Filosofías de la lentitud en el Buero

Coloquio posterior a la proyección de la película Los Lobos durante la jornada del sábado del Festival de Cine Lento. // Foto: Festival de Cine Lento

Por Juan Palomeque Torres.

El domingo pasado el Festival de Cine Lento de Guadalajara cumplió su décimo aniversario. Una edición importante a nivel simbólico y real para un festival que está en la búsqueda de su definitiva consolidación. Se trate de un festival, una empresa o un comercio, llegar a la décima edición o aniversario es un hito determinante para la vida del proyecto en cuestión, y en este caso se puede decir que el Festival de Cine Lento de Guadalajara afrontó el desafío con valentía, mudándose al Teatro Buero Vallejo para demostrar que no se achica ante los retos.

Sin duda, el plato fuerte del festival que de alguna manera da más sentido al evento es la gala de cortometrajes que cierra habitualmente el orden en que se desarrolla el festival. Aún así, se suelen programar diferentes actividades que añaden cierto toque experimental al evento y que, debido a las consabidas restricciones sanitarias, en esta edición tuvieron que descartarse. En esta edición no obstante al cartel se añadieron proyecciones de películas que ocuparon dos de las tres sesiones del festival, quizá con el propósito de buscar a un gran público mayoritario que no se adecúa al perfil más especializado del cinéfilo enterado y demandante de novedades que le sorprendan. Desde luego ese era el perfil de aficionado al cine que precisaba el visionado de las proyecciones que se fueron sucediendo a lo largo de unas dos horas y media durante la tarde del domingo en el festival de cortos. Producciones la mayoría sesudas incluso para el público especializado, los cortos de la gala abundaban en el ideario y mantenían coherencia con la filosofía que inspira la identidad de las iniciativas que dan vida a este proyecto: así se sucedieron cortos de temática feminista, ecologista, artística o política. Es cierto que sí hubo alguna pieza de un corte quizá más ligero, pero es entendible que la organización busque compatibilizar temáticas, y en cualquier caso entienden más de cine que un servidor, por lo que es muy posible por tanto que esos cortos que me parecieron más intrascendentes tuvieran ciertos detalles técnicos o narrativos que no pude captar.

También es digno de mención que haya una categoría para realizadores de la provincia para que la gente de Guadalajara pueda medirse en estas lides. No conozco a mucha gente de Guadalajara que esté emparentada de alguna u otra manera con el sector del audiovisual, pero me consta que todos los años han surgido propuestas decentes que compiten por el premio que el festival ofrece para esta categoría. De los dos cortos que compitieron en la sección local-provincial, es cierto que el corto que al final no ganó rimaba y cuadraba mejor con la temática del festival, casi se ajustaba a lo que podría entenderse como un «manifiesto audiovisual» de la ideología lenta, pero en cualquier caso el corto ganador quizá es cierto que supo ser más astuto al incorporar en su argumento a una cara conocida del cine, y seguramente esa fue la baza que supo jugar inteligentemente el ganador de la categoría Pablo Embid para alzarse con el Premio al Mejor Cortometraje de Guadalajara de la edición del festival de este año.

La organización del evento también estuvo más que correcta. Hay que entender que estas iniciativas parten del tejido asociativo de la ciudad y no pueden contar con grandes estructuras organizativas. A base de un trabajo que se apoya en buena medida en la colaboración voluntaria, el festival ha podido testar su capacidad de convocatoria en su décima edición en el espacio cultural más importante de Guadalajara, el Teatro Buero Vallejo. En este sentido, hay que agradecer la ayuda desinteresada de la gente que hace posible este festival sin más pretensiones que las de ver que en su ciudad hay espacios y encuentros que apuestan por el cine.

Finalmente cabe cerrar esta reflexión sobre el evento recapitulando cuáles son las claves de su avance. Se puede ser más devoto del cine experimental o no, más proclive al gusto mayoritario o no, pero lo que está claro es que este festival intenta congregar varios perfiles de públicos diferentes y trata de sacar al cine del encasillamiento en que vive dentro de las pantallas de televisión. En este sentido, la organización afronta valientemente la arriesgada empresa de cuestionar los hábitos dominantes del consumo de cine, y que este tipo de iniciativas puedan ayudar a que la gente se cuestione qué clase de cine consume en la televisión es digno de aplaudir. Por otro lado, este festival es un magnífico complemento al Fescigu, más institucionalizado y por tanto más rehén de los circuitos comerciales convencionales, y desde esta perspectiva, el Festival Lento tiene ante sí un enorme margen de crecimiento si continúa basando su fórmula en dar espacio y voz a narrativas cinematográficas alternativas. Por último, hay que insistir en que este Festival Lento es un evento que apuesta por el cine de manera independiente y este hecho transpira con vida propia en la identidad del festival, en los valores que defiende y en la participación desinteresada de los voluntarios que lo hacen posible. Este creo que es el valor diferencial del festival, y que continuara manteniendo esta apuesta sería una buena noticia para la cultura que se crea en Guadalajara.

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