Relaciones efímeras de fatiga pandémica

Por Patricia Biosca

“María, yo es que si no salgo todos los días por lo menos a dar un paseo, me va a dar algo”, escuché decir el otro día a unas vecinas seguramente ya en edad de jubilación mientras charlaban al calor del portal. No se trataba de una conversación típica de señoras que tienen achaques y se quejan, qué va. De lo que hablaban estas mujeres es un problema intergeneracional, aunque esperemos, puntual en el tiempo, que los expertos llaman “fatiga pandémica”. Cuenten la cantidad de veces que han escuchado diálogos de esta índole. Es probable que usted mismo lo haya comentado. Yo, desde luego, sí. La gran mayoría conocemos los peligros de que campe a sus anchas el virus SARS-CoV-2 y las consecuencias de relajarnos. Pero es inevitable sentir hartura a niveles estratosféricos, por muy concienciados que sigamos. 

De un tiempo a esta parte a todos nos pesan los bolsillos, nos cala más la lluvia aunque la veamos desde la ventana, nos angustian los cielos grises desde el otro lado del cristal. Y la cosa no se pone mejor cuando pega el sol y calienta Lorenzo, pues la imposibilidad de planes y el toque de queda nos constriñen casi como el desamor adolescente, con ese dolor de vísceras que no sabes muy bien de dónde viene, pero que es agudo y oprime en la barriga y en el pecho. Como una resaca interminable que no termina de pasar, con el pesimismo y la desazón químicas y típicas que atacan al cerebro. 

Por eso, este fin de semana, el primero de la desescalada de la tercera ola, ha sido como un adelanto de la primavera. Como el primer día de vacaciones, cuando lo coges con tantas ganas que puedes firmar, sin quererlo, una hipoteca que te va a costar pagar. Yo fui la primera que quedé con la intención de estrenar terraza. Cuando salí, pude ver una calle con más gente de lo que acostumbran estos últimos tiempos. Y entonces la alegría se tornó en un poco de miedo. Y el temor aumentó cuando en la puerta de un bar (fuera incluso de los dominios de la terraza), vi a mucha gente agolpada sin orden, concierto ni mascarillas. 

Del interior del bar salió el dueño, que tuvo que rechazar a un cliente porque no cabía por aforo. Fugazmente se paraba con nosotros y nos comentaba que el famoso código QR era un poco condena: si se detecta un positivo, automáticamente le cierran el bar. Si ese positivo ha estado en cinco bares de vermú, cinco bares cerrarán. Después nos enteramos de que en realidad se pueden dar datos falsos y obtener el preciado código que nos da acceso a una caña. De repente, salta una notificación en mi móvil: “Tu aplicación COVID Radar no funciona correctamente”. Llevo leyendo el mismo mensaje desde que me la instalé en septiembre y ni con Windows 7 tuve tantos problemas. La ironía se dibuja sin querer en mi cara, porque con la fatiga pandémica lo de llorar ya me ha dejado tan seca que voy menos a hacer pis que nunca. Y, además, una es más de llorar en plan panda solitario y dramático en la ducha. 

“Esto parecen las ferias”, acerté a decir a mi compañía, que me daba la razón y me disuadía para ir a la terraza que tanto anhelamos. “Seguramente esté llena de gente”, convenimos. Al final acabamos bebiendo una cerveza en un banco, cuestión que no me queda claro del todo si es legal o no. Como nos acechaba el toque de queda, al final tuvimos que hacer una especie de hidalgo improvisado que a mí particularmente se me subió un poco a la cabeza. Iba “piripi”, que diría mi madre. 

El regusto de aquel trago y el envalentonamiento momentáneo me hicieron caer en la trampa de las videollamadas, el único momento de socialización posible para aquellos que los horarios del teletrabajo nos condenan a estar en casa todo el santo día. Al día siguiente me despierto con un ligero dolor de cabeza. Creo que me voy a hacer amiga de María y la vecina. Aunque sea de esas amistades efímeras de ferias con las que no te saludas el resto del año. Relaciones efímeras de fatiga pandémica. No es mal nombre para una canción. 

1 comentario en “Relaciones efímeras de fatiga pandémica

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