El último mugido

Por David Sierra

El mundo del toro alcarreño está de luto. El fallecimiento del ganadero y empresario taurino Felipe Gómez Espada ha caído como un jarro de agua fría en cualquiera que fuera aficionado a los festejos con reses bravas que se celebran en la provincia, donde se había convertido en todo un referente a pesar de la voraz competencia que existe en este negocio.

Cualquiera que haya formado parte alguna vez de una comisión de fiestas ha tratado, de un modo u otro, con Felipe. El experto taurino Jaime Hita lo ha definido especialmente bien en la información que ha elaborado para varios medios sobre la muerte del ganadero. Y así le describe: “Felipe mantuvo toda su vida las características de los antiguos tratantes de ganado, conocedor de los animales y conciliador en el trato, no exento de picardía”.

Felipe Gómez Espada.

Alejado de las grandes ostentaciones, en su finca de Armuña de Tajuña, al fondo en el Barraco de Valdosancho se respiraba ganado en estado puro. Aguantaba el chaparrón cada temporada, ilusionado con las reses que adquiría de otros criadores con la esperanza de que, al menos, dieran la talla. Negociante nato de los de sosiego y templanza, acostumbrado a mascar para no caer de nuevo en el vicio del tabaco, su afición le llevaba a mantener un negocio en el que “el precio de los animales apenas había variado en cuarenta años”. Eso decía a la hora de cerrar el trato. Tan verdad, que hacía complicado que la otra parte le apretase en la rebaja, donde jugaba con intercambios de reses de saldo, vendidas como regalos, poco antes de darse la mano.

En sus recomendaciones, que no solían fallar, era habitual que entrasen morlacos bizcos de cornamenta, con algún tipo de ceguera o de aspecto amansado que, sin embargo, luego ofrecían un buen resultado en el festejo de turno para el que habían sido ajustados. En este sentido, el ganadero tenía ese ojo que otorga la experiencia para observar más allá del aspecto exterior de su cabaña. Los tiempos, que en el campo bravo transcurren a un ritmo más acompasado, fueron siempre sus mejores aliados. La paja y el pienso, en pleno verano, cumplieron esa misión de elementos indispensables para reconocer en los rasgos el pie del que cojeaba su ganado.

El endurecimiento de las continuas legislaciones taurinas de las últimas décadas supuso diversas suertes de castigo en un negocio acostumbrado a los acuerdos discretos de los que gustaba cobrar en mano; y las exigencias en materia de seguridad y defensa animal tampoco ayudaron a facilitar la venta de unos animales ya de por sí costosos de mantener en unas condiciones óptimas y a los que en muchos casos apenas se les sacaba beneficio. En esa situación, el ganadero tuvo el valor de continuar con su labor proveyendo ganado bravo para aquellos municipios más humildes de la provincia, en cuyas fiestas la tradición taurina sigue estando vigente gracias en buena parte a su apoyo.

De esa larguísima trayectoria vinculada a los toros y los festejos, sin duda alguna, su éxito más notorio tuvo lugar el 18 de octubre de 2014 cuando echaba al campo en una misma jornada a una docena de utreros, seis por la mañana y otros seis por la tarde, poniendo de manifiesto sus extraordinarias dotes como organizador de acontecimientos taurinos y dejando el listón a una altura difícil de alcanzar en los tiempos que corren.   

Felipe se ha ido cuando el sector más le necesitaba. Cuando la pandemia ha dejado la fiesta nacional con los cosos vacíos y los pueblos sin toros, ni vacas, ni cohetes, ni talanqueras, sin nada. Cuando la sociedad cada vez más alejada del mundo rural, rehúye de cualquier elemento que muestra sufrimiento animal desconociendo la dedicación con la que la ganadería brava trata a su género. Cuando lo ‘anti’ se impone ante una actividad que apenas ha evolucionado y donde cada vez es más complicado que se produzca un relevo generacional. Cuando la distancia entre toro y cultura está cada vez más alejada de la realidad. Circunstancialmente o no, el corazón de Felipe ha dejado de latir cuando el mugir de los toros se ha dejado de oír.

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