Luces encendidas

Por David Sierra

Demasiadas luces encendidas. Ventanas iluminadas en una época del año en la que ya debieran estar en la más absoluta oscuridad. Buzones incomprensiblemente vacíos y portales exentos de la suciedad propia del otoño. Hojas amontonadas después de haber sido barridas y apenas restos de barro en las calles, aunque los tractores sigan manteniendo su actividad agraria preparando la tierra entre aguacero y aguacero, aprovechando los tímidos rayos de sol. En el bar, que mantiene como puede las restricciones impuestas para combatir la pandemia, el movimiento apenas ha decaído con el fin del verano y la actividad se conserva de manera excepcional. Nadie sabe cuanto puede durar esta situación y ya ni lo cuestionan.

El autobús escolar hace su parada habitual. A las caras habituales se unen otras que eran antes ocasionales en el pueblo y que nunca habían subido esas escaleras en dirección a las aulas. Y a pesar de que los ayuntamientos se encuentran sellados a cal y canto, la actividad en su interior supera la normalidad con solicitudes de empadronamiento y otras cuestiones de tipo municipal que no hace tanto tiempo eran sólo proclives en la temporada estival.

Solares con el cartel de ‘Se Vende’ ya integrado en su paisaje, reciben un inesperado trasiego fruto de intereses jamás mostrados con anterioridad. En algunas situaciones incluso el anuncio desaparece y en su lugar comienzan movimientos de tierras que recuerdan por algunos instantes a los momentos anteriores al frenetismo de la construcción que motivó la decadencia económica. Hijos del pueblo, nietos olvidadizos de que alguna vez allá tuvieran abuelos, muestran de nuevo sus rostros cambiados pero reconocibles a pesar de la edad. Y buscan la seguridad donde antes sólo encontraban letargo y aburrimiento. Ya no sólo la añoranza y la visita al camposanto en su día célebre sirven de pretexto.

Hay poblachos que gracias al Covid han recuperado la ilusión. El temor a un nuevo confinamiento o la huida en busca de otro tipo de libertad; alejarse de las probabilidades al contagio y en ese proceso encontrarse con una forma de vida diferente, más pausada y menos agobiante, ha ido calando poco a poco en quienes han sufrido el encierro, sin comerlo ni beberlo, entre las limitaciones de espacio que conlleva cualquier pisito. Y cualquier oportunidad es buena para combatir desde la propia acción la despoblación.

Quien lo diría, que un virus tuviera el efecto que no ha alcanzado un manifiesto. Las carencias siguen estando presentes. El autobús, como servicio público de transporte, apenas puede satisfacer la demanda tras años de intentos por desmantelarla. Mejores carreteras y muchos cuartos para conservarlas es la prioridad, cuando se hace caso al que por ellas pasa una vez, si acaso, en fin de semana. Los trenes tampoco hacen falta pues en la nueva ‘normalidad’ se viaja mediante la interactividad y la propuesta radica en favorecer al que teletrabaja.

Y en esas están los municipios que tienen la suerte de embelesar a las empresas encargadas de telecomunicar. La fibra óptica se expande gracias a la cabezonería de ediles empeñados en no quedar atrás y aprovechar esta oportunidad. Hogareñas oficinas desde las que se diseña, se escribe, se enseña y se negocia sin necesidad de ninguna movilidad. Ponen en valor el entorno de trabajar en pantuflas, sin pudor ni rubor. Son pocos, apenas medio centenar, los pueblos cuyos habitantes pueden disfrutar de esta bicoca sin rechistar.

Más vecinos y los que están por llegar podrían suponer una contrariedad. Que no sean bienvenidos si generan un colapso asistencial. Si en la última década, más del 70 por ciento de los municipios de la región han perdido población, recuperarla con tanta celeridad genera recelos en los consistorios desatendidos durante años y cuyas infraestructuras apenas sostienen la vida de los pocos que apostaron por no abandonar.

El campo está de moda en tiempos de pandemia. La oportunidad que esperaba el medio rural acaba de llegar. Es hora de que las promesas, con fondos públicos a rebosar gracias al capital europeo, se cumplan. Que se desarrollen las tecnologías, que se incorpore la economía circular, que se promuevan las renovables, el turismo, la gastronomía, el transporte público, el adecentamiento de los servicios públicos básico o que se dote a los municipios de más recursos para la financiación local. Es hora de que se abran las puertas al campo, se engrasen las bisagras y se eliminen los cerrojos para que nunca se vuelvan a cerrar.

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