Calorcope, medio siglo de historia de Guadalajara

Por Gloria Magro.

Los baños estaban alicatados en pequeños gresites de un vistoso color verde. El lavabo tenía dos grifos de rosca y enfrente había una bañera inmensa, un invento maravilloso que pocos de aquellos nuevos propietarios habían visto hasta entonces en una vivienda. Pero el verdadero milagro ocurría cuando se giraba el grifo de la izquierda y como por arte de magia salía un caudal inagotable de agua caliente sanitaria. Hoy nos parece una necesidad básica en la que apenas reparamos, pero el suministro de agua caliente era un verdadero lujo en 1971, cuando llegaron los primeros ocupantes a los bloques de nueva construcción del Polígono El Balconcillo. Desde entonces, Calorcope, la primera central de calor de la ciudad, abastece a más de mil quinientas viviendas de lo que en su día fue la primera operación urbanística de envergadura en Guadalajara. Cincuenta años después, la cooperativa continúa funcionando a pleno rendimiento, siendo aún objeto de estudio para los nuevos ingenieros.

Ocultas en parte por los altos edificios de la plaza Dalí y por el parque que las rodea, la presencia silenciosa de las instalaciones de Calorcope forma parte de la historia sentimental de Guadalajara y está intrínsecamente ligada a las viviendas a las que presta servicio desde los años setenta. «Finalizada la Guerra Civil, -explica el experto en movimientos sociales en Guadalajara, Erique Alejandre  unas cuatrocientas familias vivieron en la ciudad durante años en casas viejas, cuevas y chabolas carentes de las condiciones mas básicas de higiene y salubridad y otras muchas tuvieron que vivir realquiladas. A comienzos de los años sesenta la necesidad de viviendas se estimaba en mas de quinientas unidades. Pocos años mas tarde esa apreciación quedaba obsoleta ante el previsible aluvión de emigrantes del campo provincial que llegaría a la ciudad, para lo que se creó el Polígono Residencial de Viviendas El Balconcillo. 

En el portal de una de las torres que hay en lo alto de la calle Constitución, se puede aún ver un gran mural con una fotografía en blanco y negro de la Guadalajara de esa época. El límite de la ciudad en dirección a Madrid era el Paseo de Fernández Iparraguirre con sus coquetos adosados. A partir de ahí, a un lado quedaban las eras que se extendían hasta la carretera Nacional, y al otro lado, un campo de fútbol de tierra, el Campo del Productor junto a una promoción de viviendas de Sindicatos. Más abajo, una cuesta prolongada se deslizaba hacia el río Henares entre campos de cultivo y algunas casas de labranza dispersas. Sobre esos andurriales se proyectó la expansión de Guadalajara. «En el mes de mayo de 1968 se hacia público el concurso para la construcción de 1309 viviendas de las Cooperativas Sindicales en el Polígono de el Balconcillo -prosigue Enrique Alejandre- El monto total de su ejecución se elevaba a 438. 591.429, 18 pesetas, financiadas por la Caja de Ahorros y Monte y Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja. Sus nombres eran: El Doncel” (699 viviendas), San José (87 v.), Sagrada Familia (87 v.), San Miguel Arcángel (trabajadores de Pizarrita, 36 v.), San Martín (58 v.), San Antonio (trabajadores de Vicasa en su mayoría, 150 v.), Santa Marta (99 v.), Inmaculada Concepción (29 v.), Santiago Apostol (56 v,) y COVIMA (empleados de Magisterio, 67 v.)».

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Foto: Nueva Alcarria.

Bruun&Sorensen era una empresa danesa de ingeniería que por aquellos años ya había proyectado centrales térmicas en varias pequeñas capitales de provincia españolas. La principal innovación técnica que aportaban era la rejilla de residuos refrigerada por aire  para plantas de incineración de residuos que sin embargo no se llegó a instalar en Guadalajara.  A pesar de eso, la propuesta de central térmica que hizo la empresa danesa para dar servicio a las nuevas viviendas se consideró que era la más adecuada para los fríos inviernos de Guadalajara “teniendo en cuenta las características económicas de los cooperativistas, entre los que predominaba la economía de tipo medio, y con el fin de no sacrificar la calidad técnica de la instalación en aras de un menor coste (…), sin lesionar los intereses de la instaladora y de las cooperativas”, según reza la documentación de la época que se conserva en los archivos de la central. Los representantes de las cooperativas de viviendas del Balconcillo enviaron una representación hasta Dinamarca para estudiar el proyecto: una red de tuberías en anillos que desde una central enviara agua caliente sanitaria a las viviendas a ella conectadas. En aquel momento se trataba de un modelo novedoso en toda Europa, además de muy ambicioso dadas las enormes distancias a cubrir. El compromiso adquirido por los ingenieros daneses en aquel momento fue el de proveer a 150 viviendas al mes, las primeras en construirse, algo que se hizo realidad en la Navidad de 1971. 

Bruun&Sorensen dejó de operar en España poco tiempo después pero antes, en 1972 se llegó a un acuerdo para comprar la central y explotarla bajo el régimen cooperativo. Así, cada vivienda del Balconcillo conectada a la red de calor quedaba vinculada mediante el pago de un canon a lo que se llamó Sociedad Cooperativa de Consumo Calorcope, constituida un año después, en 1973. El objetivo entonces era expandir el servicio tratando de economizar el precio del suministro y dar rentabilidad al proyecto, dado el perfil de clase trabajadora -también en algunos casos de clase media- de los nuevos propietarios. El resto de cooperativas se fueron enganchando al servicio progresivamente en los años venideros hasta completar las mas de mil quinientas viviendas conectadas desde entonces y que rentabilizan al máximo la producción calorífica de la central. 

«Queremos que el servicio sea excelente y el precio el menor posible», explica el actual presidente de Calorcope, Francisco Javier Hernández Tejero, en las oficinas centrales de la cooperativa en la calle Medrano de Miguel, 12, mientras desgrana el funcionamiento de la central, que sobre el papel se basa en algo tan sencillo como elevar la temperatura del agua que entra en la central y distribuirla en red hasta cada punto de suministro asegurando que no pierda su capacidad calorífica por el camino. De ello se ocupan a día de hoy un ingeniero y tres mecánicos, operarios de mantenimiento vinculados familiarmente con la central.

El sistema en su conjunto consta de una red circular de tuberías que conecta cada vivienda de los 52 edificios vinculados -además de una iglesia, San Juan de Avila- con la central de abastecimiento ubicada en la calle Salvador Dalí. Se trata de un circuito calibrado por donde circula agua que ha sido elevada hasta los 78 grados centígrados y bombeada mediante presión estable desde dos calderas a todo el circuito de modo que no pierda fuerza calorífica. La red pone en circulación mil metros cúbicos de agua al día y los cooperativistas disponen de un mínimo de doscientos metros cúbicos anuales contratados, lo que asegura a toda la cooperativa el menor coste de explotación posible, dado que por estatutos no se trata de obtener beneficios sino de ajustar los precios en beneficio de todos los propietarios cooperativistas.

Después de medio siglo de servicio en Guadalajara, se puede decir que la red tendida en el subsuelo a lo largo y ancho del Polígono del Balconcillo fue todo un acierto y un modelo de suministro energético eficiente y tremendamente funcional. El proyecto ejecutado por los ingenieros daneses fue tan brillante que a lo largo de estas cinco décadas de funcionamiento no se puede hablar de grandes fallos o averías. Ni siquiera con las condiciones extremas de este pasado enero se registraron incidencias o se alteró la temperatura del agua que llegaba a los domicilios. La maquinaria de la central funciona como un reloj a pesar del paso del tiempo. De hecho, hace décadas que Calorcope no registra cortes de suministro dignos de mención y el mantenimiento está ligado a la sustitución de piezas por desgaste de uso y a la dificultad de su reposición por descatalogación debido al tiempo transcurrido. Desaparecida hace años Bruun&Sorensen, la cooperativa recibe periódicamente solicitudes de universidades para que muestren su modelo de funcionamiento a estudiantes de ingeniería y continúa siendo materia de estudio pese al tiempo transcurrido desde su diseño.

El cambio más ambicioso llevado a cabo a lo largo de su historia fue la sustitución en 2013 del combustible utilizado, que pasó del fuel-oil derivado del petróleo al gas natural. Para ello se construyó en sus instalaciones una central térmica con dos calderas de gas de 5.000.000 y 1.850.000 kcal de potencia que conviven con las antiguas. De este modo, la cooperativa se adaptaba a las nuevas exigencias tanto medioambientales como de mercado para seguir ofreciendo el precio más competitivo posible y un servicio de calidad.

Desde Calorcope calculan que más del noventa por ciento de las viviendas de lo que originalmente fue el Polígono del Balconcillo están enganchadas a su central. Dada la calidad del servicio que prestan, a lo largo de los años ha sido irrisorio el número de pisos no adscrito a la cooperativa. De hecho, en la actualidad solo quedarían sin servicio aquellas viviendas que permanecen vacías de forma temporal, a la espera de su reanudación en caso de nueva ocupación tras un fallecimiento o venta. La pertenencia a Calorcope sigue siendo a día de hoy un elemento diferenciador que aumenta el valor de estas propiedades, como reconocen desde el sector inmobiliario de Guadalajara.

Hace décadas que el Balconcillo dejó de ser el extrarradio de Guadalajara, aunque conserva su carácter de barrio, la vida en sus calles ligada a un modo de entender la ciudad que se pierde en otros desarrollos urbanos más recientes. A día de hoy, muchos de aquellos propietarios siguen ocupando las viviendas que adquirieron a principios de los años setenta, aunque ya no se encuentran los antiguos baños de gresite, ni aquellos pequeños grifos individuales. Las reformas sucesivas han acabado con todo vestigio de la época. Lo único que no ha cambiado desde entonces es la certeza de que en cualquier vivienda a partir de la calle Constitución, la antigua Marqués de Villaverde, en estos momentos alguien estará abriendo un grifo con la certeza de que va a salir agua caliente, 365 días al año, las 24 horas del día. Una tecnología que empezó a funcionar hace ya medio siglo y unos propietarios que confiaron en ella lo hacen posible. «La columna vertebral son los socios que formaron la cooperativa y que siguen confiando en Calorcope«, concluye su presidente, Francisco Javier Hernández Tejero, para quien son estos cooperativistas con su apoyo constante quienes han hecho posible cinco décadas de historia de Guadalajara.

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