Un toque de queda de película

Por Patricia Biosca

El toque de queda siempre me había parecido algo muy de película americana, a la altura del baile de promoción, los emparedados y el llamar “nena” a las chicas. Desde mi perspectiva de niña de pueblo que en verano jugaba al escondite de madrugada mientras las abuelas tomaban el fresco en el portal de la vecina, y después de mi condición de persona que siempre se recoge la última los fines de semana “no se vaya a perder algo”, que dice mi madre, el toque de queda se me antojaba como algo imposible, inviable, impracticable, utópico. Al mismo nivel que las películas de superhéroes y las comedias románticas de instituto. Ha tenido que llegar una pandemia mundial para demostrar aquello tan manido de que “la realidad supera a la ficción”. 

Mientras el domingo veía por televisión a ese señor con porte de galán de cine que tenemos como presidente aludir al eufemismo “restricción nocturna de la movilidad”, me sentí un poco como el protagonista de “Footloose” llegando al pueblo de Elmore City: la incredulidad se mezclaba con la impotencia, a la vez que se me dibujaba la cara de desaprobación (o de haber chupado limones) de Kevin Bacon. “Por el bien de todos”, decía Pedro Sánchez, que a pesar de todo mantenía un tono esperanzador que me enervó aún más si cabe, porque la esperanza en esta trama hace tiempo que se esfumó: todo parece ir siempre a peor. Y eso que me sabía el final, porque Emiliano García-Page ya había pedido la activación del estado de alarma el día anterior y estaba claro que el presidente de Castilla-La Mancha (que en mi película vendría a ser como el sheriff del condado) amenazaba con imponer su propia ley (regional). 

“Bueno, bien, recogerme pronto va en contra de mis principios, pero puedo cambiar de hábitos y que incluso tengan un beneficio en mi vida”, me decía a mí misma el sábado mientras me surgían modestos planes para la semana siguiente. Ilusa de mí. No sabía que se preparaba en Moncloa una ambiciosa intriga de semiconfinamiento que se pretende extender hasta el 9 de mayo. Cuando haya terminado el otoño. Cuando hayan pasado las Navidades. Cuando tenga un año más que ahora. Cuando se haya esfumado el invierno. Cuando hayan vuelto a cambiar la hora. Cuando ya estemos en plena primavera. Ni los de asuntos internos habrían tendido una trampa tan bien urdida como este villano a lo Norman Bates, que al principio parecía un animal asustadizo, pero que un poco más tarde no duda en clavarte el cuchillo incluso aunque estés en cueros. 

En mallas, zapatillas de andar por casa y mal moño en lo alto -a lo Bridget Jones en sus horas más bajas-, me parecía que mi vida no había avanzado apenas desde el mes de marzo, cuando en las mismas circunstancias había visto la comparecencia de Sánchez para anunciar el confinamiento. Entonces nos enfrentábamos a lo desconocido, como Ellen Ripley llegando a LV-426, el mundo de los xenomorfos en “Alien, el octavo pasajero”. Pero ya estamos en la secuela, “Aliens, el regreso”, y sabemos que lo que nos espera no es precisamente ni bonito ni amable. Incluso aunque ahora nos repitamos que estamos más preparados y nos acompañe un nutrido grupo de fornidos marines negacionistas, que podrían ser interpretados por Miguel Bosé o Bunbury, entre otros. 

En un giro de guion, mientras escribo estas delirantes líneas, me llega un mensaje al móvil. “Ay, Pa, he caído”. Mi amigo Emilio trabaja como enfermero en un hospital concertado de Madrid en el que su jefa dio positivo en las pruebas de coronavirus. Poco después se las hicieron a él, aunque sospechaba que era demasiado pronto para que se revelara la enfermedad. Probablemente estaba en lo cierto: una semana más tarde está en la cama, con fiebre, tos seca y como si le hubiera arrollado un tren de mercancías. Aunque por el nivel de drama noto que no está todo lo mal que dice, sí que siento que está jodido: está preocupado por su familia, porque pueda convertirse en su propia “Pesadilla antes de Navidad”. Es la persona más cercana de mi entorno que se ha infectado y me entra un poco de pánico. 

Esto ya va dejando de ser una película y no puedo evitar sentirme otra vez a lo Bacon en “Footloose”: enfadada con un sistema injusto que debido a su inutilidad no tiene más remedio que jugar la baza de la prohibición. Porque es cierto que nosotros, como sociedad, al igual que Ripley, hemos tomado muchas “cuestionables decisiones”, como acudir a aquella fiesta o no tomar las precauciones adecuadas en aquel cumpleaños familiar. Pero les correspondía a otros dirigir bien a los actores, que ahora no pueden hacer nada salvo el papel de un John Travolta confundido en “Pulp Fiction”. Y aún queda tiempo para tener esa inyección que nos resucite de forma casi milagrosa, como a Uma Thurman. No sé a ustedes, pero a mí la película, de la que ya no podremos disfrutar en la “hora golfa” por aquello del toque de queda, se me está haciendo larga. 

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