Renovación celular y Semana Santa

Por Patricia Biosca

Es curioso el paso del tiempo y su efecto en nuestros cuerpos. Quizá tenga algo que ver que cada diez años todas y cada una de las células de nuestro cuerpo se han renovado, convirtiéndonos en un ser totalmente nuevo al del principio, al que parió nuestra madre; o a nuestro ‘yo’ adolescente, si han pasado los suficientes años; incluso al veinteañero que se comía el mundo a la vez que se moría de la vergüenza por tonterías. Eso podría explicar que, de pequeña, las torrijas y el potaje fueran dos de mis penitencias de Semana Santa, un peaje a pagar por unas vacaciones que gastaba en procesiones de enigmáticos capuchinos y violentas imágenes en procesión (ver cargar con una cruz a un señor casi esquelético coronado por espinas no es precisamente equiparable a un capítulo de los Teletubbies) que me permitían ver uno de los temas tabú por excelencia: la muerte. Sin embargo, crecí y curiosamente las torrijas y el potaje se convirtieron en los mayores alicientes de esta pausa laboral que en realidad tampoco es tan larga. Más aún cuando, de repente, una pandemia mundial azota al planeta Tierra y nos deja durante dos convocatorias sin más planes que acercarnos a Cuenca (en el caso de los castellanomanchegos, claro). 

Como les decía, las torrijas no eran santo de mi devoción. Y el potaje y las temidas ‘churrilailas’ que adornaban con su verde aquella marmita muchísimo menos. Tampoco ayudaba que no le pudieras meter mano al fiambre los viernes de cuaresma, a riesgo de cometer ‘pecado mortal’ e ir directo al infierno por una rodaja de salchichón. No entendía por qué los adultos esperaban una vez al año para llevar a cabo aquellas torturas. Suponía -como tantas otras cosas, incluido que Peña Hueva era el Monte Lee, donde descansaba el cartel de ‘Hollywood’- que tenía algo que ver con el espantoso periplo del treintañero Jesucristo, pero tampoco llegaba a entender muy bien el proceso. Y, aparte, si siendo mayor ya podías hacer lo que quisieras, ¿por qué continuar con ese tormento gratuito?

Lo que sí disfrutaba al máximo eran las procesiones. Era casi como ver porno con tu familia: imágenes chorreantes de sangre, pies descalzos sobre el asfalto, cera que se resbala por los dedos. Ciertamente, poco había de sexual, pero sabía que si en mi libreta dibujaba algo diferente a un señor con greñas sufriendo en una cruz -por ejemplo, a Bunny, la protagonista de ‘Sailor Moon’ y mi más adorada heroína de juventud-, me iba a caer una bronca del tamaño de los pasos. ‘A esta chica siempre le han gustado mucho las procesiones’, decían en mi familia, pensando que llegaba una nueva devota. Y cierta parte de razón tenían. Aunque la historia a mí me enganchaba más por la parte del esoterismo y la ciencia ficción en general que por la voluntad divina. 

Con los años y, quizá, con el paso de las células, como el racionalismo irrumpió en el siglo XVII, también mis propias teorías sobre qué veía en realidad (lo mismo por la gracia de Dios, si bien era un concepto cada vez más lejano). La Semana Santa se convertía en un momento ideal para hacer viajes (más o menos ambiciosos, dependiendo del dinero) y las procesiones un acto aburrido que ya no aportaba nada, porque la violencia y el porno estaban en internet con solo apretar un botón. 

No fue hasta mucho tiempo después que redescubrí aquellos ritos, aunque con unas células totalmente diferentes que me hicieron apreciarlo desde otro punto de vista totalmente nuevo: como si estuviera en un país extraño presenciando un fenómeno religioso totalmente ajeno (aunque intentando ser respetuosa con aquella celebración, incluso más que la gente que decía sentirse total integrante de aquella escena). También lo hice con la prepotencia de una supuesta madurez recientemente adquirida, pensando que sería mi primer y último reencuentro con aquellas escenas. 

Pero de esto que llega una pandemia mundial que nos encierra a todos en casa, sin oportunidad siquiera de ver las procesiones por la tele y con la única posibilidad de hacer torrijas y potaje -mis archienemigos-. Y sí, también caí en la trampa, cociné aquellos platos que hasta entonces nunca me habían gustado. Porque sabían a ‘normalidad’. Una normalidad que se ve que aún tardaremos en conseguir, pues acaba de pasar un año de aquello y, aún contando con que ya existen vacunas, nuestro mundo sigue siendo anormal y raro. Tan raro que ya no pasan los meses, sino las olas (en España en general y en Guadalajara en particular ya nos olemos la cuarta). Y a pesar de que ahora mismo me encanten las torrijas y el potaje, sacrificaría mis renovadas papilas gustativas y me pondría las viejas por llegar a aquel punto anterior en el que las procesiones subían por La Carrera. A saber lo que piensa mi nuevo yo dentro de diez años. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .