De soles y espárragos

Por David Sierra

Con motivo del inicio de la campaña de recogida del espárrago verde en la provincia de Guadalajara, argumentaba hace unas semanas el actual presidente de la asociación sobre el cultivo de esta hortaliza, Jaime Urbina, que había dejado de ser “tan rentable” a causa del encarecimiento de la mano de obra y los impuestos que tienen que pagar, así como la estabilización de los precios. Este hecho estaba originando que algunas explotaciones hubieran decidido reducir este cultivo en favor de otras alternativas agrícolas como el cereal. La consecuencia, según este productor que ha vinculado actualmente su principal fuente de ingresos al cultivo del espárrago verde con más de 150 hectáreas, ha sido la reducción en la contratación de los temporeros necesarios para su recogida, clasificación, etiquetado y empaquetado de cara a su distribución final. En el proceso no hace referencia a la mecanización que la industria agroalimentaria basada en este producto ha llevado a cabo en los últimos años, incentivada por ostentosas ayudas públicas.

Mientras en la vega del Badiel, donde crece una parte importante de la producción del espárrago verde de la provincia, los agricultores de la zona con mayor presencia trabajan a hurtadillas en la creación de un regadío que permita potenciar no sólo la producción de este producto, sino abrir el abanico a la siembra de otras alternativas agrícolas, los grandes terratenientes mantienen con el rabillo del ojo su atención a otros movimientos que les permitirían implementar sus rentas en una generosa relación favorable del coste y el beneficio. Se trata de la incipiente proliferación de iniciativas para la implantación de megaplantas fotovoltaicas, en el camino de aprovechar al máximo la energía solar como fuente limpia.

Sobre la mesa o en proceso de construcción ya se han aprobado algunos proyectos como en Jadraque, Almadrones, Yebra, Algora, Torremocha del Campo, Galápagos, El Casar, Valdegrudas, Yunquera de Henares, Alovera, Villanueva y Quer, entre otros, aunque ninguno como el desarrollado en Mallemort (Francia). Al contrario, el caramelo para los poseedores de la tierra vuelve a ponérseles en la boca, de la misma forma que hace dos décadas también se relamieran ante el desproporcionado interés por enladrillar cualquier terreno por desordenada que la urbanización fuera. Con promesas de renta de por vida o ventas millonarias de terruños que sobre el título valían menos que los olivares que albergaban, muchos se deshicieron del problema a cambio del Audi y el piso en la capital, ofrecido sin necesidad de reserva sobre plano. Sobre secarrales y también encinares se saltaron las leyes fundamentales de la urbanística y el medio ambiente con la administración regional mirando hacia otro lado, afanada en satisfacer la demanda.

Planta fotovoltaica utilizada como invernadero en Mallemort (Francia).

Que el planeta demanda ayuda de emergencia no es nuevo y que la apuesta por las denominadas energías limpias va a marcar el desarrollo futuro de los años que vienen es una obviedad a tenor de la degradación permanente. Sin embargo, de nuevo las iniciativas han comenzado construyéndose por el tejado, con más prisas que decisiones meditadas en un afán ahora incongruente por no incurrir en el incumplimiento de las obligaciones comunitarias cuando, de hecho, esa ha sido la tónica en materia medioambiental. Que se lo digan a la depuración de aguas.

De nuevo los poderes públicos han entendido el mensaje al revés o quizá el propósito sea ese. El riesgo de imponer por encima de cualquier otra consideración la proliferación de este tipo de industria atendiendo a las necesidades propias para su implantación. Es decir, que allá donde se pueda aprovechar el sol, todo lo demás sea secundario. Un temor que en los sectores ecologistas crece al tiempo que se aprueban proyectos cobijados bajo dos grandes banderas de lucha, la medioambiental y la despoblacional. Alegan falta de planificación y control junto con la ausencia de criterios de sostenibilidad, en definitiva, la carencia de una ordenación territorial que estime el qué, el quién, el cómo, el cuándo, el dónde y el porque en la instalación de este tipo de infraestructuras. Y sobre, todo, la compenetración de estos proyectos con otras medidas que complementen la inmersión social en el uso doméstico de las energías renovables.

La celeridad con la que estas iniciativas se están desarrollando en el medio rural implican que más que un incentivo se convierta en una puntilla para aquellos sectores que más necesitan el campo para sobrevivir. El intercambio de pastos, de tierras cultivables o del patrimonio natural por placas solares al por mayor corre el peligro de que una nueva burbuja se infle de tal forma que cuando estalle ni tan siquiera los espárragos de la vega del Badiel sean rentables.

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