La vida en códigos QR

Por Sonsoles Fernández Day

Para la mayoría de nosotros no era algo habitual hace unos meses estar escaneando códigos QR con el móvil. Ha sido por la pandemia que lo hemos incorporado a nuestras costumbres y al paisaje, como las mascarillas y el gel hidroalcohólico. Los códigos QR se han convertido en aliados de la hostelería y otros muchos servicios, ayudando a minimizar los contactos y mantener la distancia social. Han supuesto una solución a cartas menú, programas de espectáculos o instrucciones de cualquier tipo. Pobre de aquel que prefiere lo tradicional o quien se haya quedado sin batería en el móvil. El miedo al contagio nos hace tocar lo menos posible y, gracias al código QR, no tocas, escaneas. Frío, pero práctico.

Un código QR es un código de barras bidimensional que sirve como enlace a una página web. Las siglas corresponden a Quick Response, ‘respuesta rápida’ en inglés. Para entendernos, ese cuadradito almacena información y lo transmite a alta velocidad. En lugar de tener que buscar una página en internet, con el consiguiente tostón de escribir todos los datos en el buscador, al acercar el móvil al código QR aparecerá la información directamente en nuestra pantalla. Creado en Japón en 1994 se utilizaba en un principio en aplicaciones para la industria. Más adelante lo hemos visto en billetes de avión, entradas de conciertos o carteles callejeros. En la rara normalidad de la pandemia se ha extendido su uso, no solo para saber qué hay de menú, también para la geolocalización y el rastreo de los ciudadanos.

Rusia, Singapur y China son algunos países donde los códigos QR están siendo utilizados como seguimiento de posibles brotes y positivos en coronavirus. En China, por ejemplo, tienen un sistema de códigos QR por barrios, estaciones de metro, centros comerciales o entradas a puestos de trabajo. Al escanearlo da al usuario un color. Si aparece el color verde en la pantalla, puede pasar, pero si el color es ámbar o rojo, tiene prohibido el paso. Si algún usuario ha estado en contacto con positivos debe informar y no estaría autorizado a salir de su domicilio, obligado a hacer cuarentena.

El Gobierno de Castilla-La Mancha activó el pasado mes de febrero un código QR para ser utilizado por los usuarios de bares y restaurantes. Según Emiliano García-Page era una ‘experiencia pionera’ y su objetivo, facilitar el rastreo de posibles casos de coronavirus. El proyecto, que se llama Ocio Responsable, no ha llegado a ser obligatorio. Decía García-Page esta semana que ‘estamos esperando que se lleve a cabo una experiencia común en todo el país’. La experiencia real es que la aplicación funcionaba regular, la mitad de los hosteleros no la pedían y la otra mitad de los usuarios no se la descargaron. ASECEM, la Asociación de Empresarios Centro Mancha, pidió que se suspendiera esta aplicación porque el sector entiende que puede suponer aún más perjuicios económicos para ellos. No quieren verse implicados en un cierre por posibles contagios. Pero el Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha lo ha denegado. De momento, este código QR funciona de manera voluntaria. Me pregunto cuántos ciudadanos están dejando rastro de sus movimientos día a día. Para unos, suerte, y para otros, desgracia, lo cierto es que no tenemos ni la disciplina ni la autoridad de China. Si quieren saber quién ha estado dónde, es más fácil darse una vuelta por Instagram.

Es cada vez más frecuente ver en programas de televisión un código QR, para obtener una información completa de datos de la pandemia, volver a ver un reportaje o participar en un concurso. El martes pasado, el programa de Sonsoles Ónega en Tele 5, Ya es mediodía, llevando al extremo el show televisivo, ofrecía un código QR para que los espectadores votaran si creían a Rocío Carrasco o a Antonio David Flores. Como el que apoya a un concursante o elige una canción. Una mujer que ha sufrido maltrato recibirá mi apoyo siempre, pero convertir este drama en un circo donde el dinero es el maestro de ceremonias es innecesario, frívolo y bochornoso. La cadena frotándose las manos y algunos políticos saliendo a bailar. Increíble todo.

Los expertos aconsejan que seamos precavidos. No siempre se sabe lo que hay detrás de un código QR. Corremos el peligro de descargarnos un virus o archivos que interactúen de forma peligrosa con el móvil. Debemos escanear solo los que encontramos en lugares donde se puede identificar su autenticidad. Por seguridad, no pongan el móvil frente a cualquier código QR que encuentren por la calle.

No sé si es obsesión, pero hasta las nuevas jardineras que ha comprado la concejala decoradora del casco histórico de Guadalajara, parecen códigos QR. Eso sí, de colorines, que ella quiere ponernos a todo color. Yo no tengo códigos bilaterales, pero si pinchan aquí podrán verlas. A 1570 euros la macetita. Y si pasan por delante de una no acerquen el móvil, no sabemos lo que van a escanear.

Esta es la vida en pandemia. Mucha pantallita y poco tocar. Qué ganas de que pase pronto, antes de que nos volvamos todos unos aprensivos crónicos.

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