Las moscas

Por Gloria Magro

Confieso que el verano me ha convertido en una asesina en serie y que las he matado a pares. Como un sastrecillo valiente cualquiera, a veces hasta varias de un golpe. El salón ha sido escenario de cruentos episodios de matanzas; la cocina, de escaramuzas sin fin. Afortunadamente la casa del pueblo estaba dotada de un gran arsenal de armas para combatirlas: un ramillete multicolor de paletas que a la postre resultó ser más eficaz que los sprays y los enchufes de veneno que solo las atontan y ponen si cabe más pesadas. El verano anormal este que vamos dejando atrás ha sido de sol y moscas. Y de muchos, muchos sobresaltos.Cuando alguien me pregunta a qué me he dedicado estos meses varada en tierra le digo que a dar mandobles con una paleta de plástico y a poco más. No es que sea estrictamente cierto, el ERTE me ha convertido en ama de casa a tiempo completo, un trabajo ni agradecido ni pagado y que además se considera algo así como un privilegio: poder cuidar de la familia durante este larguísimo verano que empezó en abril y hacerlo además a cuenta del Estado por causa de fuerza mayor. Lo raro es que haya sobrevivido a tamaño privilegio… y que lo haya hecho mi familia también. Podría decir que me he dedicado a mis labores y además a seguir la actualidad de forma convulsiva. No debo de ser la única, el país entero es esclavo de las últimas noticias, de los últimos datos sobre la pandemia.

Poco o nada hemos desconectado estos meses de asueto y me resulta increíble que retomemos el curso en el mismo punto en el que lo dejamos. En junio teníamos la esperanza de que el calor fulminaría el virus pero es evidente que no ha sido así y este septiembre que asoma se nos empieza a atragantar con tanta incertidumbre. No se si muchos habremos recuperado el sueño perdido. No se descansa igual y aunque se achaque al calor o a los colchones ajenos, no es excusa aunque sirva para que el sector del látex y los muelles marche viento en popa. La paradoja es que hay muchos beneficiados colaterales de esta situación tan extraña en la que estamos instalados de forma permanente. Renovar las segundas residencias debe de estar subiendo el PIB nacional y los albañiles dan cita a meses vista, lo que está muy bien porque arrastran al alza una parte humilde pero importante de la economía de muchas pequeñas localidades, sino la única.

Los pueblos han estado y están aún muy concurridos. Sin fecha de vuelta para muchos vecinos aún se ha cumplido la previsión, si, pero ha sido una población fantasma al margen de toda relación social por miedo al contagio. Quienes no tienen miedos son los jóvenes. La firme creencia en la inmortalidad intrínseca a la juventud ha llenado las calles, los parques, las terrazas… qué más da que los expertos desmientan una y mil veces que no son inmunes ni mucho menos.  Me cuentan que Guadalajara también ha evitado este año la desbandada anual del verano y que ha habido más gente que nunca. Tengo mis dudas aunque bien es cierto que la falta de fiestas en los pueblos y de planes de sol y playa en la costa han resultado disuasorias. Lo de viajar al extranjero ni lo menciono.

Huimos a Burgos un fin de semana de agosto. El plan es visitar Atapuerca pero el día anterior las nuevas medidas de contención del virus reducen también allí los aforos y nos cancelan la excursión. Aún así, nos vamos. Hacía muchos, muchísimos años que no pisaba la capital burgalesa, una ciudad monumental, cuidada y con una vida sorprendentemente intensa para esas fechas si lo comparamos con lo que suele ser Guadalajara en agosto. Llama nuestra atención la geografía urbana, la cantidad de plazas, plazuelas y plazoletas llenas a rebosar de terrazas y sobre todo de gente, ese bien tan escaso de donde venimos. También el extenso centro de la ciudad, en el margen del Arlanzón, sin solares ni la desnudez a la que estamos acostumbrados. Y las tiendas, una actividad comercial envidiable, sin comerciales vacíos ni rastro aparente de la crisis o de los efectos de la pandemia. Burgos ciudad nos dobla en número de habitantes pero la diferencia con Guadalajara es tan abismal que la ciudad castellana se nos antoja un pequeño París más que una ciudad de provincias perdida en el norte de España.

Paisajes urbanos, rurales, realidades cambiantes en pos de un progreso a veces mal entendido. Vienen a visitarme Juanjo y Alberto, viejos conocidos de siempre, el cuerpo y el alma de Ecologistas en Acción en Guadalajara desde hace décadas. Paseamos por el pueblo, recorremos las antiguas huertas que lo vertebraban hasta hace no tanto y que tantos recuerdos les traen. El desarrollo urbanístico hace tiempo que convirtió las fértiles tierras del centro en un parque y también en adosados en un último estirón hacia las afueras. La fiebre constructora ha derivado en un cinturón de casas nuevas mientras el centro de la población se cae literalmente a pedazos. Ni la plaza del Ayuntamiento se salva, la panorámica ahí es desoladora. Una  vez que el proyecto de un inversor local para sustituir los viejos edificios que albergaban los antiguos soportales quedó paralizado, quedó un solar indescriptible, una fea valla metálica y los corrales traseros a la vista. Un poco más abajo una casa derruida exhibe el interior de lo que en su día fue una buena vivienda en altura. La imagen resulta desagradable,  impúdica.

Recorremos las calles y comentamos lo que fue, lo que pudo haber sido y lo que es hoy. Juanjo y Alberto prefieren su diminuto pueblo sin bar, sin tiendas y sin servicios al mío, tan grande y opulento. No les culpo, la localidad familiar tiene una idiosincrasia propia difícil de digerir para los forasteros que acuden por las mañanas en masa a hacer la compra pero que rápidamente recogen y se van para sus localidades. Atrás quedaron los tiempos de los dos turnos de comidas en los restaurantes, de la discoteca, de un modo de vida y de diversión hoy impensable.

El verano acaba con un sobresalto importante. El bandomovil, la aplicación municipal, avisa de un brote y establece nuevas y restrictivas medidas de contención social. Es la forma rápida y eficaz que tiene el alcalde de acabar con los rumores incesantes e infundados. No creo que nadie que haya pasado aquí estos dos últimos meses esté realmente asombrado de que hayamos terminado con el Covid campando a sus anchas de familia en familia. Mucho ha tardado y  en cierto modo nos lo hemos buscado. Lo peor no es el brote en sí, los afectados a buen seguro que se han recluido en casa y todo su entorno también, lo peor es la rumorología, las listas con nombres, con desmentidos y con afirmaciones sin contrastar que recorren los grupos de whatsup. La vieja del visillo en el verano de 2020 no se asoma a ninguna ventana, si no que se agacha sobre el teclado de su teléfono móvil y reenvía de forma compulsiva cuanto mensaje malediciente le va llegando.

La mosca lleva revoloteando toda la tarde en torno al teclado. Por las mañanas, con las ventanas abiertas, el aire fresco de estos últimos días las hace permanecer pegadas al techo pero según va pasando la mañana salen de su letargo y hacen sentir su presencia. El golpe es seco, uno de tantos, y esta vez también certero. Por un momento parece que nos hemos librado de ellas pero no, al momento vuelvo a sentir un zumbido molesto y una pequeña mota negra se posa en la pantalla. Cojo de nuevo la paleta…

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