La decepcionante película de la nieve

Por Patricia Biosca

Está dando un paseo por el campo. De lejos puede ver un prado enorme, verde, kilométrico, que se le antoja como un mullido colchón natural que le invita a revolcarse como un cochino en una cochiquera, pero sin oler mal (lo de las manchas es otro cantar, porque ya se sabe que el verdín se quita fatal). Con esa tentación amable delante de sus ojos, se decide a acercarse un poco más. Por el camino ya se imagina como un integrante más de la familia Ingalls, con sombrero de paja y con una sonrisa de oreja a oreja. O como la Blancanieves de Disney, comunicándose con los pájaros, las ardillas y los conejos con un canto celestial en medio de un prado perfecto. Pero, cuando finalmente llega, se da cuenta de que, en realidad, el suelo es, en su mayoría, marrón tierra; que el césped que se había imaginado tiene más calvas que el señor de la Lotería; y que la analogía del cerdo se puede cumplir con barro y todo, amén de que es posible que también se lo trague si mantiene esa sonrisa de bobo que ha ido elaborando por el camino. Y entonces es cuando la ilusión se torna en decepción. Decepción es la palabra. Y no es el único regalo “envenenado” de la naturaleza: lo mismo ocurre con la nieve, la misma que nos ha sepultado en agua congelada este fin de semana. Ahora llega el momento de elegir: pastilla azul, dejar de leer y seguir pensando en las bondades de la nieve; o pastilla roja, continuar el artículo y conocer el engaño que se esconde detrás de esos finos, delicados y, aparentemente inofensivos copos que caen del cielo. 

Para los que no vemos nevar muy a menudo, la nieve se ha instalado en nuestro imaginario como una estampa idílica de postal, impostada desde películas de Hollywood en la que la caída de esta sustancia es sinónimo de alegría, de paz, de tranquilidad, incluso de calidez, al lado de un buen fuego de chimenea, resguardados de todo mal. Parece casi como suave algodón, mullido, que arropa como los viejos colchones de lana de nuestras abuelas, adaptándose perfectamente a nuestra figura como un guante. Pero entonces, al igual que el tentador prado de antes, queremos experimentar, tocar. Sentir, en definitiva. Y cuando tomamos contacto, la nieve se deshace en líquida agua que humedece y congela nuestras entrañas, es fría y apenas sí podemos rozarla con los dedos al descubierto sin que se nos empiecen a congelar las extremidades con esa sensación de quemazón que produce el congelamiento. Decepción una vez más. ¿Y lo del mullido colchón? También engaño, porque puede que lo que aparentemente creemos que es nieve virgen se haya compactado por debajo en un bloque duro y para nada acogedor que ríete tú de los vídeos de caídas de skaters partiéndose la crisma en una barandilla. Sin contar con que ese bonito velo blanco lo mismo ha escondido piedras, puede que angulosas, que acechan a tu columna vertebral y cabeza mientras te tiras totalmente despreocupado encima, en un salto de fé hacia atrás, sin contar con la desgracia que tienes debajo. 

Al igual que el cine nos ha hecho aceptar otros comportamientos o situaciones que luego nada tienen que ver con la realidad, las pantallas nos devuelven siempre un ejemplo amable y blanco (en su acepción de que no contiene connotaciones ni denotaciones negativas) de la nieve. Un ejemplo: aunque en la famosa “Frozen” la protagonista tenía sentimientos encontrados hacia su superpoder helado, en pleno arrebato se monta un Empire State Building con hielo y decenas de dependencias en los que pernocta hasta que su hermana llega a hacerla entrar en razón. Durante los días que pasa allí, ¿acaso duerme sobre una cama helada? ¿Cómo cocina esa mujer, con nitrógeno líquido? Sin contar con que acaba congelando a su hermana muggle, si bien le acaba salvando la vida al calor de su amor a pesar de que seguramente en la vida real ella estaría al nivel de los mamuts preservados en permafrost: con una piel muy tersa, sí; pero cadáver. Y eso no habrá sido impedimento para que muchos niños hayan pensado estos días que podían ser el Spiderman del hielo. Y no solo los niños. Detrás de los millones de imágenes que han visto -o incluso se han hecho ustedes mismos- con el líquido elemento hecho pequeñas cuchillas fractales, detrás de esas sonrisas impertérritas de infinita felicidad impostada subidas a las redes sociales, hay muchos “venga, date prisa, que me congelo”, “joder, qué frío hace”, “una foto y nos vamos a casa” y, después, un “he debido de coger frío” con consiguiente gripazo horas más tarde. Cuanto menos, las películas se olvidan de que la nieve es incómoda y la disfrazan a sabiendas de una confortabilidad inventada que nunca poseyó ni poseerá.

Y este es solo el primer nivel, pero qué les voy a contar de la gracia de quedarse atrapado durante horas en la carretera, de que se partan árboles con el peso acumulado de estos blancos copos (y que se puedan caer en coches, infraestructuras o cabezas), de establecimientos cerrados, transporte público (incluso aeropuertos) parado o de pueblos enteros incomunicados durante días a los que les tienen que llevar la comida por helicóptero. Toda Guadalajara lo ha vivido este fin de semana en primera persona. Pero esto solo es el principio: después de las estampas nevadas llega el hielo, el “Grand Prix del invierno” en las aceras y su modalidad motorizada y aún más peligrosa por las calles. Eso solo sale en las películas de risa, pero cuando le pasa a uno en sus carnes no tiene tanta gracia. 

No me malinterpreten: entiendo la belleza de la nieve (mi patología rozando el asperger no llega tan lejos) e incluso a veces la comparto. Pero prefiero acercarme a la montaña bajo mi cuenta y riesgo a verla en su “hábitat natural”, sabiendo la desilusión y su “falsedad” de antemano, sin el peligro de tenerla al lado de casa por toneladas solo por el gusto de verla por la ventana y sin necesitar lidiar con sus restos marrones mezclados con la porquería del suelo cuando me disponga a salir de mi calentito (de verdad) “castillo” con colchón de látex y mi cocina de inducción. ¿No sería todo más fácil si la nieve fuese producto de un ser artificial con tijeras en vez de manos que le da por esculpir el hielo de vez en cuando para ligarse a una chica? Mierda, otra vez Disney lavándome el cerebro…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .