Vejez, vermú y coronavirus

Por Patricia Biosca

No sé si es contagio generacional, los malditos algoritmos de Facebook o que mi generación es fruto de un baby boom de juntaletras/blogueros pedantes (entre los que me incluyo), pero de un tiempo a esta parte leo muchos artículos del tipo “indicios que te indican que ya eres viejo con 30”. Hoy mismo, hablando con una amiga, le decía que ya empezaba a apreciar la satisfacción tras una mañana de frenética limpieza, a semejanza de estos compendios de sabiduría barata y fugaz que proliferan en las redes sociales. Por eso me he sorprendido con mi propia sensación de sorpresa cuando he visto una noticia en la que el Ayuntamiento afirmaba que impedirá “a toda costa” los multitudinarios vermús de Nochebuena y Nochevieja. Páralo, Paul. ¿Alguien pensaba salir como antaño, en aquella época precovid en la que nos disfrazábamos con ridículos jerséis navideños y llegábamos “tarufas” a la cena? Creo que es cierto: me estoy haciendo mayor. 

En mi círculo de amistades no ha salido ni una vez el tema. En general, las preocupaciones van más por los derroteros acerca de con quién lograremos juntarnos en Navidad, de lo recomendable o no de ver a la familia, de hacerse una PCR antes de las fechas para estar tranquilos, de “autoconfinamientos” preventivos quince días antes, de quien ha cancelado cualquier tipo de celebración este año. No sé si es la edad, pero ni siquiera he oído un “por lo menos saldremos a tomar una caña en el vermú” -y les juro que mis amigos y yo somos muy fieles a este nuevo rito navideño-. Desconozco si todo esto es una burbuja fruto de la edad, una suerte de “algoritmo emocional” que nos hemos impuesto nosotros mismos o un boom de madurez repentina que nos ha dado incluso a aquellos que en un principio pensamos que la pandemia sería “como una gripe”. ¿Y si estoy en una burbuja y realmente hay mucha gente -jóvenes, viejos, mediana edad, treintañeros, cuarentones, veinteañeros, adolescentes, maduritos, abuelos, padres, hijos, nietos- que están pensando salir en tropel justo esos días? ¿Como si nada de esto hubiera pasado nunca, como si la pandemia mirara hacia otro lado dando un “crucis” durante unas horas?

Mientras le doy vueltas a todos estos pensamientos, de repente, suena el teléfono. El padre de un amigo acaba de fallecer. Aunque los médicos ya habían dicho que no se podía hacer nada, nadie se lo esperaba tan pronto. Yo solo le conocí en un alegre y despreocupado fin de semana, cuando ninguno sospechábamos del dramático giro que estaba a punto de pegar la vida, cuando no olíamos más allá del olor a madera y húmedo de su bodega, cuando una extraña sensación de eterna juventud nos poseía el cuerpo mientras charlábamos y reíamos rememorando anécdotas. Apenas 24 horas fueron tiempo más que suficiente para caer en la cuenta de que él y su familia son gente de una hospitalidad y generosidad gigantes. Abrieron de par en par sus puertas para acoger a una decena de, en su mayoría, totales desconocidos, solo porque su hijo había hecho de nuestro aval. Y toda esa familia, humilde en formas pero inmensamente rica en cariño, nos hizo sentir como en casa. Nos fuimos con la promesa de volver, y cumplimos nuestra palabra, aunque ninguno quisimos que fuera de esta forma. 

Cuando regreso a casa, veo la noticia de que en el fin de semana ha habido diez muertes por Covid-19 en Guadalajara. El capítulo que acabo de vivir, multiplicado por diez y sumando un virus que llegó de China para colonizar el mundo, lo que añade un eterno “y si…” de probabilidad de que nunca hubiera ocurrido -si bien todas las enfermedades cuentan en mayor o menor medida con este condicionante de culpabilidad, porque nadie quiere verse mecido simplemente a merced del destino-. Diez hogares que han recibido la noticia de la muerte de su ser querido apenas un mes antes de Navidad. Diez familias a las que les faltará alguien a la mesa estos días y los venideros de años posteriores. Desgraciadamente, la ecuación no termina ahí: el virus se acaba de llevar a otras nueve personas en lo que va de mes solo en la provincia. Con total y triste seguridad, más de 400 seres humanos (hasta la fecha son 399) serán solo recuerdo estas fiestas en las casas de Guadalajara, dejando atrás promesas de volverse a ver con sus seres queridos, de festejar con los amigos del pueblo, de estar cara a cara de nuevo con aquellos desconocidos de turno en eterna gratitud por un fin de semana inolvidable. 

El destino del padre de mi amigo no ha estado marcado por la arbitrariedad del coronavirus. Pero, ¿cuántos de esos diez fallecidos este fin de semana, de esos cuatro centenares de guadalajareños desde marzo, podrían haberse salvado con gestos tan pequeños como haber dejado pasar una caña, limitar un cumpleaños familiar o un simple lavado de manos? Ahora, nueve meses después de que empezara todo, sabiendo ya que no se trata de algo «como la gripe», se me hace ridículo pensar en alguien que ocupe su tiempo haciendo planes de fiestas, vermús o cotillones para los próximos días. Unas horas de “crucis” ficticio no pueden en la balanza con años rodeada de personas con las que cumplir el mayor número de promesas posibles. Puede que, ciertamente, me esté haciendo mayor. Bendita vejez, entonces. 

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