De mujeres y brujas

Por Celia Iglesias

Las mujeres estamos divididas en nuestra historia desde siempre. Las buenas y las malas, las correctas y las incorrectas, las castas y las putas, las santas y las brujas, las feministas y las no feministas, las madres y las que no lo son… y así sucesivamente hasta el infinito y más allá…

El patriarcado a lo largo de todo su recorrido en su empeño por despojarnos del poder, de la sensibilidad, de la ternura, de la fuerza, de la potencia, de la luz que todas y cada una poseemos per se, nos aplasta, nos enfada, nos enfrenta y nos divide. Nos relega a la creencia de la posesión de un único valor femenino: nuestra capacidad reproductiva en términos biológicos. Y nos lo creemos, y empieza la división más grande, más dura y más desgarradora. Creamos un feminismo de las madres con voz bajita y poca dedicación mediática y otro feminismo con más repercusión, con voz más alta pero casi siempre excluyente de las madres (cuando las madres representamos un altísimo porcentaje de las mujeres, y cuando en las manos de las madres, que crían a las niñas y a los niños, está la semilla del cambio). Y convertimos la mágica capacidad de la maternidad en la mayor de las condenas. Y hacemos de ella una fuente de pelea, de enfrentamiento, de no unidad. No nos permitimos el placer de fundirnos en este proceso porque eso parece que es someterse, que es ser menos, que es hacerle el caldo gordo al patriarcado, cuando es realmente una capacidad única, un tiempo, una experiencia, una fase de la vida súper potente, catártica, resolutiva, sanadora y placentera que nos pertenece si así lo decidimos. Y que forma parte de nuestras posibilidades, y efectivamente no de nuestras obligaciones.

Pero el trabajito está hecho, lo llevamos a las espaldas, y así es difícil decidir en libertad, porque esa libertad ya está condicionada social y culturalmente desde tiempos inmemoriales. Tan condicionada que vivimos nuestras menstruaciones como maldiciones, y nuestros bailes físicos, emocionales y energéticos a lo largo de nuestros ciclos como una tara, en lugar de como la ventaja evolutiva que es. Llegamos al final de nuestra fase biológica reproductiva y en lugar de sentir el momento luminoso, potente, de capacidades creativas, de experiencia vital, de herramientas adquiridas que puede ser la menopausia, nos deprimimos, nos venimos abajo y literalmente nos hacemos pedacitos de la brutal desvalorización que se genera en nosotras cuando “perdemos” esa capacidad que para el patriarcado es nuestro prácticamente único valor.

¿Cómo volver a recordar y reconocer quiénes somos, lo que somos, nuestras capacidades, nuestras habilidades, nuestras debilidades y nuestras fortalezas? ¿Cómo encontrar, sentir, el punto de encuentro, cómo retornar a la esencia? Siento que el único camino está en el autoconocimiento, en la conexión de cada una consigo misma, con su propia esencia, y desde ahí, con las demás. La reunión, el diálogo, el juego, el intercambio, el círculo de mujeres es esencial para esta tarea. Siento que es el único camino para volver a como fue en un principio, a como siempre debió ser.

Y es que las mujeres en todos los principios siempre hemos estado conectadas con nosotras mismas, y en realidad lo tenemos fácil, porque somos cíclicas, como las mareas del universo al que pertenecemos, del que formamos parte, y eso nos facilita la conexión con la naturaleza, con eso más grande de lo que somos parte y, por tanto, con nuestra propia naturaleza. Sin embargo, esa conexión no es cómoda para el sistema, no es cómoda para el capitalismo heteropatriarcal, no es cómoda para el desarrollo de la productividad en términos económicos, que es lo que se lleva ahora, así que poco a poco, o mucho a mucho, hemos aparcado esa habilidad, hemos olvidado esa capacidad, ese superpoder, que no perdido. Y no es fácil en nuestro mundo, en nuestros tiempos, reunirnos, re-sentirnos, recordar todo aquello y recomponer todo esto. Mucho menos en tiempos de pandemia, que nos han llevado a un aislamiento aún mayor que el que ya vivíamos, al miedo, a una desconexión aún más brutal, a la soledad forzada y forzosa, que un año después, se hace más dura que nunca.

