El duelo, los abrazos perdidos

Por Gloria Magro.

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Aún recuerdo la profunda impresión que nos produjo el fallecimiento por COVID de la primera persona cercana. Pronto hará un año. La enfermedad, imprevista y desconocida, les sorprendió implacable. A él le llevaron a hospital, ella aguantó en casa. Dos días después llegó la noticia, la desolación y el desconsuelo. No hubo velatorio posible, ni pésame o acompañamiento. El entierro fue en la más estricta intimidad por imposición legal y la familia aún hoy arrastra la soledad inasumible de aquellos días. Como ellos, los allegados de los fallecidos en este último año padecen las secuelas de la ausencia de la despedida y de un duelo público y compartido.

El duelo es el proceso de adaptación emocional que sigue a cualquier pérdida. Cuando se trata de la muerte de un ser querido va asociado al sufrimiento y a una aflicción profunda y prolongada. Son sentimientos que socializamos al compartirlos con nuestro entorno, un uso cultural que asumimos como necesario para afrontar la pérdida y que nos ayuda a asumir la ausencia. ¿Pero qué ocurre cuando no existe ese círculo personal? ¿Cuándo el contexto extraordinario trastoca repentinamente los ritos sociales que tenemos tan interiorizados?

“Me es muy difícil hablar de mi madre sin sentir una fuerte opresión en el pecho, hace ya casi un año y aún no cesa…”, cuenta Susana Núñez. “Hoy hubiera sido su cumpleaños- prosigue la hija de una de las primeras víctimas del COVID en la residencia de Los Olmos-, me ha llamado su hermana, algunas amigas también lo han recordado… Parece que fue ayer cuando íbamos a verla y la sacábamos a tomar café. Con esto de la pandemia el tiempo ha pasado, si, pero en nuestro corazón parece todo un mal sueño, no parece real. Paso por la puerta de la residencia todos los días y me parece estar viéndola en el jardín. Quizá me aferro así a su última imagen. No pude despedirme, no la vi sedada, no tuve que pasar por eso. Quizá por eso mismo es como si no se hubiera ido, como si no fuera verdad. No puedo hablar de ella sin llorar. Si cocino, si paseo, si voy de compras: todo me la recuerda”.

La alteración de ritos que creíamos inmutables complica situaciones ya por si mismas penosas y difíciles de asumir. Mari Carmen C. sigue llorando cada vez que recuerda a su marido. La última vez que le vio con vida fue cuando le trasladaron al hospital, después de varios días con problemas respiratorios. Aún se pregunta si estuvo cerca de él en esos últimos momentos cuando también a ella la ingresaron: tal vez compartieron planta, tal vez le tuvo cerca sin saberlo… No hay respuestas ni consuelo y a punto de cumplirse el primer aniversario de aquellos días nefastos sigue atrincherada en el dolor. No pudo despedirse, no hubo velatorio y no termina de creerse que él ya no volverá. Como ella, otras muchas familias comparten sentimientos parecidos derivados de las consecuencias de la falta de recursos para afrontar una pérdida sin el consuelo físico de familiares y amigos. Nadie nos ha preparado para enfrentarnos a la muerte en soledad, emocionalmente nos adentramos en un proceso desconocido.

La cultura es una mezcla de creencias, valores, comportamientos, tradiciones y rituales que comparten los miembros de un grupo, de una sociedad. Cada cultura tiene sus propios rituales que llegada la muerte se plasman en la expresión del duelo. Realizar estas prácticas brinda un sentido de estabilidad y seguridad. Los rituales pueden ayudar a las personas que están muriendo y brindar consuelo a los seres amados que se están preparando para la pérdida. En las sociedades donde la mayoría de las personas comparten la misma religión, las creencias religiosas pueden moldear los ritos mortuorios, así como las ideas respecto al sentido de la vida y lo que sucede después de la muerte. La fe facilita el tránsito posterior hasta llegar a la superación de la pérdida y las creencias sobre el sentido de la muerte ayudan a las personas a comprenderla y afrontarla para sí mismos, llegado el momento, y también para los demás. Y aún así, cuando todo el proceso se altera, como sucede en la actualidad, la fe puede dejar de ser un ancla: en muchos casos se pierde como referencia, de modo que la realidad inmediata ante la ausencia se nos presenta inestable e insegura.

Las cinco etapas del duelo fueron formuladas por la psiquiatra y escritora suizo-estadounidense, Elisabeth Kübler Ross, pionera de la Tanatología y una de las mayores expertas mundiales en la muerte y los cuidados paliativos. Ella fue la primera en mencionar que en el proceso de duelo se pasa indistintamente por la negación, la ira, la negociación y la depresión, hasta finalmente lograr la aceptación. Los psicólogos estipulan que un año es un plazo razonable para llevarlo a cabo y que si nos estacionamos indefinidamente en una de estas etapas sería aconsejable buscar ayuda profesional.

