DiDeSUR, un espacio de resistencia desde el que empezar a construir Otro Mundo Posible

Sesión de cuentos que dan la vuelta al mundo. // DiDeSUR

Por Teresa Luengo Rodríguez (*)

Hay lugares que son casa. Me gusta esta expresión, porque me recuerda a la infancia, a cuando jugábamos al pillapilla en el recreo o en las calles de un barrio por el que entonces apenas transitaban coches. Corrías para intentar que no te pillara quien en aquel momento ‘la ligaba’ y, cuando ya no podías más, cuando la mano del perseguidor estaba a punto de alcanzarte,  aparecía un escalón, un murete o una ventana baja donde podías subirte y decir ‘casa’. Ahí estabas a salvo, ya no te podían pillar.

Para mí, DiDeSUR (Dignidad y Desarrollo para el Sur) es casa. Es hogar, es familia, es estar a salvo. Muchas veces, en momentos complicados, he ido allí a respirar silencio, a conectar con mis valores, a cargarme de energía limpia, que es la que ese espacio genera e irradia. Me gusta decir que DiDeSUR es algo así como un espacio de resistencia, un lugar en el que se demuestra que se pueden hacer las cosas de otro modo, que se puede consumir de manera más consciente, cuidando a las personas y al planeta y tejiendo redes de amistad y solidaridad fuertes y tupidas. Redes que no te dejan caer, que te salvan y te impulsan.

Más allá del aspecto emocional que tiene para mí, DiDeSUR es un espacio donde practicar el Comercio Justo, el Consumo Crítico y Responsable, la Soberanía Alimentaria, la Solidaridad y Cooperación. Todo en mayúsculas, sí, aunque no lo diga la norma. Este lugar comenzó su andadura aún sin saberlo allá por el año 1995. Tuvieron lugar entonces las manifestaciones, acampadas y encierros para pedir a las administraciones públicas que destinasen, tal y como se habían comprometido, el 0,7 por ciento de sus presupuestos a Cooperación al Desarrollo. Un grupo de jóvenes de Azuqueca nos sumamos al movimiento. Nos reuníamos cada semana en un local cedido por el Ayuntamiento. Allí, leíamos artículos, debatíamos, pensábamos acciones o hacíamos carteles y pancartas de forma, más que artesanal, rudimentaria. Con el paso del tiempo, protagonizamos en la Casa de la Cultura de Azuqueca uno de encierros más prolongados que entonces se sucedieron en todo el país. Un mes de convivencia en el que, junto a la reivindicación, crecían nuestros valores, nuestro sentido de la justicia social y de la solidaridad global.

Encierro por el 0’7 en la Casa de la Cultura de Azuqueca // DiDeSUR

De ahí surgió DiDeSUR, de la búsqueda de un proyecto que perdurase en el tiempo y que permitiese tejer redes de solidaridad entre personas productoras y personas consumidoras del Norte y del Sur del mundo. Hicimos del comercio y el consumo nuestra causa porque, es un ámbito de actuación tan amplio, que nos abría un sinfín de oportunidades. Un dato. Cada día, desde que nos levantamos hasta que salimos de casa por primera vez, llevamos a cabo de media treinta actos de consumo. La energía del aparato que nos despierta, la luz de la habitación, la luz del baño, el agua para lavarnos o ducharnos, gel, champú, pasta de dientes, leche, café, azúcar, pan, la energía necesaria para calentarlo, etc. Treinta actos de consumo en los primeros días de nuestra vida diaria, cada día, todos los días. Parece lógico pues que, si vamos a consumir tantas veces, apliquemos a nuestros actos de consumo parámetros de justicia social y de sostenibilidad. Más aún si tenemos en cuenta que, aunque en el mundo hay recursos suficientes para cubrir las necesidades básicas de todos sus habitantes, el 80 por ciento de la población pasa hambre. Porque, para que en el mundo ¿desarrollado? podamos consumir a este ritmo, la mayor parte de la población subsiste o muere por no poder acceder a los recursos más básicos. Como decía Gandhi, algunos tendrían que vivir más sencillamente para que otros, sencillamente, pudiesen vivir…

Y así nació DiDeSUR, como un proyecto colectivo, un punto de encuentro de movimientos sociales, un espacio con tienda de Comercio Justo -que fue la primera que se abrió en Castilla-La Mancha- incontables acciones de educación para el desarrollo y proyectos de cooperación en países del Sur, fundamentalmente en Bolivia y Ecuador. Comenzamos la andadura en locales alquilados, siempre pequeños, siempre en lugares recónditos, siempre en Azuqueca. Hasta que el entonces alcalde, Florentino García Bonilla, nos cedió un local público. Quería que un proyecto así, que aunaba a entidades sociales, que daba alternativas de participación, que difundía la solidaridad y la justicia no corriese peligro por no poder hacer frente al pago del alquiler. Así llegamos a El Foro, el lugar desde el que trabajamos durante más de 20 años y del que nos echó hace unos meses y porque sí el actual alcalde de Azuqueca, José Luis Blanco.

DiDeSUR cerró sus puertas en El Foro en marzo y las ha abierto de nuevo en octubre, en un local más pequeño en metros pero más grande en ilusión; más modesto en espacios, pero más ambicioso en proyectos de futuro. DiDeSUR ha vuelto a demostrar que es un símbolo de resistencia, no sólo contra las relaciones económicas y sociales injustas, contra el consumismo o contra el individualismo; es también un símbolo de resistencia contra un alcalde que quiso borrarnos, que se creyó tan poderoso como para acabar de un plumazo con más de 20 años de trabajo. Y no. No ha sido fácil porque, al mazazo de echarnos del local en el que llevábamos casi 20 años se unió la pandemia, el confinamiento, el distanciamiento, el pago del alquiler de un local que no podíamos utilizar, la incertidumbre. Pero hemos podido. Poco a poco hemos recuperado los muebles, los archivadores, los productos dispersos por espacios de gente buena que nos echó una mano cuando más lo necesitábamos. Y hemos vuelto a abrir las puertas que nunca debieron cerrarse. Azuqueca, a pesar de su alcalde, cuenta con un espacio de solidaridad, que no es sólo de DiDeSUR, sino que es de la ciudadanía.

Volvemos a abrir no sólo como una reacción natural de resistencia ante quien trata de aniquilarte, sino fundamentalmente porque creemos que espacios como DiDeSUR son imprescindibles, que más que nunca es necesario establecer otro tipo de relaciones económicas y humanas, cuidarnos y cuidar, tender puentes de solidaridad con el Sur y trabajar por ese Otro Mundo Posible que tanto anhelamos.

Azuqueca vuelve a contar con su Centro de Comercio Justo y Consumo Responsable que, como al principio, se ubica en un local alquilado en un lugar un poco escondido, pero que la gente encuentra porque lo busca. Está en la calle Azucena, una flor cuyo nombre recuerda a Azuqueca y también a la famosa frase de Neruda “podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. No puede detenerse la primavera porque necesitamos construir un mundo mejor, con más igualdad y más justicia, donde el lugar de nacimiento no otorgue ni quite derechos, donde avancemos sin dejar a nadie atrás y en el que el individualismo, el egoísmo y la indiferencia no se conviertan en pandemia. ¿Difícil? Ya. Mejor que yo lo escribió el maestro Galeano: «la utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar». Caminemos, pues.

Tere Luengo

(*) Teresa Luengo Rodríguez es mujer, madre, feminista, activista en DiDeSUR, azudense y periodista. Le gusta escribir, leer, escuchar, contar y que le cuenten, así que tiene la suerte de haber convertido su afición, su vocación y su pasión en su profesión. Otro Mundo es Posible (e imprescindible).

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