Nos aproximamos al 8 de marzo, esa fecha fatídica en que la gota colmó el vaso (que no lo colmó, que llevaba ya colmado mucho tiempo) y a partir de la cual se estableció la necesidad de la lucha por los derechos de la mujer, una lucha ya muy en serio, tan en serio como las vidas que perdemos a diario por el singular y único hecho de ser mujeres. Una fecha que sigue siendo necesario recordar, en la que sigue siendo necesario levantarse, mostrar, exigir… en este 2021 seguramente no saldremos, pero seguro que tendremos ideas luminosas para cumplir la misma misión desde formatos más cuidadosos. Porque creatividad, herramientas e ingenio no nos faltan, y eso está bien claro también a lo largo de la historia. Al cristianismo le vino muy bien convertir la imagen de la bruja en un ser satánico, maléfico y retorcido… cuando las brujas siempre fueron mujeres con un conocimiento profundo de la naturaleza, de los procesos fisiológicos, expertas en el estudio de las plantas y sus propiedades. Literalmente encontramos en el inglés, que el significado de la palabra witch (bruja) es una conjunción entre wise y woman, que juntas significan “mujer sabia”. Sí, sí. Nos quemaron por sabias, por inteligentes, por habilidosas, por capaces. Y por ese mismo motivo nos siguen “quemando” hoy.

Por ese mismo motivo somos una minoría las mujeres en puestos directivos, en cargos políticos o eclesiásticos, por ese mismo motivo una baja de maternidad puede revertir en una degradación laboral, por ese mismo motivo lo más seguro es caminar acompañadas por la noche, tenemos doble jornada, mayores tasas de depresión, cualquier trabajador o no trabajador de la calle tiene derecho a opinar sobre nuestro cuerpo o nuestra ropa y expresarlo a voz en grito, nuestras niñas no pueden ser gritonas o movidas y si llevamos ropa ajustada tenemos que ponernos tanga para que no se nos noten las bragas. Tenemos que hacer como que no sangramos cada mes y salir a cambiarnos al baño con compresas o tampones escondidos en un puño apretado y desconectarnos de nuestras necesidades y habilidades (que son diferentes a lo largo de cada uno de los días de cada uno de nuestros ciclos) porque lo establecido es el modelo masculino de productividad lineal. Y escondemos embarazos, escondemos infertilidades, escondemos acnés y michelines, escondemos miedos apretando puños y escondemos hijxs. Escondemos sentimientos y emociones y lo que haga falta, porque es una cuestión de supervivencia.

Por tanto, es importante y también urgente recordar esa sabiduría, apropiarnos por pleno derecho de ese término, brujas, y una vez acomodadas dentro de él, usarlo para ir a nuestro favor. Mi propuesta siempre son los círculos de mujeres, el trabajo en nosotras mismas, la inversión en autoconocimiento, en autodescubrimiento, en reconexión con la esencia. Y siempre en compañía de iguales, porque las mujeres, cuando nos reunimos, somos mucho más que la suma de cada una, y de nuestros encuentros sonoros, amorosos, de los espacios de confianza y de calorcito que creamos cuando estamos juntas, sólo pueden salir las mejores cosas.

Ojalá resuene…

Celia Iglesias nació en Guadalajara. Está formada como facilitadora de círculos de mujeres, doula, acompañante del embarazo consciente, consultora de lactancia IBCLC y acompañante en MBC (metabioconsciencia). En su espacio, Hilando Fino, imparte talleres sobre lactancia y crianza, ciclos menstruales, facilita círculos de mujeres y ofrece consultas particulares.

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