Adiós, Chernóbil

Por Patricia Biosca

Aunque suene a topicazo, hay sitios que no son tu hogar en los que te sientes como en casa. Lugares en los que careces de esa intranquilidad de sentarte en el lugar menos apropiado, de decir una palabra fuera de lugar y que nadie te entienda; la angustia de hacerte pis y no saber dónde están los baños. Una vez que pasas por la puerta y tienes controlados todos estos elementos, amén de que sepan tu nombre, te sientes tranquilo, confiado. Pasa en el dentista (aunque hay que visitarlo muchas veces y de forma amable para que ocurra, lo admiro), en la carnicería (aunque aquí nuestra visita sea tan corta que no haga falta ir al excusado la mayoría de veces), en casa de una amiga muy cercana (donde abres y rebuscas entre sus estantes sin ningún tipo de vergüenza. Incluso puedes hacer aguas mayores como en tu propia casa). Y sobre todo en el bar. Y así es como me hacía sentir el Chernóbil. 

Escribo en pasado porque no voy desde verano. Creo que desde aquella primera toma de contacto tras el primer confinamiento en el que ninguno sabíamos muy bien cómo comportarnos. En ese momento en el que ningún sitio era seguro e incluso había peligro en nuestra propia casa. Fue aquel día cuando olvidamos por un momento todo lo que nos había ocurrido, las penas, el miedo a sacar la basura. Solo con la vitamina de varios tercios por dos euros y medio y caras conocidas. No se podía bailar, pero la comodidad de volver a aposentarse sobre aquellas banquetas con respaldo y apoyo para los pies (los bajitos siempre agradecimos no tener que pasar la vergüenza de que nuestras extremidades inferiores nos colgaran como a colegiales), solo con mover la cabeza y el brazo era más que suficiente para rememorar aquella cálida sensación. Fue una gran noche, como tantas y tantas otras que pasamos allí. Pero ni se me ocurrió pensar que sería la última. 

El “Cherno”, tal y como le llamamos los asiduos, dice adiós. Nada de dardos, nada de futbolín, nada de dar la brasa para que te pongan la canción que quieres. Nada de hacer corrillos para bailar en plan verbena de jubilados de pueblo. Nada de hacer comenting en la barra reconstruyendo que ocurrió el día anterior a primera hora de resaca. Nada de empezar o acabar (o empezar y acabar) en el reino de la diversión por el que alguna vez bajamos las escaleras emulando a Norma Duval de vedette después de fumar como Sara Montiel en las escaleras de fuera. Nada de dejar cubatas a deber o de socializar fumando en la puerta con lo más variopinto que confluía en aquella cuesta por la que lo mismo bajaba un carrito de la compra que un Seat Ibiza despistado. No más monólogos, no más conciertos, no más fiestas con charanga, no más ir solo para ver a quién te encontrabas, no más charlas infinitas con todo aquel que quisiera escuchar. Bardales será un sitio un poco más triste y, como dice “Chismorreador Enmascarado”, “cogerle el ritmo a los escalones del Horno de san Gil va a ser todavía más complicado ahora, mientras se mantenga la ausencia”. 

Las imágenes en Wuhan de macrofiestas en la era postcovid (previo PCR negativo) nos indican que, algún día, volveremos a la normalidad normal de antes (o algo parecido disfrazado con mascarillas y regado de gel hidroalcohólico) y que volveremos a salir un sábado sin más toque de queda que la hora en el que se vaya el último que aguante en pie. La pregunta que ahora me empequeñece un poco el corazón es “¿en cuáles nos sentiremos como en casa nada más llegar?” Solo espero al menos reconocer el paisaje de Bardales, sobre esos adoquines que tanto te podían llevar a Oz como a Silent Hill si tan solo te dejabas guiar por los compases que salían de detrás de sus puertas. Bardales es un sitio un poco más triste, sin lugar dudas. Y eso que ya estaba medio sollozando.

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