Imprescindibles e infinitas

Por Gloria Magro.

cuidador-cuidat

El 70% de los trabajadores que luchan contra la pandemia son mujeres. La igualdad debería de ser en 2021 la nueva normalidad, como reza el lema de la Diputación Provincial con motivo del 8 de marzo, Día de la Mujer. Para el Ayuntamiento de Guadalajara las mujeres somos infinitas; para la Junta de Comunidades, imprescindibles. Más allá de los eslóganes y las campañas publicitarias de estos días hay miles de mujeres, la infinita mayoría de este país, que son imprescindibles con sus pequeñas y grandes historias anónimas. Relatos por contar, vidas ocultas pero de enorme valía.

María hubiera querido ir a la escuela, pero no pudo ser. Era la hermana mayor así que con una familia en continuo crecimiento, en la década de 1920 tuvo que aprender a leer y escribir por si misma. La recuerdo leyendo la Nueva Alcarria en voz baja, inclinada sobre el texto y siguiendo las letras con el dedo con gran dificultad. Mi abuela tenía grandes lagunas de conocimiento que a mí me resultaban tan sorprendentes como divertidas. Lo desconocía todo del proceso digestivo, por ejemplo, no sabía nada de geografía y tampoco del mundo más allá de su contexto vital. Con una generación de diferencia, aquella vida que ella nos contaba a retazos nos resultaba a mi hermano y a mí, remota, lejana y muy ajena. Una vida ligada al trabajo y al sacrificio.

El mismo día de su boda fue con su marido a segar, hoz en mano. Esa fue su luna de miel, y de ahí en adelante no creo que se permitiera un solo día de descanso. Mi abuela María Serrano se jubiló cuando había pasado de largo de los ochenta años y sin embargo no se consideraba a sí misma como una mujer trabajadora, al menos no en la acepción actual del término. Durante mucho tiempo tuvo una pequeña tienda de productos del campo en el portal de casa. Con la llegada del nuevo siglo y dada ya su edad, creímos que el euro la retiraría, pero nada más lejos de la realidad, continuó al pie del negocio una década mas. Al final enviudó y retirada ya en casa de su hija se convirtió de un día para otro en la octogenaria que ya era y por fin se permitió descansar. Su relato vital podría ser compartido por miles de mujeres de su época. Trabajo, sacrificio y ahorro, aquella era la vida de las mujeres apenas a dos generaciones de distancia de la nuestra.

En muchas ocasiones la reivindicación del papel femenino se centra en las aportaciones extraordinarias de mujeres que quedaron orilladas por la Historia, ya sea sepultadas por la sombra de sus maridos, de sus familias o del contexto que les tocó vivir; ese que les negaba su nombre a pie de página mientras encumbraba a sus homónimos masculinos, cómo si el género otorgara algún tipo de prioridad de paso a la posteridad en base a alguna ley natural que hoy nos resulta absurda pero que hizo su trabajo a conciencia. Aún así, no se puede obviar que la Historia se escribe con minúscula: las mujeres extraordinarias e infinitas son la mayoría y no hay que ir muy lejos para encontrarlas. Las conocemos de sobra, las vemos a diario: madres y abuelas han hecho un trabajo increíble aunque silencioso. Seguramente no han descubierto nada, ni escrito nada, pintado o teorizado. Su valía se mide a otra escala y el reconocimiento seguramente no traspasará el quicio de su puerta, nunca será público, pero eso es algo que no les importa absolutamente nada.

Mi madre, Gloria Esteban, también dejó pronto la escuela. En verano llevaba el almuerzo a los segadores subida en una borriquilla. Iba al lavadero a lavar a mano la ropa y se ocupaba de los animales, además de ayudar a su madre: era lo que le tocaba por ser mujer. Para ella convertirse en ama de casa una vez casada fue una auténtica liberación. Mi madre compadecía sinceramente a las mujeres que tenían que trabajar. No entendía el concepto de trabajo sino ligado al sexo masculino. Al igual que otras muchas mujeres de su clase, achacaba en los años 1980 el aumento del paro a la incorporación de las mujeres al mercado laboral. A las de su generación y de su misma extracción social les costó mucho engancharse al compás de los tiempos y entender el nuevo mundo que se desplegaba ante ellas. Al final lo consiguieron, a través de sus hijas, pero nunca dejaron de compadecernos por querer abarcarlo todo. A la postre, nuestro éxito fue el suyo propio, su pequeña reivindicación personal.

