Un extraño verano (parte I)

Por Patricia Biosca

¿Se acuerdan de esa sensación de torpeza al coger el lápiz cada mes de septiembre al volver al colegio, después de un verano en el que apenas habían hecho unos rayajos en el libro de “Vacaciones Santillana”? Esa sensación de ineptitud, de que habían olvidado escribir porque llevaban dos meses corriendo salvajes, de aquí para allá desde las primeras horas de la mañana tras una noche pegajosa y hasta bien entrada una nueva luna, buscando el fresco. Y, de repente, todo aquello se paraba en seco, tocaba ponerse el chándal nuevo de manga larga, la mochila con los nuevos Alpinos y los libros forrados e impolutos. Aunque había cierto disfrute, el corte era traumático. Algo de esa sensación siempre se queda impregnada en nosotros, incluso cuando nos hacemos mayores y tenemos que ir a trabajar. Así que para evitar esa sensación de vacío, intentamos hacer aterrizajes suaves, dándonos un último capricho antes de volver a la dieta, haciendo una última escapada para recordar que hace unos meses nos las prometimos muy felices, armar planes para octubre. Pero, ¿qué pasa cuando el verano no ha terminado de ser verano y el monótono otoño trae halos de catástrofe?

En mi caso, y aunque intente hacerme la moderna, la monotonía me otorga una estabilidad placentera, como una cuerda de salvación en medio del caos. Como la tabla de Titanic en la que solo quepo yo, creyéndome Kate Winslet (si, yo también me volví a tragar la película el otro día), rodeada de un pifostio monumental que puede que me lleve con él. El verano siempre ha revuelto esa “amorodiosa invariabilidad” que llevo por vida de septiembre a junio (no es que tenga vacaciones de los profesores, pero en el sexto mes del año el cuerpo ya se me pone rumbero), siendo mi época de caos por excelencia: salir, beber, el rollo de siempre, empiezan a exacerbarse hasta un punto en el que a veces se me hace difícil distinguir entre un lunes relajado y un sábado “de tranquis”. Y en cualquier momento se te puede ir la mano. 

Este verano no ha sido así. Es cierto que ha habido un par de liadas épicas que nos hicieron olvidar por unas horas que estamos en medio de una pandemia mundial, no se lo voy a negar. Pero en términos generales ha sido un periodo descafeinado de sobre, un poco cerveza sin alcohol. Más aún si pienso en las celebraciones del verano que no hemos tenido. 

El primer mazazo fueron las fiestas del pueblo. Cabanillas del Campo, al igual que la gran mayoría (por no decir todos, porque fijo hay algún insensato que no ha cancelado) los municipios de España no celebró sus tradicionales festejos estivales. Nada de verbenas, nada de toros, nada de patatas calientes en la feria, nada de pancetas en la peña, nada de peña en general. Ese fin de semana todos colgamos en nuestras redes sociales la foto de la bandera improvisada en el balcón del Ayuntamiento con todas las agrupaciones del pueblo. Hubo quien se fue al bar vestido de peña a tomarse una caña. Pasar ese fin de semana sin un mensaje tipo “¿Bajas ya a la peña?” o un “Ayer acabé en las termópilas” resultó complicado. Fantaseamos con las cosas que haremos cuando todo esto acabe, pero no es lo mismo. Un verano sin las fiestas de tu pueblo es menos verano. 

También se ha notado en los festivales. La que aquí escribe va como mínimo a dos por periodo estival, porque es imposible que en este tipo de lugares no se “generen anécdotas”, como bien dicen mis “partners in crime” de esta clase de eventos. De hecho, ahora mismo, domingo 30 de agosto a las 11 de la mañana, debería estar calmando con sueño una dulce melopea de litros compartidos de cerveza (da agobio escribir esa frase ahora mismo) al son de los grupos cada vez más descafeinados que nos acostumbra el festival Gigante, cuya primera edición en Alcalá de Henares tendría que haberse clausurado justo hoy.

Estas líneas estarían dedicadas a hilar crítica, crónica y versos de canciones que aún retumbarían en mis oídos. Me quejaría del precio de la bebida, de que el cartel era flojo, de que la organización había acusado el cambio de escenario. O todo lo contrario. Pero, en cualquier caso, habría merecido más la pena que no haberlo vivido en absoluto, como ahora. Porque el Gigante es una de las últimas citas del verano, de esas que hacen de guinda del pastel en un periodo de planes locos y relajación de costumbres. De sensación de vivir, sin la mala de Brenda y con el bueno de Dj Panalero poniéndole banda sonora. 

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