‘El soriano’

Por David Sierra

Las semanas se hacían interminables hasta la llegada del viernes. O jueves, o lunes. O cuando las festividades ofrecían descansos continuados más prolongados. En ese instante, una vez terminadas las clases, era cuestión de minutos elaborar el petate y salir a toda prisa en dirección al pueblo. Quedaban por delante varios días de experiencias únicas e irrepetibles que jamás obtendría en la gran capital. Era un auténtico viaje hacia la libertad, que se iniciaba en la madrileña Calle Alenza, perpendicular a la gran avenida de Raimundo Fernández Villaverde donde se alojaba el chamuscado y ya extinto edificio Windsor, entre otros rascacielos.

Por delante, una hora de marcha. Salvo contadas excepciones, nunca se llenaba. Era habitual encontrar plaza en el lado de la ventanilla y sus asientos, sin grandes lujos, se prestaban lo suficientemente cómodos como para aguantar alguna que otra resaca. Cada día hacía dos trayectos, uno a las once la mañana y otro a las cuatro de la tarde. Por tanto, siempre había alternativa para viajar de mañana o de tarde. ‘El Soriano’, como se le conocía por acabar su recorrido en la ciudad numantina, era la mejor alternativa para quienes necesitaban conectar con la España interior sin posibilidad de hacerlo en coche propio.

Aquellos viajes estaban plagados de anécdotas. Por supuesto, era habitual encontrarse a viajeros vecinos de un mismo lugar, por lo que la conversación prácticamente estaba asegurada antes de salir de la ciudad por la Avenida de América. Un servicio convertido en fundamental para muchos de nuestros mayores, que aprovechaban sus prestaciones cuando debían acudir por cualquier circunstancia a la gran ciudad.

En una época en la que las paradas de autobús eran imaginarias y el ‘coche de línea’ nunca se salía de su trayecto, era frecuente solicitar al conductor la detención del vehículo en el punto kilométrico más cercano posible al destino del viajero en cuestión. Y eso solía coincidir con los empalmes de las carreteras de acceso de los municipios a la vía principal por la que circulaba el autobús. Tiempos aquellos en los que las circunvalaciones y las rotondas no tenían razón de ser.

El cochero, profesionales expertos, se caracterizaban por llevar gafas oscuras y mantener un trato directo y amable con los usuarios. Disfrutaban al volante, y se encargaban de amenizar el viaje con su emisora favorita de radio. Casi siempre esa que emitía clásicos nacionales junto con algún que otro olé. Cuando la plantilla se fue rejuveneciendo, fueron entrando las moderneces del pop y en algunos casos, incluso algo de rock. También era frecuente encontrar a los viajeros más jóvenes acompañados de sus walkmans y pinganillos, rezando para que esas pilas cubriesen todo el trayecto.

Poco a poco, el ‘coche de línea’ ha ido cambiando en búsqueda de esa rentabilidad que jamás encontrará cubriendo trayectos diarios a municipios cada vez más maltratados por la desidia de las administraciones. Las cocheras de Alenza dejaron de existir hace ya unas cuantas décadas con el propósito de concentrar todo el servicio de viajes en el gran intercambiador de la Avenida de América. Las grandes ciudades, propensas a incentivar el tránsito con vehículos particulares, tampoco han ayudado a que la población apueste por el transporte público para moverse, salvo en extrema necesidad. El abandono de los pueblos y el aumento de generaciones de urbanitas en detrimento de las rurales han modificado los modos de viajar a estas zonas.

La consecuencia más inmediata, con justificaciones interesadas sustentadas en la pandemia, es la degradación del servicio que han denunciado más de una veintena de municipios en la provincia de Guadalajara. Sus alcaldes se quejan de que el autobús ha dejado de circular martes, miércoles, jueves y sábados sin ni siquiera previo aviso. Y por ello, han montado una plataforma reivindicativa para solicitar el restablecimiento de la línea cuyo servicio cubre ALSA, siendo la competencia administrativa del Ministerio de Fomento. Dicha empresa ha justificado esta decisión en las condiciones de demanda establecidas por el Gobierno en atención a las necesidades de movilidad actual. O lo que es lo mismo, como hay menos viajeros suprime viajes y servicios.

A pesar de las múltiples promesas y buenas intenciones alardeadas en las reuniones sobre el despoblamiento y el llamado reto demográfico, nuestra provincia y nuestros pueblos han vuelto a sufrir un nuevo espaldarazo, que se une al de la supresión de trayectos del ferrocarril convencional. Cualquier territorio con vocación de acoger población necesita una óptima red de transporte público que permita a sus nuevos moradores tener la posibilidad de desplazarse sin limitaciones, conectar con las zonas colindantes y acceder a los grandes centros de desarrollo económico. Podría darse el caso de que ‘el soriano’ ya no tenga la solera de antaño y sea aún más deficitario, pero servicios como el que presta es y será fundamental si en algún momento, algún Gobierno decide tomar verdaderamente por los cuernos los retos demográficos y medioambientales que permitan reconectar el medio urbano y el rural.

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