Tenorio Mendocino 2020: de paso por el purgatorio del confinamiento

Por Patricia Biosca

¡Cuál gritan esos malditos! / ¡Pero mal rayo me parta / si en concluyendo la carta / no pagan caros sus gritos!

En un año raro, todo parecido con la pre-realidad Covid otorga un rayo de esperanza. Como la redención de Don Juan Tenorio después de mostrar su eterna arrogancia, aunque le falte su apellido Mendocino y tenga que servirse de Buero Vallejo para su empresa. Los versos arriba escritos que salieron de la mano de José Zorrilla a mediados del siglo XIX volvían a resonar en Guadalajara el fin de semana de Todos los Santos, “recordando el mito y celebrando el rito” con un acierto que ya empezaba a emocionar desde la arenga que Abigail Tomey, recuperada directora artística de la obra, daba al aire justo antes de empezar a la vista de todos los presentes, con mascarilla -salvo ella, excusada en su fugaz protagonismo- y distancia de seguridad mediante. Y entonces pareció que las paredes del teatro auditorio desaparecían, como el fantasma del Comendador tras ser invitado a la última cena. O, al menos, así sucedió para esta humilde plumilla que venera, igual que Doña Inés a Don Juan, el arrojo y la valentía de la Asociación Gentes de Guadalajara, que ganaron la dificilísima apuesta de representar el Tenorio Mendocino sin su elenco principal: las calles de Guadalajara. 

Todos los familiarizados con la representación sabíamos que se trataba de una edición totalmente diferente: es innegable la entidad de los escenarios mendocinos sobre toda la adaptación alcarreña. Grabados a fuego en mi memoria se encuentran el canto de decenas de monjas en el patio del Instituto Liceo Caracense o el resonar de los tambores en el Patio de los Leones del Infantado en la escena de la quinta de Don Juan. Sin embargo, la dirección, con mucha habilidad, optó por una obra que discurre poco entre bambalinas, y que refleja desde el carácter casi familiar de la representación (ese beso entre el Don Juan y la Doña Inés que en la vida real son matrimonio en un entreacto) al cambio de atrezzo con gel hidroalcohólico incluido (y “regañina” fugaz al no ser utilizado). 

Una de las claves del éxito del Tenorio Mendocino reside en su carácter itinerante: aquí surgen los debates entre el público acerca de las actuaciones de los don Juanes, doñas Inés, Brígidas -siempre en el recuerdo Josefina Martínez, quien provocó hace años que este personaje se convirtiera en mi favorito- o Ciuttis de turno; o sobre el eterno duelo entre Tenorio y Mejía y el amor, sincero o no, de Don Juan por la novicia. En un teatro al uso, en el que el silencio se muestra como casi obligatorio durante toda la representación, es difícil recrear este ambiente tan “mendocino”. Pero una vez más se quiso ser fiel a la tradición y se trasladó la discusión a los labios de Chema Malo -declarado enamorado de la obra y cara reconocible de la misma- y un supuesto nieto al que le inocula su pasión en el cambio entre escena y escena, convirtiéndose en unos introductores de lujo (notable la actuación de Malo, que aunque no estuviera sobre las tablas, evocó a la perfección el sentir de la obra). 

Por poner alguna pega -y que no se note demasiado mi predilección por esta agrupación que sobrepasa la línea de lo amateur-,  el hecho de que en casi cada escena hubiera diferentes actores para interpretar los mismos papeles a veces podía confundir al espectador, sobre todo si no se estaba familiarizado con la obra. Lo mismo ocurría con el corte de algunas escenas para aliviar la duración de la obra. Es cierto que esta adaptación servía al propósito mayor de preservar la representación aún con la amenaza de contagios y cuarentenas, y que además a ciencia cierta supuso un reto para los actores, que tuvieron que memorizar varios roles diferentes para suplirse unos a otros en caso positivo por coronavirus, lo que hace aún más encomiable la gesta. 

En cuanto a las interpretaciones, la que escribe (y vaya por delante su total ignorancia en el tema, pues se guía solo de la emoción del momento) subraya la candidez de la primera y poco normativa Doña Inés, que miró a la cara a una Brígida experimentada y sólida; un Don Luis Mejía doliente que supo elevar el tono dramático en la escena mortal de la quinta; un Ciutti magistral, que arrancó no solo con la entonación, sino también con su gesto, carcajadas entre el público; y un Don Juan maduro, rodeado de muertos y humo, como la guinda perfecta del pastel confinado que la pícara Buttarelli habría servido con deleite de comensales y público en la hostería del Laurel, como hizo con su propia actuación.  

En definitiva, una reinvención del Tenorio Mendocino que, aunque estuvo más que digno y muy por encima de las expectativas, espero no volver a ver en el Buero Vallejo. Porque, como bien dice mi compañero y maestro Álvaro Nuño (que se despidió de aquí hace unos días, aunque irremediablemente será para siempre parte de esta otra gesta periodística que es El Hexágono), un espectáculo de calle sin calle pierde su esencia. Como un pendenciero Don Juan sin su Doña Inés que le redima. Y el purgatorio de estos días solo es un lugar de paso en el que, confiemos, no estaremos mucho tiempo. 

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