Entrevistando a mediados de la década de 1990 para el Noticias de Guadalajara a Conchita Ruza y Conchita Perteguez, responsables en aquella época de los Centros de Cultura Popular y Promoción de la Mujer ligados al ámbito parroquial, era fácil darse cuenta del enorme paso que habían dado muchas de aquellas mujeres en la transición del campo a la ciudad. Esa había sido su ascensión al Everest, al que subían una y otra vez intentando adaptarse a una vida para la que no estaban preparadas. Los centros parroquiales hicieron una labor encomiable y nunca reconocida con toda una generación de mujeres en Guadalajara. Otras muchas tuvieron que salir adelante por sus propios medios.

Mari Pichel, hacía el turno de noche en un hospital madrileño y por el día regentaba una mercería. Durante décadas Mari compatibilizó ambos trabajos con el cuidado de su familia. Creo que la madre de mi amiga Miriam Yunquera era la mujer más trabajadora y sacrificada que he conocido jamás. “Nosotros nos criamos sin madre -me cuenta-. Yo tenía 18 años y me quedé a cargo de once niños. Cuando mi madre murió mi hermano pequeño tenía 8 días, el otro un año y el siguiente dos años… Vivíamos en un cortijo en Huelva, después nos fuimos a la capital. Mi padre tenía 45 años entonces, tardó muchos años en rehacer su vida. Cuando vine a Madrid me los traje a todos conmigo. Vinimos en el tren, se vino mi abuela y una tía; estuvieron poco aquí con nosotros, tenían su propia familia. No pude estudiar y eso lo tengo clavado. Aprendí a leer, a hacer cuentas, a escribir, pero tuvieron que quitarme del colegio muy jovencita y así me he valido en la vida. Nadie me ha engañado nunca, saqué adelante a mis hermanos y bien, como Dios manda. He llorado mucho en esta vida“.

La historia de Mari Pichel no acaba aquí. “Pronto entré a trabajar en el Hospital del Generalísimo, un anexo del Gómez Ulla. Pude examinarme como auxiliar de enfermería en aquel entonces por prácticas, no por título, y pasé dieciocho años en la UVI. Estoy orgullosa de todo lo que he hecho. Con mi marido enfermo, en 1972 tuve que buscar un trabajo adicional. Tenía unos ahorros y detrás de mi casa había una mercería que se traspasaba así que la cogí también. Ese fue mi negocio, lo tuve diecinueve años. Llevaba la mercería de día, trabajaba en el hospital de noche y también me ocupaba de mi marido y mis dos hijos. Me jubilé cuando las manos dejaron de responderme: los enfermos se me caían, tenía fibromialgia. Con mi vida podría escribir un libro, he pasado mucho, mucho. Todo lo que cuente es poco” .

Vidas anónimas pero valerosas. En otros casos, públicas y conocidas pero también ligadas a un enorme esfuerzo y sacrificio femenino. La vida de la madre de mi compañera de trabajo, la escritora, cuentista y responsable de la ONG Cinco Palabras, Mar Olayo está en la memoria colectiva de toda España. Su familia aparecía cada año en los noticiarios del NODO.

Soy la pequeña de una familia de 22 hermanos -#sagaolayo22- de los que he conocido a 18, pues los primeros nos dejaron demasiado pronto, pero estoy segura de que si los hubiera conocido los habría admirado tanto como al resto. En una familia donde la mayoría son mujeres, (15 hermanas y 4 hermanos en la actualidad) he tenido el ejemplo fehaciente de lo que es ser una MUJER y TRABAJADORA. De cada una de mis hermanas he aprendido lo que significa crecer como mujer, hacerse a sí mismas en un entorno de escasez, una sociedad adversa y sin libertades. Sacar una familia adelante, con todo lo que ello conlleva: capacidad de trabajo, capacidad de gestión, empatía, psicología, paciencia, ejecución de las labores, más allá del hogar, y el saber combinar el trabajo laboral con la función de madre, esposa, hermana e hija. Cada una de mis hermanas son el reflejo de una educación donde la entrega a los demás ha sido una máxima en la familia, educación que hemos recibido de un padre amante de su familia y de una mujer con un gran capacidad de trabajo y entrega”, explica Mar Olayo. Pero en toda esta historia familiar tiene un papel imprescindible y único su madre, Manuela Martínez Rey.

