La fila

Por David Sierra.

Si hay algo que hemos aprendido en este tiempo de pandemia es aguardar una fila. A pesar de que siempre existen excepciones, la mayor parte de nosotros esperamos nuestro turno paciente y a cierta distancia unos de otros. Lo vemos en los supermercados, en las farmacias, en las administraciones cuando los trámites requieren asistencia presencial e, incluso, en las entidades bancarias a pesar de que cada vez tratan peor al cliente, reduciéndole los horarios de caja y oficina en favor de la utilización de cajeros y banca online.

Como decía, aguardamos el turno sin quejas y con la comprensión que requiere esta situación excepcional. Sin embargo, es síntoma de la deficiente organización del sistema público de salud, al menos de nuestra provincia, el hecho de que pacientes de diversa índole deban esperar colas y aglomeraciones, en algunos casos de varios cientos de metros, a las puertas de los ambulatorios para realizarse diferentes tipos de pruebas tales como las requeridas para identificar el coronavirus, pero también de otras analíticas que requieren acudir presencialmente al centro sanitario.

La escasez de personal sanitario para atender los rebrotes de la pandemia está generando no sólo retrasos en las pruebas de detección del Covid-19, sino también casos sorprendentes de extravío del material, lo que implica la repetición de los análisis. A todo ello se une la saturación de la atención primaria, denunciada hace unos días por el Partido Popular y Ciudadanos, pues a pesar de las contrataciones de profesionales sanitarios realizadas por el ejecutivo autonómico desde el mes de marzo – algo más de 6.700 según destacaba el Consejero de Sanidad, Jesús Fernández -, los pacientes están recibiendo citación para ser atendidos por su médico de cabecera en un plazo superior a las dos semanas. Por tanto, no todo es oro lo que reluce en la gestión de la pandemia de García Page, aunque la comunidad autónoma que preside se vea perjudicada, en este caso concreto, por su cercanía con Madrid y la calamitosa situación sanitaria en la que se encuentra.

Hablando de filas, es quizá en los colegios donde están teniendo lugar las más rigurosas. De puertas hacia dentro de los centros educativos, en los patios, los escolares marchan perfectamente alineados, portando sus mascarillas y esforzándose por cumplir todas y cada una de las normas impuestas para que este inicio de curso pudiese producirse. Eso contrasta con las conductas desobedientes e impunes de los padres y/o tutores. Los niños han vuelto a pagar el pato por las negligencias de los mayores, cuyos comportamientos no han cambiado en nada, salvo que ya no pueden pasar hasta las aulas para dejar a los menores. Ante el beneplácito de los agentes locales -como sucediera en los tiempos anteriores a la pandemia – las entradas de los colegios aglutinan numerosas personas que parecen haber olvidado eso de la distancia de seguridad que obliga la situación extraordinaria en la que estamos inmersos. A ello se unen las actitudes de siempre: vehículos ocupando aceras, en doble fila, en el paso del autobús y un sinfín de infracciones que ponen en tela de juicio a quiénes se debería controlar y confinar. Y mientras tanto, los parques infantiles sellados a cal y canto con banda policial.

En fila también aguardan todas las mañanas los viajeros de lo que en Guadalajara se conoce como ‘La Conti’: ese autobús que hace el trayecto a la capital cuyo servicio lleva años dejando mucho que desear en las horas punta. Las colas kilométricas y los coches a reventar no han convencido a la empresa Alsa para incrementar las frecuencias en esas franjas horarias. La compañía asegura que antes de cada trayecto desinfectan los vehículos y que siguen con rigurosidad la normativa para reducir el contagio por SARS-CoV-2 impuesta en este tipo de medio de transporte en el que hasta la fecha está permitida la ocupación de la totalidad de los asientos. Las quejas por el servicio y las esperas de parte de los usuarios se acumulan cada día sin obtener una solución ante la imposibilidad de mantener la distancia de seguridad. Y mientras tanto, los parques infantiles cerrados a cal y canto.

Los ciudadanos han aprendido, sin duda, a respetar la fila. No ocurre lo mismo con quienes tienen la responsabilidad y el deber de impedir que se produzcan este tipo de situaciones en tiempos en los que la concentración de personas, aunque sea en fila, es un riesgo. Sin duda manda el privilegio que tienen de no esperar en ninguna fila por la que acabar enfilado.

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