Duelo de sillas en Navidad

Por Patricia Biosca

¿Conocen el juego de las sillas? Es muy sencillo: alguien pone música (cuanto más desquiciante, tanto mejor) mientras un grupo de personas gira alrededor de un conjunto de sillas. Cuando al director de orquesta le parece, apaga la música, y éstas tienen que buscar asiento. La gracia del divertimento reside en que todas, excepto una, podrán hallarlo. Si no han participado nunca y para ustedes escribo en chino, a lo mejor es hora de que ensayen. Porque me da que en Navidades atípicas y “coronavirusosas” es posible que aparquemos el tradicional bingo casero y que ni el juguete estrella encuentre butaca. 

Me explico: seguramente se hayan enterado de que el Gobierno estudia la propuesta de reducir al máximo de seis a los comensales de las comilonas navideñas. Aún no es una propuesta en firme, y parece que las comunidades autónomas tendrán algo de voz y voto en el asunto. Por ejemplo, el renglón torcido de la pandemia, la Comunidad de Madrid con la inclasificable Isabel Díaz Ayuso al frente, ha propuesto ampliar el “aforo doméstico” a diez -algo que también plantean otras regiones como Cataluña o Galicia-. Nuestro presidente, Emiliano García-Page no se ha querido mojar, pero parece que también es partidario de “reblandecer” las normas un poquito. Y los Reyes Magos ni tocarlos, en eso sí que es intransigente.  Es decir, que el maestro de ceremonias y sus ayudantes (aka, Gobierno central y CC.AA.) aún están pensando cuántas sillas máximas habrá sobre el tablero de juego. 

Aún así, los más estrategas ya han empezado a echar cuentas: “Si normalmente nos juntamos 24, se podrían hacer cuatro grupos de seis que fueran variando en Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo y Reyes”, dice el Napoleón de andar por casa que le está dando duro al ábaco. “Pero tienes que tener en cuenta que la familia de fulanito con menganita no se hablan, aunque la hija mayor de menganita aún tiene relación estrecha con algunos”, contesta la Carlomagna de turno, aquella que ha establecido con mayor claridad el mapa de las relaciones interpersonales de la familia, la que posee tal capacidad de abstracción que es a la asesora perfecta para crear el complejo entramado de las mesas en las bodas. “A mí me da igual, ya sabéis que lo que queráis”, espeta el Saladino de turno, el míster del consenso que, pese a sus tejemanejes, siempre acaba bien parado, incluso delante de sus “enemigos”. “Yo paso de ir”, dice la volátil Genghis Khan, dispuesta a arrasar hasta con la flor de Pascua si no se respetan sus deseos separatistas. 

Las Navidades son un periodo complicado ya de por sí. Tanto tiempo con la familia (o, simplemente, tiempo de algún tipo) era difícil de gestionar. Y, de hecho, aunque lo hayamos olvidado, normalmente hay muchos más titulares que hablan de que, al contrario de lo que pueda parecer, la “paz y la unidad” de los villancicos no se sientan a la mesa. Las parejas que tienen que decidir con quién cenan en Nochebuena y con quién en Nochevieja; las familias que se meten a valorar sus decisiones; las rencillas pasadas que afloran con el vino y la mala baba al son de las campanadas; la costumbre de sentarse a la mesa por obligación con gente que te cae mal solo porque compartís apellidos; el buenismo generalizado que hace que tengas que ponerle buena cara a tu cuñado. A todo eso se suman las matemáticas -y, seamos realistas, esa asignatura siempre ha sido un hueso- y una pandemia mundial en la que está muriendo gente. Mi mente peliculera me lleva inevitablemente hacia esa mítica escena final de “El bueno, el feo y el malo” como analogía perfecta de las conversaciones que tocarán el tema de cómo se organizan los grupos de las navidades. Aunque esperemos que todo acabe como el juego de las sillas: como mucho, con un moretón en el orgullo al ser uno de los que se caen de la convocatoria. 

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