Vacunando la distancia

Por David Sierra

Con más de un siglo a sus espaldas, cuando a Dámaso le propusieron vacunarse no lo dudó un instante. Pastor durante toda una vida y con el recuerdo de sus ovejas, fieles compañeras, siempre presentes en su memoria – que aún conserva con especial lucidez -, a pesar de los temores por la aparición de este temible virus nunca perdió la esperanza de alcanzar los ciento doce otoños propuestos medio en broma y muy en serio. En su municipio, – uno de esos donde los pocos que quedan están más cerca de su generación que del resto, donde el panadero acude con cada vez menos ganas en su furgoneta, donde las tiendas y los comercios brillan por su ausencia; donde el autobús ya no entra ni para cerca, donde el cartero acumula y deja para un día en concreto toda la correspondencia, y donde el consultorio médico sólo abre sus puertas de quincena en quincena, aunque los enfermos ronden la puerta -, las vacunas contra el Covid ni se las ve ni se las espera.

Decía su alcalde, con un cabreo monumental, que habría recibido las directrices desde la delegación de Sanidad de habilitar los medios para que sus vecinos fuesen a su centro de salud de referencia a fin de inyectarse la inmunidad. Y que a la cuestión de qué hacer con aquellas personas imposibilitadas para desplazarse, que allá tú te las apañes. Y a los hechos uno se remite cuando conoce que el tal Dámaso, que apenas camina y oye, más bien escucha, tuvo la suerte de disponer de familiares cerca que le acompañasen hasta Yunquera. Una suerte que otros, no han tenido debiéndose buscas las habichuelas.

El pueblo de Dámaso dista de las urgencias en más de la treintena de miles de metros como buena parte de los moradores del Badiel, una vuelta que podría ser más corta y reducida – en torno a la mitad – si cuando algunos ediles propusieron habilitar el camino que escuda al río se les hubiese hecho caso en vez de incumplidas voluntades. En todos estos pueblecitos, sus ancianos aguardan con incertidumbre la convocatoria para recibir el esperanzador aguijonazo en la ilusión de que algún alma apiadada haga el favor que las administraciones les han negado con incrédulas excusas.

Pfizer nunca indicó que sus vacunas no estaban prescritas para quienes habitan donde no hay jaurías, pero la administración regional sí aplica que la conservación de las dosis implica que es mejor que se movilice quien las quiera para evitar que se pierdan. O quizá para ahorrarse el camino de ida y vuelta y extender de paso el infundio del virus creado para enderezar el rumbo de los pensionados. Mientras tanto, las comunidades rurales afrontan una nueva prueba de que cuando peor vienen dadas, más importante es que la unión hace la fuerza, que disfrutar de la soledad no implica estar sólo y que lo que debiera garantizar el Estado y sus competentes, al final lo hacen siempre quienes entienden su cargo como la prestación de un servicio público al pie del cañón, y no del sillón.

Una vez más, las incongruencias de los poderes públicos regionales ante la pandemia desorientan a la población. Más de un año llevan nuestros mayores sorteando la muerte con medidas y confinamientos obligados y voluntarios; más de un año alejados de sus seres queridos, sin besos ni abrazos para que, a las puertas de obtener una garantía de vida, corran el riesgo de contagiarse en el camino. Por una vez en la que el principio de eficiencia hubiera beneficiado a la España vaciada mediante el acercamiento del fármaco hasta la puerta de sus casas a quienes más lo demandan, otorgando así un pequeño privilegio, un guiño, sobre la España urbana, el curso de la inacción vuelve a aparecer alejando no sólo la vacuna, sino cualquier halo de esperanza en los pueblos yermos donde cada vez hay menos Dámasos y más distancias.

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