El Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas

Por Patricia Biosca

El Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas se produce cuando una persona sufre alteraciones del espacio-tiempo: quienes lo padecen afirman ver los objetos más grandes o pequeños de lo habitual y el tiempo parece pasar de forma extraña. Yo, con mi habitual hipocondría, creo que he podido contagiarme con este síndrome, pues llevo viéndome el flequillo inusualmente largo (pretijeretazo) o terriblemente corto (postijeretazo) desde marzo, amén de que me vida se mide en fases de pandemia, en tumultuosos oleajes que mantienen mi cabeza a la deriva, sin poder centrarse en un destino cada vez más incierto. Y como los personajes de Lewis Carroll, como cada capítulo es si cabe más surrealista que el anterior, todos vagamos entre el sentimiento de Reina de Corazones, pensando “¡Que le corten la cabeza!” a quien sea a ratos y la actitud expectante de la Oruga Azul, expulsando humo mientras pasa el incierto tiempo y se produce la increíble transformación.

Ahora estamos en una nueva aventura por los lares del confinamiento, pero está cerrado hasta el chiringuito del Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo (para que luego digan del afán premonitorio de los Simpson sin reparar en el de Carroll). Y ni el gato Cheshire tiene justificante para saltarse el toque de queda de las diez, porque es autónomo y, además, no puede guiar con sus adivinanzas a ningún turista (porque no hay) por los intrincados caminos pandémicos. Tan solo el Conejo Blanco puede seguir con su función, que es la de dar el parte cada día, como un reloj, pero sin minutos ni horas, solo con infectados y muertos. 

Las lágrimas después de tanto lloro nos ahogan, como a la Alicia antes gigante, ahora enana, que lucha por salir a flote entre tanta información asfixiante. Los panecillos mágicos de las vacunas parecía que nos iban a dar un respiro pero, como el dinero que todo lo mueve en el sistema del alocado capitalismo, no llega por igual a todos. Mientras, los políticos se afanan en pintar las cartas con el color que les toca, sin atender a lo que realmente está sucediendo: una locura por doquier en la que estamos encerrados en el planeta Tierra (aunque a veces parezca otro mundo distinto). 

Y con estas divagaciones llego al síndrome de Cotard, en el que los afectados piensan que son parte de una realidad que no se corresponde con el resto de personas u objetos, incluso piensan que están muertos. Que sus órganos desaparecen, o que ellos mismos ya no existen. “Papá, ¿tú crees que ya perdí la cabeza?”, le pregunta Alicia a su padre. “Me temo que sí, que te has vuelto loca, demente, chiflada…”, le contesta él justo antes de quedarse dormida. “Pero te diré un secreto: las mejores personas lo están…”. Yo ya no sé si creerlo o darme por vencida.  

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