabíamos muy bien qué hacer: ¿se pueden compartir platos? ¿toco la cerveza para pasársela a mi amigo? ¿se puede pagar con efectivo? ¿están los baños abiertos? ¿hay toque de queda? ¿a qué hora cierra este sitio? ¿habrá algo abierto después? ¿puedo pasar a pedir un cubata?

Las preguntas se relajan igual que las costumbres con cada caña que cae por el gaznate. Del saludo del codo inicial se pasa a los tímidos abrazos, después a los cordiales achuchones y hay incluso quien me plantó los acostumbrados dos besos precovid dentro de un bar cerrado (yo no supe reaccionar y me quedé tiesa cual palo, aguantando aquellos roces que se antojaban entre la educación del beso de abuela “mejillero” y el de viuda negra con veneno en plenos morros). Una, que no es especialmente dada al contacto humano, agradecía la tontería del codito, pero se ve que ni con pandemia me salvo de que entren sin permiso en mi espacio vital. En fin.

Los hosteleros hacen todo lo que pueden y más por ser amables y que se cumplan las normas -me constan amenazas de multas desde la reciente apertura-, pero si lidiar con gente “contenta de más” de madrugada ya era difícil sin coronavirus, imaginen ahora.
Aún así, la gran mayoría aún prefiere quedarse en casa y el ambiente no es ni de lejos lo que era antaño: las terrazas son otro cantar, pero por el callejón de Bardales aún hay sitio para respetar la distancia de seguridad y el aforo de los bares no llega al máximo impuesto porque muy pocos se aventuran a meterse entre cuatro paredes que no sean las de su propia casa. Los locales se encuentran siempre en ese letargo del principio, en el que la gente entra tímidamente a saludar, pero se va si no ve ambiente. Y la cosa se pone peor cuantas más copas van, porque está claro que aunque el efecto túnel invada la visión, el contrario, el desparrame, posee a las extremidades. Y eso sin poder bailar.

[Conclusión] A mí esta era postSars-CoV-2 me recuerda a un fin de semana después de ferias, en esos que la gente aún sube al pueblo, hay otro tanto de resaca y solo algunos valientes (o insensatos, según quien lo mire) se atreven a tomar las calles. Mercedes Milá bautizó al momento en que el último participante de Gran Hermano se quedaba en la casa como “la soledad del ganador”. Quizá copie también la frase y la adapte a algo así como “la soledad del gambitero”. Seguiré con el experimento sociológico. Siempre por el bien de la sociedad, claro.

[Estudio en preimpresión, rechazado por todas las revistas serias del mundo. Lo publico aquí porque es el único sitio donde me dejan. Eso y porque no tengo título de psicóloga ni nada; solo el de periodista, como Mercedes Milá]

 

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