La juventud perdida

Por Sonia Jodra

Acabaron la ESO y no hubo fiesta de Graduación. Dejaron el colegio sin pena ni gloria. Llegaron al instituto sin festejos. Cumplieron los 15 sin celebrarlo. Y cada fin de semana fue igual al anterior. Encerrados en lo peor, limitados en el mejor de los casos. Con algo impensable a estas edades, “a las 10 en casa”. Son los adolescentes del “toque de queda”, los jóvenes de la distancia. A quienes les quitaron de la noche a la mañana las verbenas, los conciertos, los botellones, las fiestas en la playa, los flirteos primaverales. Todo va con filtro; mascarilla obligatoria y distancia preceptiva. Todo lleva restricciones; bares cerrados, semi abiertos, solo terraza, sin barra, no hay discotecas.

Se calcula que el número de personas jóvenes que demanda ayuda psicológica se ha duplicado con la pandemia. Niños, adolescentes y jóvenes son los más vulnerables a una realidad que no coincide con lo que ellas y ellos venían soñando. De repente los planes saltaron por los aires y apenas quedan cenizas de los proyectos de parejas, vacaciones, viajes y celebraciones.

Y no solo hablamos de ocio. Salir a estudiar fuera se ha hecho cada vez más complicado. Los períodos de prácticas en empresas el año pasado fueron inviables y este año encuentran numerosas dificultades. Y los trabajos a tiempo parcial para compatibilizar con los estudios cada vez son más escasos.

El resultado es una incertidumbre de dimensiones desconocidas hasta ahora. Unido a que en muchos de los hogares de estos chavales el desempleo se ha hecho presente para sus progenitores. Despidos, ERTEs, autónomos con negocios cerrados, empleos estacionales que no llegan y sectores totalmente hundidos sin esperanzas de recuperación a corto plazo dibujan un panorama desolador en el que los jóvenes agonizan por la falta de esperanza.

Los datos presentados este martes por el Ministerio de Trabajo y Economía Social indican que la cifra de parados menores de 25 años es la peor desde que empezó la pandemia: 366.403. Entre marzo de 2020 y febrero de este año el desempleo juvenil ha crecido un 15 por ciento.

A determinadas edades este año que hemos perdido por la pandemia significa tanto que les resulta casi imposible reponerse a ese vacío. La vida que tienen un año después no se asemeja en nada a la que tenían entonces. Desde el Centro de Neurología Avanzada (CNA), hablan de incremento de cefaleas tensionales, migrañas, mareos e insomnio como algunas de las maneras en las que las y los jóvenes están somatizando la fatiga pandémica.

El confinamiento de hace un año fue tan brusco que han tenido que pasar meses hasta que sus efectos nocivos en la salud mental de los estudiantes han aparecido. Soledad, aislamiento, desconexión y ansiedad son algunas de las situaciones más frecuentes provocadas por este nuevo escenario con relaciones personales edulcoradas en las que solo los más dotados de habilidades sociales son capaces de sobrevivir, mientras que aquellos que venían arrastrando problemas para mantener redes de contacto habitual con sus iguales han visto cómo el vacío crecía a su alrededor.

Por eso es necesario un plus de sensibilidad por parte de los que estamos en la edad adulta, ponernos en sus zapatillas e intentar imaginar nuestros 15, nuestros 17 años en estas condiciones: ir a Alcalá está prohibido, quedar más de seis en una terraza imposible, los locales de copas no abren y a las 10 (desde esta semana a las 12) hay que estar en casa. Solo pensarlo marea. Y por ello hay que entender sus miedos, sus inseguridades y sus desánimos. Transformados muchas veces en ira, confrontación e incomunicación.

En el ámbito académico se traduce en peores resultados en buena parte de los casos. No debemos olvidar la forma en la que concluyó el curso pasado. Un acto heroico por parte de los docentes, pero que sin duda dejó muchos conocimientos no adquiridos por el camino y unas carencias que aún este año, por las especiales circunstancias en las que sigue desarrollándose la actividad lectiva, son imposibles de paliar por completo.

Apelo por tanto a un ejercicio de cariño, de afecto, de apoyo y de reconocimiento sincero hacia nuestros jóvenes. Son la generación de la juventud perdida y no les representan los tres o cuatro que siempre la lían, se saltan las restricciones a la torera y han sido foco de contagio en su entorno. Esos son la excepción, no la norma.

El sistema escolar precisa de refuerzos en determinadas etapas para ir eliminando la brecha que cada vez es más ancha. La pandemia hizo más vulnerables a los vulnerables, restó oportunidades a los que menos tenían y suma carencias a los que de más cosas carecían. La pandemia ha hundido los planes de futuro de los jóvenes. Según un estudio llevado a cabo por el Instituto Valenciano de la Juventud, el 41 por ciento de los menores de 30 años ha desechado tras la pandemia la idea de independizarse. Y uno de cada diez que ya vivía solo ha vuelto a casa de sus padres. Ahora el 38 por ciento necesita ayuda para llegar a final de mes.

La famosa frase de George Bernard Shaw, la juventud es una enfermedad que se cura con los años resulta hoy algo irónica. Los y las jóvenes tienen hoy que curarse, pero de todo aquello que les impide seguir siendo jóvenes.

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