“Mi madre nació el 3 de marzo de 1922, mes de la mujer trabajadora. Amante del arte, con solo tres años sabía tocar las castañuelas que su padre, a quien adoraba y perdió a temprana edad, le regaló. En la infancia, entre el cuidado de su madre, hermanas y su trabajo como aprendiz de costurera, brotó su amor por el teatro, vocación que se vio truncada por la Guerra Civil y pronto tuvo que abandonar para trabajar en un polvorín con tan solo 14 años, donde conoció a mi padre y pronto surgiría el amor. Madre joven tuvo que aprender a lidiar con el dolor emocional, además del físico, al perder a sus primeros retoños de escasos meses. A partir de entonces se forjó en ella una fuerza y una energía capaz de enfrentarse a un mundo donde la mujer estaba en constante supervivencia, fortaleza que transmitiría al resto de su descendencia”. 

Con una familia en continuo crecimiento, pocas mujeres en este país habrían merecido un reconocimiento al mérito en el trabajo como ella. “Nunca dejó de trabajar para su propia familia y su familia política -prosigue su hija Mar Olayo , con la ayuda de mis hermanas que, como ella, desde muy pequeñas aprendieron lo que significa el trabajo duro, el trabajo en equipo, el tesón, el cuidado y la entrega a los demás, en definitiva: la solidaridad. Todo aderezado con alegría, arte y amor por la vida. Supo evolucionar con el tiempo, a pesar de crecer en una época de represión, pobreza, guerra y posguerra. Un tiempo donde la mujer estaba sometida y caminaba a la sobra del hombre. Disfrutaba al ver cómo sus hijas, poco a poco, conseguían disfrutar de libertades que ella no conoció, pero consciente de que hay mucho camino que recorrer para que la mujer tenga el lugar que se merece en la sociedad“.

Su hija, Mar Olayo compagina su trabajo en Iberia con una labor solidaria que se extiende hasta África, con proyectos de alfabetización en Sudáfrica, Kenia, Togo y Uganda. Su Asociación de Escritores Solidarios Cinco Palabras cada mes ayuda a una causa benéfica, a través de un juego literario-solidario con el que intentan hacer un mundo más digno para todos, ayudando y difundiendo las necesidades de los más desfavorecidos en su web: cincopalabras.com. Mar es la persona más comprometida que yo conozco, luce una sonrisa perpetua y nadie es capaz de negarle nada. Sus redes sociales (FacebookTwitter e Instagram) están llenas de colaboradores famosos y conocidos. Esa faceta la aprendió en su casa, donde a pesar de que eran la familia más numerosa de España, “Manuela, mi madre, siempre se preocupó por la infancia que sufre: huérfanos, pobres, hambrientos, por esta razón ayudaba a organizaciones al cuidado de los niñas y niños necesitados. Este afán de querer hacer un mundo mejor para ellos le llevó a ser la primera socia fundadora de CINCO PALABRAS, dedicándonos un prólogo el mes que luchamos contra el cáncer infantil. Desde el primer día, Manuela estuvo apoyándonos en nuestro camino solidario  y sé que, incluso ahora desde donde está, sigue haciéndolo. Gracias por todo, mamá.”

IMG_20210301_212921_712

La historia de este país y la del resto del mundo no se entiende sin mujeres como estas. No hay lugar o circunstancia donde no esté presente una mujer, donde no se la necesite. El año pasado algunos sectores intentaron culpabilizar a las manifestaciones por el Día de la Mujer de la expansión del COVID y sin embargo, la mayoría de los puestos de trabajo relacionados con la lucha contra la pandemia están ocupados por mujeres: la sanidad y la atención a terceros son sectores tradicionalmente feminizados. Cifras, datos y estadísticas demuestran año tras año la descompensación por géneros de nuestra economía y también de nuestra sociedad. Y pese a todo, no perdamos de vista que manifestarse este próximo 8 de marzo es un derecho, no una obligación. Este año también es un ejercicio de conciencia personal y colectiva. Ejerzámosla con responsabilidad.

Un pensamiento en “Imprescindibles e infinitas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .