El año que vivimos confinadamente

Por Sonsoles Fernández Day

Cada año que acaba, la FundéuRAE, Fundación del Español Urgente, elige la palabra más significativa. La palabra del año 2020 es confinamiento. No podía ser otra. Lo han definido como ‘aislamiento temporal y generalmente impuesto de una población, una persona o un grupo por razones de salud o de seguridad’. Al leerlo, nos llegan imágenes y sensaciones de nuestra propia experiencia. Miedo, incertidumbre, soledad, desconcierto y por qué no decirlo, cabreo. Espero que también les evoque recuerdos amables que les hagan sonreír.

A primeros de febrero escribí por primera vez sobre el coronavirus. Los 20.000 casos y 427 fallecidos de Wuhan habían hecho que la OMS lo declarase emergencia sanitaria internacional. La idea era que no saliera de China, se tenía localizado y controlado. El Ministerio de Sanidad aseguraba que ‘España está preparada para contener una hipotética epidemia y tratar adecuadamente a los pacientes’. Esto sí que evoca sensaciones. Diez meses después, las cifras de afectados a nivel mundial son incalculables. Reconozco que yo, como todos, también lo veía lejos. A mí lo que me llamó la atención fue que los chinos construyeron un hospital en diez días y el de Guadalajara lleva 12 años en obras. Ni siquiera han sido capaces de acabarlo este año, con la falta que hace.

A finales de febrero las mascarillas estaban agotadas en las farmacias y se vendían en el ‘mercado negro’ al precio que ahora pagamos un test. Fernando Simón empezaba a hacerse un hueco en los informativos, tranquilizando a la población, diciendo esa famosa frase de: ‘En general en España el riesgo va a ser bajo o muy bajo, y en alguna zona concreta puede ser alto.’ Simón, experto en emergencias.

En marzo llegó la Revolución del toilet paper. Madrid cerraba por 15 días colegios e institutos y un Emiliano García-Page, sospechosamente torpe al hablar, mantenía que suspender las clases generaría ‘inquietud’ en la ciudadanía. Y se generó. Las estanterías de los supermercados se vaciaron, especialmente la cerveza y el papel higiénico.

Entramos en el estado de alarma, el confinamiento puro y duro. Se cancelaban las celebraciones de Semana Santa. Fernando Simón ya es habitual en los informativos y sigue sin dar una. El drama en los hospitales aumenta cada día y los sanitarios se protegen con lo que pueden, incluso con bolsas de basura.

Las sucesivas prórrogas de confinamiento nos llevaron a los aplausos en el balcón y el ‘Resistiré’, que acabó siendo insufrible, al teletrabajo, al telegym y a las videollamadas. Lo que no se hacía en casa, se hacía online. Añoramos el calor de un abrazo y bebimos en soledad. Hacíamos cola en la puerta del supermercado y desinfectábamos la compra. En televisión, vídeos de happy families, el aplauso de las ocho convertido en festival y una serie de humor de confinados. Mientras, los sanitarios dándolo todo sin EPIS en los hospitales, y a mitad de abril, alcanzamos los 15.000 muertos. Padres, madres, abuelos y a veces jóvenes, morían solos. Siguen muriendo, desgraciadamente.

El final del estado de alarma llegó poco a poco, al ritmo del descenso de la curva, lo llamaron desescalada. En mayo y por Comunidades Autónomas nos iban liberando en Fases. Cada fase tenía sus horarios de paseo y de ejercicio, y distintas limitaciones de aforos en terrazas, locales y tiendas. Decían que era la nueva normalidad. Tuvieron que hacer cuadros y esquemas explicativos por regiones. Recordarlo también evoca sensaciones, y ruido de cacerolas.

Por fin el Gobierno decretaba diez días de luto en junio, cuando ya habíamos llegado a los 45.000 fallecidos. El nuevo eslogan motivador era ‘Saldremos más fuertes’, y se quedaron tan anchos, porque la crisis económica era ya un hecho y los sanitarios declaraban que no serían capaces de afrontar ni psíquica ni físicamente, un rebrote.

Con el fin de evitar aglomeraciones, las fiestas patronales de verano iban cayendo una a una hasta que se suspendieron las ferias de Guadalajara de septiembre. Decían que era imposible garantizar la seguridad. Y nos pareció lógico, aunque mucha gente que vive todo el año de los tres meses de verano se vio muy perjudicada.

No hemos salido de la pandemia, hemos salido con la pandemia’. Nos avisaron, pero vencieron las ganas de sentir la verdadera normalidad y falló el sentido común. Después de un verano extraño, limitado, pero liberador y especialmente relajado, llegaba como castigo el confinamiento perimetral. España, por zonas, empezaba a caer de fase de nuevo, porque repuntaban los contagios.

Al contrario de lo que se temía, no fue el comienzo de las clases lo que causaría la segunda ola.  Los profesores han hecho un gran trabajo y los niños nos dieron una lección de disciplina. Aun así, en la semana de Ferias no celebradas, el Ayuntamiento de Guadalajara decretaba medidas extraordinarias durante 14 días, que se prorrogarían sin más remedio a 28. Después de tres semanas sin fallecidos por Covid-19 en la provincia, volvíamos a tener casos. Consecuencia del relax veraniego general.

La segunda ola llegó en octubre, a lo loco, y lo llamaron transmisión descontrolada. Guadalajara salía en el mapa de los afectados, y ahí seguimos a día de hoy. Más de 250 casos por 100.000 habitantes se considera un alto riesgo de transmisión descontrolada. Ya les dije que he investigado mucho, pero no he conseguido encontrar el momento en el que la transmisión del bicho estuvo controlada, aunque Illa lo haya sugerido. El descontrol llevó al toque de queda, que los finolis quisieron llamar ‘restricción nocturna de la movilidad’, punto en el que aún nos encontramos, especialmente significativo en los días de fiesta.

En noviembre apareció la vacuna. El ministro de Sanidad confirmaba que llegarían aquí a primeros de año y la vacunación masiva sería en primavera. La euforia repentina volvió a relajar al personal. Con la Navidad en el punto de mira, cada Comunidad Autónoma tenía sus preferencias a la hora de limitar. Emiliano García-Page confiaba en que las normas fueran unificadas, ya que ‘las decisiones contradictorias marean a la ciudadanía’. Tenía razón Emiliano, así estuvimos todo diciembre, mareados.

Mareados y también, una vez más, relajados. El puente, las compras, las fiestas, la Navidad y la vacuna nos han distraído.  Revisando la incidencia acumulada, otro Covid-dato, en Castilla-La Mancha, Guadalajara y Toledo se mantienen en situación de riesgo extremo. Se habrán dado cuenta de que después de cada etapa de relajación viene una nueva ola. Quedan muchos meses para que la vacuna acabe, si acaba, con el SARS-Cov-2, o como le quieran llamar ahora al bicho. ¿Cuántas olas estamos dispuestos a aguantar? Se acabó el 2020 pero no se acabó la pandemia.

Aun así, para dejarles con sensación amable, disfrutemos, sin relajarnos, de despedir a este año tan raro. Me gusta esa frase que dice ‘Volveremos a abrazarnos’. Deseo para el 2021 abrazos para todos.

Salud, trabajo y abrazos. Feliz 2021.

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