Je suis Araceli

Por Patricia Biosca

Eran las 9 de la mañana, pero las cámaras llevaban dos días haciendo guardia en su puerta, sin saber que ella era su objetivo. Seguramente ajena a todo el barullo que se creó después, Araceli firmó el consentimiento unos días antes para que la vacunasen de la covid-19, el monstruo final que hemos intentado pasarnos todo 2020. Como la habitante más mayor de la residencia de ancianos de Los Olmos, en Guadalajara (que no solo está en Jalisco, como cantaba Chema Abascal, aunque alguien del programa de Ana Rosa piense lo contrario), que habían dado su beneplácito para el pinchazo milagroso para unos, el chip de control a través del 5G para otros, ella sería la primera en recibirlo. Ella, que ha vivido una Guerra Civil, una posguerra, décadas de dictadura, la transición, la crisis del ladrillo y una pandemia, se ha erigido en ejemplo convirtiéndose en la primera española en evadir la enfermedad por métodos científicos. Pero, a pesar de todo, no ha podido evitar convertirse en meme. 

Araceli llegaba a su cita con paso lento, ayudada de su andador y de Mónica Tapias, la sanitaria que sería la segunda elegida para despertar del mundo Pandemiatrix. Sentada ya en la silla, acechada por un micrófono-pértiga atado con cinta aislante, la anciana de 96 años declaraba que había sentido los nervios minutos antes de llegar, pero que ya estaba más tranquila. Aguja, un poco de escozor e inmunidad. Araceli dejaba su puesto a Mónica, cuya sonrisa se podía intuir detrás de la mascarilla. Minutos después, las imágenes de ambas circulaban por todos los medios y redes sociales. Posiblemente, poco tiempo más tuvo que pasar para que los móviles de los dos hijos y los cuatro nietos de esta mujer pionera, que aunque nacida en Guadix (Granada), lleva 25 años empadronada en Guadalajara, se empezasen a llenar de mensajes. Al principio, serían de familiares, amigos y conocidos dando la enhorabuena. 

Después sería inevitable que se enteraran de que algunas personas que, al parecer, habían desayunado unas tostadas untadas con grasa de monologuista habían tenido a bien hacer toda clase de memes con la imagen de Araceli. Desde gente que la convierte en una suerte de Godzilla en manos del ordenador de Bill Gates a quien recrea una supuesta conversación de esta mujer con las enfermeras pidiendo que le pongan “el programa de Juan y medio en la televisión” (con faltas de ortografía, quiero pensar por desconocimiento de las reglas ortográficas del ingenioso tuitero y no porque dé por sentado que Araceli es analfabeta sin tener ni idea de su vida), sin que falte, por supuesto, su atuendo comunista o su cara en un montaje de una gimnasta. 

Al principio, yo también me reí (con algunos, porque ya saben de la subjetividad del humor). Pero luego pensé que, después del gesto altruista de una mujer que seguramente ha visto de todo y que pasa plácidamente sus últimos días en una residencia de ancianos (la única de titularidad íntegramente pública de Guadalajara, por cierto), entre todos la hemos convertido en un meme involuntario, con su nombre y su imagen circulando sin control en una guerra de egos por hacer el tuit más ingenioso, la imagen más “desternillante” (tal y como he visto en algún titular), la mofa más grande. A los que piensen que probablemente Araceli es ajena a todo esto, les pregunto: ¿Les gustaría estar en su lugar y que hicieran cientos de bromas con su foto, diciendo literalmente que “está cerrando orgías en Bélgica” o como clip de Microsoft Office? ¿Acaso también firmó todo este circo en el consentimiento esa señora de 96 años que se ha prestado a ser la primera en recibir la vacuna contra el coronavirus en toda España? ¿Qué pensarían si se tratase de su abuela? Y podría haber sido cualquiera, porque por leyes físicas y matemáticas tenía que haber sí o sí un primero o primera…

“Araceli ha conocido la dictadura de Primo de Rivera, la guerra del Rif, la caída de la monarquía, la crisis del 29, una república, tres años de guerra, cuarenta de dictadura, ETA, el GAL, la crisis del petróleo, la de Lehman Bros… Por fin este país le regala algo de paz”, escribía el periodista Iñaki López en un tuit con miles de interacciones. No sé si Iñaki y yo conocemos la misma acepción del término “paz”, pero me da que Araceli, sus hijos, sus nietos y posiblemente su bisnieto no tengan mucho de eso estas Navidades. 

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