Sin embargo, en los tiempos de la pandemia establecer plazos e intentar adecuar los sentimientos a una serie de estados sucesivos resulta poco útil. En unos años surgirán estudios, tesis y estadísticas que den respuesta a nuestras preguntas pero a día de hoy tenemos que convivir con el dolor y la pérdida sin saber muy bien a qué atenernos o que códigos seguir. Tal vez esta situación lleve aparejados cambios culturales que perdurarán tras el COVID, en línea con la evolución de las costumbres. “Los padres nunca deberían tener que despedirse de sus hijos, mis padres lo hicieron con dos hijos y nunca lo superaron. No recibimos educación post-mortem. Con frecuencia es tema tabú pero nada más lejos de la realidad”, reflexiona Belén Azuara después de perder estos últimos años a sus padres y a dos hermanos. “Deberíamos replantearnos si es necesario el proceso de velar el cuerpo. Yo lo veo innecesario. Detesto los tanatorios. Mis padres y yo lo pasamos tan mal en el tanatorio de mi hermano Javi que decidimos donar el cuerpo a la ciencia. Nunca les estaré tan agradecida el dolor que me ahorraron al no tener que velar sus cuerpos. Hace años se contrataban plañideras… seguro que los tanatorios pasarán a ser historia“, explica.

Cambios estructurales y tal vez un cambio de paradigma. Una buena amiga perdió a su madre hace algunas semanas. El cáncer se la arrebató antes de Nochebuena y la familia optó por el recogimiento y la intimidad, así como por la ausencia de velatorio y de ritos en una decisión consciente y meditada. Con la pandemia omnipresente, decidir no socializar la pena ya no es percibido como una excentricidad, sino mas bien como una adaptación a las circunstancias. Eliminar el contacto personal en esos duros momentos es una concesión aceptable al contexto actual y posponer celebraciones litúrgicas y conmemoraciones está más que justificado ante el peligro de contagio. En otros, el contacto personal hubiera sido el anhelo personal de aquellas familias a las que la pandemia ha privado de esa posibilidad.

Mi madre murió en el hospital sin posibilidad de que la acompañáramos ni un momento desde que ingresó –explica Javier del Monte. Los médicos nos llamaban, el personal sanitario fue muy amable y se lo agradezco; soy consciente de que todos estaban desbordados pues añadían a su labor tareas de cuidados que en condiciones normales realizan acompañantes. Pero los últimos días no tuvimos la oportunidad de comunicarnos directamente desde el momento en que ella no se vio capaz de tomar su móvil. Creo que unos mínimos cuidados al final de la vida deben priorizar el encuentro familiar y despedida si es deseo de la persona. Tenemos la tecnología, solo faltaba quien tomara el aparato, contestara la llamada, dirigiera la cámara para vernos… Bastan unos minutos para expresar sus sentimientos en ese momento crucial, para decirnos lo mucho que nos queremos. En definitiva, es la “muerte digna”, la “buena muerte” que cualquiera desea, y a la que nos gustaría tener derecho“.

Dicen los psicólogos que el contacto con la muerte ayuda a las personas a salir de si mismas, a tener mayor disposición hacia los demás, disfrutar más de las cosas pequeñas de la vida y en definitiva, a ser más sensibles y solidarias con el dolor de los demás. El duelo inevitablemente transforma; no se puede pretender volver a ser otra vez la misma persona si sentimos que una parte de nosotros se ha ido. Y aún así, con el tiempo se madura, se crece y se pueden restaurar los valores anteriores. Después de la pérdida de un ser amado el mundo se descompone y hay que volver a unir esas piezas de alguna manera para continuar nuestro camino. “Mi abuela, Petra Fernández, estaba llena de vida cuando el COVID se la llevó -explica su nieta, Micaela– . No tuvimos la oportunidad de decirle adiós. Trabajó y luchó toda su vida: el 1 de febrero hubiera cumplido 80 años… Mi abuela nos enseñó a ser mejores personas. Ha pasado casi un año y seguimos rotos por su partida. Sigue viva en nuestros corazones”.

La ausencia de una despedida, de un duelo publico y compartido genera consecuencias con las que resulta difícil convivir y que el paso del tiempo no parece mitigar. No sabemos cuanto durará aún esta situación excepcional en la que estamos inmersos, ni tampoco si dejará huella en nuestros hábitos culturales y si alguno de estos nuevos rituales pervivirá a la pandemia. En cualquier caso, los abrazos perdidos nos pesan. La carencia de una despedida formal y un adiós compartido con familiares y amigos se asociará durante mucho tiempo a esta época aciaga que nos ha tocado vivir.

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