Después de la tormenta

«Creo que tod@s llevamos unos días complicados en una situación que por mucho que nos decían, no nos creíamos que llegaría. Y que llegó peor de lo que pensábamos. Pero es de bien nacido ser agradecido. En primer lugar, gracias porque fuisteis los primeros ante todo este caos, a la Policía Local, Policía Nacional, Guardia Civil, Bomberos, sanitarios, ambulancias, Protección Civil, SOS 4×4, agricultores, conductores y empresas de Bulldozer, retroescavadoras, autoniveladoras, quitanieves y ayuntamientos. Por ayudar, por estar ahí, por intentar que pudiéramos funcionar, movernos, conducir y socorrer. Por horas sin descanso y perdonadme si me olvido de alguien. A todos, gracias. Llegó el ejercito, que es verdad que viene de maravilla y estamos agradecidos, pero todos vosotros fuisteis los primeros y eso, NO SE OLVIDA. GRACIAS». Eva Martínez. Facebook.

Por Gloria Magro.

Después de la tormenta dicen que viene la calma. Quien inventó semejante sandez debería de haber pasado con nosotros la semanita que llevamos sufrida en Guadalajara. Después de Filomena en vez de calma y sosiego lo que ha llegado es una semana ártica y un colapso épico que aún nos tiene sepultados en toneladas de nieve y hielo. A siete días vista, la ciudad continúa convertida en una estación de esquí a gran escala por arte y gracia de un fenómeno atmosférico de proporciones nunca vistas y cuyos efectos a corto plazo no parecen tener fin.

Una mirada a nuestro alrededor basta para ver que compartimos solidariamente las consecuencias de la maldita Filomena con toda la zona centro, aunque pensar que en la ciudad de Madrid están igual o peor que nosotros no sea consuelo. Al menos en Guadalajara tenemos al Ejército de Tierra ayudando a despejar las calles, mientras que en la capital de España han de conformarse con las brigadas de Protección Civil de Murcia. En ambas ciudades hay faena para largo, tajo a mansalva. Hay quien reclamaba estos días un alojamiento cinco estrellas para el batallón que trabaja despejando con eficacia militar nuestras calles, como si vinieran a un balneario a descansar. O como si el Ejército Español no se desplazase provisto de sus propias infraestructuras. Están de servicio y sin duda agradecen un acomodo decente, en un polideportivo o similar, pero igual se instalarían en un aparcamiento de ser necesario. Es lo que tiene la profesionalidad y la experiencia en situaciones mucho más adversas que las actuales. Pensar otra cosa de nuestros soldados es minusvalorarlos.

Con la ciudad aún llena de nieve por doquier, de poco sirve lamentarse a estas alturas de lo que se podría haber hecho o de lo que no se hizo. Nadie ha salido mejor parado que nosotros, ni nadie puede darnos lecciones de gestión ante Filomena. Lo único cierto es que estábamos todos avisados. Los ciudadanos, los primeros, y aún así Guadalajara el viernes de la semana pasada fue un caos de coches atrapados y gente que no podía volver a casa con seguridad.

¿Cómo permitimos que ocurriera algo así si estábamos más que advertidos? ¿Porqué no cesó por decreto toda actividad el viernes? En situación de Estado de Alarma, medio confinados, con el Covid danzando impune entre nosotros… ¿porqué no nos quedamos todos en casa esa tarde? Nadie tiene la respuesta. La responsabilidad individual, de las empresas, de los trabajadores protegiendo su propia integridad personal es una quimera. Se puede entender que el transporte público siguiera funcionando hasta el último momento, hasta quedar atrapados los autobuses en la nieve, prestando un servicio mas que esencial, pero, ¿y el resto? Tal vez pensamos que no se cumpliría la previsión, que la predicción sería fallida, exagerada… aunque las imágenes de Ciudad Real o Albacete, por donde ya le habían visto la cara a Filomena, eran bastante elocuentes y alarmantes. Y sin embargo, la tormenta nos cayó encima como una maldición bíblica, a plomo. Las calles estaban llenas de sal y todos los avisos dados, pero la gigantesca nevada pudo con todo y con todos. Y después el desplome de las temperaturas hizo el resto.

En la provincia el dispositivo de la Diputación Provincial llevaba esparciendo sal desde finales de diciembre. Y también limpiando carreteras: miles de kilómetros antes de que finalizara el año, un despliegue de medios nunca antes visto. Con más de mil pueblos y una orografía complicada, la coordinación entre administraciones -por primera vez todas aunando recursos-, ha sido fundamental para intentar atender a la capital y además llegar a todos las localidades de la provincia. ¿Ha sido suficiente? ¿Ha habido bastantes medios? Seguramente no, nada es bastante ante una situación tan inusual y desbordante. Los medios son finitos, como es de imaginar. Guadalajara no es Suiza, ni la capital Davos o Garmisch. Nevó más aquí el fin de semana pasado que en Polonia esos mismos días. Y esta semana las temperaturas se han desplomado en la ciudad por debajo de las que han tenido en Helsinki. Solo que en esos lugares eso es lo habitual cada invierno y aquí una circunstancia extraordinariamente fortuita.

Molina de Aragón -provincia de Teruel, según nos han hecho saber algunos programas de televisión, localidad manchega según otros- ha registrado mínimas de 25 grados bajo cero; hasta 29 hemos visto en las redes que marcaban algunos termómetros. No es una situación anómala en «el triángulo de hielo», el epicentro del frío en España, como lo han llamado los medios de comunicación nacionales. En los libros de Geografía de EGB de los años 80 decía que en 1874 nevó allí un 15 de agosto. En Guadalajara, con la ciudad aún bajo una espesa capa de nieve, solo queda estirar un poco más la paciencia. La previsión es que continuemos estas próximas noches bajo el punto de congelación, al menos hasta el miércoles, aunque los días ya dan un respiro. Después vendrá la lluvia y según se las gasta este inicio de 2021, habrá que guardar las palas y pensar en sacar las canoas.

Tras encadenar una larga serie de inviernos templados, este episodio ártico ha sido una sorpresa inesperada. En Guadalajara se recuerdan inviernos crudos y tormentas de nieve equiparables a la de estos días pero para eso hay que remontarse bastante en el tiempo. Pone las fechas en el calendario de la memoria María Teresa Yela. La de la imagen que ilustra estas líneas corresponde al 12 de enero de 1942, en plena posguerra. Son la madre, la tía y los vecinos de María Teresa de la calle Boixareu Rivera, 80, su domicilio familiar. Se les ve felices, encantados con la nieve. Probablemente la fotografía esté tomada allí mismo, en el parque de La Concordia. Cuenta esta antigua empleada ya jubilada y que publica maravillosas reseñas en Facebook sobre Guadalajara y su historia -aunque todavía no hemos conseguido comprometerle una colaboración para El Hexágono– que nevó copiosamente en el invierno de 1963, en diciembre de 1970 y también en 1977, aunque la más abundante fue la nevada de 1981. Y a modo de curiosidad, nevó el día de San Isidro de 1984, en pleno mes de mayo. «Sobre la última nevada de estas características que yo recuerdo -dice– fue la del 9 de enero de 1981. Recuerdo que para ir a trabajar me tuvo que llevar mi marido en coche porque no se podía caminar. Y aún así, le costó muchísimo porque el coche derrapaba. Yo ya vivía entonces en la calle Felipe Solano y trabajaba en las oficinas de Telefónica que en aquellas fechas se encontraba en Rufino Blanco. En esa cuesta ya nos encontramos con coches cruzados por el hielo. Fue una nevada memorable». Como lo fue la última hasta la fecha, la del 9 de enero de 2009, cuando un cambio súbito en el rumbo de una tormenta sin nombre dejó la ciudad sumida en hielo durante una semana entera. Ese día Guadalajara amaneció blanca y sin ningún dispositivo preparado, pillando al Ayuntamiento por sorpresa, al igual que a los vecinos. Y ya nada se pudo hacer para paliar la situación. Las aceras se convirtieron en auténticas trampas mortales, intransitables y los traumatólogos del hospital tuvieron que doblar turno. Ahora ha sucedido algo similar, una avalancha de extremidades fracturadas, de caderas rotas.

Las redes sociales se han revelado en esta crisis climática -así la ha denominado el meteorólogo Jacob Petrus-, como un medio de comunicación sumamente eficaz. Y aún así, de poco ha servido. No vivimos en una isla del Caribe, la sierra está a pocos kilómetros, a nuestro alcance cada invierno. Pese a las advertencias claras y reiterativas, no se entiende esa necesidad imperiosa de lanzarnos a la calle en tropel cuando más peligroso era aventurarse fuera, como si la ciudad fueran las pistas de esquí de Navacerrada. O más bien Los Alpes, visto el frenesí por disfrutar de cualquier cuesta o elevación. En la mota sobre el río Henares las cintas de prohibido el paso instaladas por la policía municipal no han servido como elemento disuasorio, y eso que era evidente el peligro que suponen los árboles cargados de nieve, tronchados por toda la ciudad.

Al igual que hicieron un seguimiento puntual de cada minuto de la tormenta, las redes sociales han registrado cada movimiento ciudadano. La «policía de balcón«, como lo denominó en un grupo local una usuaria, Gabriela Novo. En otros, se han usado para fomentar la colaboración de los vecinos. Sin su esfuerzo y el trabajo realizado a base de pala, cuando se disponía de una, despejando aceras e intentando hacer mínimamente transitables muchas pequeñas calles y accesos a vías principales con medios más que rudimentarios, la situación a día de hoy aún sería más complicada. También han servido las redes para visibilizar el trabajo de las distintas administraciones y el servicio que han prestado los operarios del dispositivo puesto en marcha estos días. Solo la Diputación con medios propios ha limpiado 1600 kilómetros de la red provincial de carreteras y permitido el tráfico en toda la red ya a mediados de semana, además de apoyar a la ciudad. En Facebook, se pedía también un «reconocimiento público para quienes están estos días trabajando para que el resto de los ciudadanos podamos seguir de la mejor manera posible nuestra vida. Y que se haga de manera nominativa y se haga referencia a todos los que están en ella», en palabras de Miguel Arnau, un vecino que también quería que se tuviera en cuenta el trabajo de los agricultores.

A una semana vista, el balance de lo sucedido es en cierto modo descorazonador en cuanto a desperfectos, cubiertas derruidas, daños a valorar y tal vez lo más evidente e irrecuperable: la pérdida de masa arbórea, de ejemplares valiosos por toda la ciudad. Pero para compensar y sacar algo positivo de todo este episodio, también hemos vivido momento de solidaridad vecinal que no son cuantificables en cifras y que deberían de hacernos estar orgullosos de nosotros mismos. Ahora el Ayuntamiento estudia solicitar la declaración de zona catastrófica y muchos vecinos no hemos recuperado aún el suministro de agua y soñamos con un lanzallamas que descongele de una vez las tuberías mientras peleamos con contadores helados. Eso de Año de nieves, año de bienes, es hoy una broma pesada.

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