Un rincón de libertad llamado El Hexágono de Guadalajara

Por Patricia Biosca

Guadalajara es como las chocolatinas After Eight: aunque mascar una especie de pasta de chicle con regusto viejuno con un bombón no parezca lo más apetecible del mundo (por lo menos en un lugar donde la gastronomía tiene otros ejemplos mucho más placenteros) existe una parte dulce, algo que no se puede definir, que te incita a probar otra vez. Y como el paladar madura con el tiempo, llega un momento que, como con el vino, te empieza a gustar. Mucho. Igual nos ocurrió a muchos oriundos que, con los delirios y grandezas de la juventud, quisimos volar desde una ciudad de provincias (o incluso un pueblo de provincias, como es mi caso) hacia las cegadoras luces de la capital. Y lo hicimos. Y algunos nos desencantamos y empezamos a coger cariño a esta ciudad dormitorio vapuleada por nosotros mismos en un sinfín de ocasiones. Pero cuando miras más de cerca (o, mejor escrito, cuanto más lejos te vas), más echas de menos su idiosincrasia, sus problemas de andar por casa, sus quedadas improvisadas al llegar al bar y conocer a todos los parroquianos. Su vida de provincias de la que renegaste. Y encuentras lugares increíbles que no se valoran en la medida que lo merecen. Uno de esos barrios ‘encantados’ es, sin duda, El Hexágono. 

Empezaba el año 2017 cuando recibí una llamada de la que considero maestra y mentora en esto del periodismo, Concha Balenzategui. “¿Te apetece quedarte con mi día en El Hexágono?”, escuché por el auricular del móvil mientras paseaba por el pasillo de un antiguo trabajo en el que me usaban como mercenaria de la letra. Yo llevaba un tiempo siguiendo la página y me encantaba el concepto: periodistas de Guadalajara que yo admiraba desentrañando la actualidad de la provincia sin tapujos, con total libertad y excelsa pluma que incluso en ocasiones había llegado a emocionarme. ¡Cómo iba a rechazar tamaña oferta! En ese momento ya había caído en la cuenta de lo mucho que echaba de menos las ruedas de prensa en medio de la Plaza Mayor, las fotos al embalse de Entrepeñas cada verano, la paliza de trabajar toda la semana de Ferias. El espíritu de ‘abuela cebolleta’ del que muchos se quejarían más adelante que adolecen mis escritos ya me había poseído más que el espíritu ‘Ragatanga’ (y eso que saben que a mí la fiesta…)

Entonces entré de lleno en un lugar totalmente nuevo: un sitio con absoluta libertad en el que nadie te decía sobre qué debías escribir ni cómo, solo bajo la premisa de que estuviera relacionado con la provincia y de evitar los insultos directos. La crítica y la opinión personal eran (y son) siempre bien recibidas, porque la idea era aportar mucho más allá de las notas de prensa del Ayuntamiento, la Diputación o la Junta, que tanto proliferan en muchos medios provinciales con plantillas diezmadas que hacen las veces de hombres y mujeres orquesta. Un lugar sin la presión de los anunciantes en donde poder decir lo que te diera la gana, pero sabiendo que detrás había unos lectores que pedían (y piden) rigurosidad en los argumentos y no un simple “porque lo digo yo”. Mi foto y mi nombre estaban al lado de los de aquellos valientes que decidieron plantarle cara al peor momento del sector, en el que los medios cerraban a la misma velocidad que subía la prima de riesgo (¿alguien se acuerda ahora de esta familiar?). Todo para hacer gratis algo tan importante como periodismo real.

Y así han pasado los años, más de cuatro, en concreto. Al lado de todos mis compañeros con los que aprendo cada día (y ni se imaginan la de intrahistorias que guardan para los momentos fuera del papel), mi intención ha sido contar el relato de la desconocida Guadalajara desde otro punto de vista que, en realidad, es tan válido como cualquier otro (porque ya saben, las opiniones son como los culos, todos tenemos uno). Mi suerte fue recibir aquella llamada para disfrutar de este espacio de libertad sin límites y anarquía bien entendida. 

Y, con tremenda pena, aquí me despido de este rincón que he sentido mi casa. Pero no se disgusten. O, mejor, alégrense. Porque aparte de los increíbles profesionales que pueden leer el resto de la semana, les dejo los martes en muy buenas manos: las del maestro Gustavo García, un viejo conocido de la prensa alcarreña que de seguro les descubrirá que el After Eight guadalajareño es mucho mejor de lo que se imaginan. O, al menos, mucho más interesante y complejo de lo que dicen por ahí. Nos vemos en los bares, amigos. 

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