Elecciones USA, ahora qué

Por Carlo Gallucci (*).

¿Por qué debería interesarnos estar pendientes de las próximas elecciones en los EEUU?

Hay varias razones para prestar atención a lo que va a ocurrir antes y después del 3 de noviembre, día de las elecciones, en EEUU. Lo podríamos ver como un espectáculo: los americanos son maestros en convertir en espectáculo cualquier cosa, hasta el acontecimiento más insignificante; con más razón unas elecciones presidenciales. También puede ser interesante para alguien que se interesa de política en general, como si fuera un evento que merece la pena ser estudiado. Sin embargo, creo que la razón principal no deja de ser nuestro interés. Vamos a ser claros, somos una provincia del Imperio, nos guste o no. O bien, si queremos ponerlo en términos más modernos, vivimos en un mundo globalizado donde, lo que pasa a diez mil kilómetros de distancia tiene repercusiones aquí, en nuestra ciudad.

Lo que ocurra en EEUU en los próximos días, semanas o, quizás, meses, va a afectar profundamente a nuestra economía, que ya de por si no atraviesa un periodo tranquilo, pero también a la situación política doméstica en España y en Europa.

¿Cómo hemos llegado a estas elecciones? Todos recordamos como en 2016, después de ocho años de mandato de Barack Obama, el candidato del partido republicano, Donald Trump, ante la sorpresa general, ganó las elecciones. Sí, la sorpresa fue enorme, todos estaban convencidos de que Hillary Clinton, la candidata demócrata, iba a ganar y con cierta facilidad. ¿Qué pasó? ¿Qué hizo bien Trump y mal Clinton? Durante meses se estudió el caso, se buscaron las razones de por qué las encuestas no vieron venir el resultado; muchos se preguntaban cómo había sido posible que tanta gente (no la mayoría, Clinton obtuvo 2,7 millones de votos más que Trump en el recuento general) votara a Trump, o qué errores habían cometido la candidata y el partido demócrata.

Si alguien está interesado hay mucho material accesible en internet que analiza la derrota de Hillary Clinton, así que sólo voy a destacar algunos aspectos que me parecen interesantes.

Primero, muchos tenemos la sensación de que en 2016 se menospreció la candidatura de Donald Trump: las encuestas, que siempre daban ganadora a Clinton, no ayudaron al partido demócrata, les hicieron sentirse siempre superiores, moralmente y políticamente, a un personaje tan histriónico como Trump.

Segundo, la desilusión entre los votantes demócratas. Veníamos de ocho años de la presidencia Obama, un político que había sabido infundir esperanza e ilusión con unos discursos emocionantes para una gran mayoría de la población de EEUU. Se veían al alcance de la mano cambios históricos en EEUU como nunca se habían visto en décadas; sin embargo, al final de su mandato, los cambios conseguidos no habían sido tan grandes ni tan profundos y la gente estaba desilusionada. Cuanto más altas las expectativas, más profunda y dolorosa es la decepción si al final no se consigue lo deseado.

La elección de una candidata como Hillary Clinton, y esto es el tercer punto, no ayudó a que los votantes demócratas se movilizaran para superar el poso de decepción con el cual se había despedido Obama. Muchos votantes demócratas, viendo las encuestas y no sintiendo especial atracción por su candidata, contrariados, no fueron a votar, especialmente en un puñado de estados que son claves para ganar las elecciones en EEUU (Michigan, Wisconsin, Pensilvania, Arizona, Indiana, North Carolina y especialmente Florida) y así Trump ganó, por poco, pero ganó.

Cuarto, Trump supo cabalgar la ola del descontento de muchos estadunidenses contra sus políticos y el sistema político en general. Hillary Clinton no era más que el producto de un sistema político corrupto e incapaz que gobernaba en Washington desde hacía varias décadas y él era la persona que podía barrer por completo ese sistema, hacer una limpieza profunda, hacer de nuevo América grande. Con este discurso, Trump barrió primero al partido republicano tradicional, el Gran Viejo Partido, eliminando a otros dieciseis candidatos, y finalmente a Hillary Clinton. Trump fue en contra de los políticos clásicos, los de toda la vida, y ganó, independientemente de que sus promesas electorales se pudieran cumplir o no.

¿Y ahora qué va a pasar?

Ahora, a pocos días de las elecciones, la situación es muy complicada y delicada. Trump ha mantenido su promesa y ha limpiado tanto el sistema político clásico que lo ha roto por completo. Los políticos norteamericanos, sobre todo en momentos de dificultad de la nación, en el pasado habían buscado y encontrado un camino compartido para salir adelante, un acuerdo bipartisan, un terreno común de compromiso entre republicanos y demócratas. Pasó en los años 1960 con Johnson, en los 1980 con Reagan y en los últimos años hasta con el presidente Bush. Es cierto que este espíritu bipartisan se ha dado especialmente en política exterior, pero está claro que la administración Trump ha enterrado por completo ese concepto de una política que busca acuerdos con el partido contrario. Al oponente hay que insultarlo, machacarlo, menospreciarlo y, de momento de manera figurada, matarlo.

EEUU vive unos años de extrema polarización: la sociedad norteamericana, que desde su nacimiento ha sufrido, a lo largo de su breve historia, divisiones internas drásticas y dramáticas (la guerra de independencia, la guerra civil, la abolición de la esclavitud con todo el problema racial, la herida de la guerra de Vietnam, la extrema desigualdad entre ricos y pobres, las dificultades de integración de los inmigrantes, la intolerancia de muchos al gobierno federal central, etc.) vive últimamente uno de sus peores momentos. No sé si los social media han exacerbado la ruptura social o si estos sólo son la expresión de lo que está ocurriendo en la sociedad; posiblemente sería como preguntar si nace antes el huevo o la gallina. Lo que sí tengo claro es que Trump no tiene el más mínimo interés en unificar al pueblo, en buscar caminos de entendimiento bipartisan, sino todo lo contrario: Trump necesita encender fuegos para luego presentarse como el héroe que soluciona los problemas, aunque sea a costa de destrozar aún más la unidad del pueblo norteamericano.

Trump juega al juego que le ha llevado a la presidencia, el juego que le ha dado resultados, como es lógico que sea, guste o no guste, y no creo que tengamos que esperarnos algo diferente, ni ahora, ni después de las elecciones. ¿Y los demócratas? La impresión que tengo es que no han aprendido mucho de los errores cometidos en 2016 y la elección del candidato, Joe Biden, lo demuestra. Los votantes demócratas, en las primarias, han elegido a un anciano abogado, que ha pasado toda su vida, desde 1972, entre los pasillos políticos de Washington, un hombre de la política clásica, de la casta, que no consigue conectar demasiado con la gente. Ya veremos si conseguirá su objetivo. Hablando con varios amigos demócratas que no votaron a Clinton hace cuatro años, ahora me dicen que irán a votar, aunque no les guste Biden, aunque sólo sea por reacción a Trump. ¿Será suficiente este tipo de motivación para ganar? No lo sé.

Estas últimas semanas antes de las elecciones serán clave: lo fueron en 2016, cuando salió la noticia de la reapertura de una investigación por parte del FBI contra Hillary Clinton, que hizo mucho daño a su campaña. No descarto que los dos candidatos tengan algún as en la manga para jugarlo justo en este momento y tampoco sabemos cómo todo el tema de la COVID 19 va a influir en el voto: sólo nos queda esperar y ver qué pasa.

Yo, personalmente, estoy extremadamente preocupado por lo que puede ocurrir después del 3 de noviembre. Si hubiese una victoria aplastante de Trump, habría posibilidad de un incremento de protestas callejeras que no sabemos hasta donde podrían llegar. Si la victoria aplastante fuera para Biden, no tengo muy claro hasta que punto Trump sería capaz de reconocer la derrota y, como consecuencia, de abandonar el poder (denunciando fraude masivo, pidiendo recuentos, recurriendo y llegando, si hiciera falta, hasta el tribunal supremo que está intentando condicionar y controlar justo en estos días). Pero el peor de los escenarios posibles sería sin duda el de unas elecciones muy reñidas, decidiéndose por un puñado de votos. En ese caso, se podrían desencadenar unos acontecimientos que sólo podemos imaginar que ocurran en alguna película distópica o una serie; es de hace unos días la noticia que el FBI ha detenido a 13 personas perteneciente a un grupo armado que planeaba raptar a la gobernadora de Michigan, objetivo frecuente de insultos y ataques por parte de Trump, para desencadenar una revuelta, una guerra civil. Ya está el guion de la película, hecho realidad.

EEUU tiene su razón de ser sólo en el adjetivo de su nombre, unidos. Ya desde el final de 1700, los primeros americanos decían United we stand, divided we fall: “juntos permanecemos de pie, divididos caemos”. Ya veremos si el pueblo norteamericano va a ser capaz de volver a encontrar la senda bipartisan de la unidad.

IMG_0060(*) Carlo Gallucci, New Haven (Connecticut), 1965, proviene de una familia italiana, donde residió hasta que en 1991 se trasladó a Guadalajara. Ha sido educador de calle en Italia, y ya aquí en Guadalajara inició el programa para la recuperación de drogodependientes, Proyecto Hombre, así como las actividades de la ONG Acogida y Encuentro y de PROCLADE en Madrid. Después de pasar por la empresa privada, a día de hoy ha hecho realidad su sueño de abrir una panadería ecológica, el HORNO ECOLOCAL donde elabora pan y bollería artesana con harinas procedentes de productores locales para deleite de sus clientes y vecinos.

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