Un aplauso para los “profes”

Por Sonia Jodra

Profesores, profesionales y profesantes de una vocación a prueba de pandemias. El colectivo docente de este país ha superado, y con nota, el difícil reto que dejamos en sus manos al inicio de este curso escolar. España es de los pocos países que ha mantenido abiertos los colegios en lo que llevamos de curso. Y el segundo trimestre se cerró con el 99,6% de las aulas de centros educativos abiertas y solo dos centros completamente cerrados, según datos del Ministerio de Educación con información de las comunidades autónomas. La tasa de contagio entre el profesorado y el alumnado ha estado en torno al 0,15%-0,20%.

Así las cosas, podemos hablar de un éxito colectivo que ha permitido que la comunidad educativa de este país, de esta región y de esta provincia lograra esquivar el temido cierre de los centros, que desde el 1 de septiembre se ha cernido cual espada de Damocles ante cada repunte de casos.

“Los cierres prolongados y repetidos de los centros educativos están teniendo un creciente coste psicosocial para los estudiantes, aumentando las pérdidas de aprendizaje y el riesgo de abandono escolar, lo que afecta de forma desproporcionada a los más vulnerables», señalaba recientemente la directora general de la Unesco, Audrey Azoulay. Eso es contra lo que se luchaba para mantener los centros abiertos, la desigualdad. Porque en las aulas el alumnado tiene las mismas oportunidades, mientras que la educación on line convierte la brecha digital en brecha social. Las dificultades de aprendizaje que determinado alumnado tiene cuando no acude a los centros ya se pusieron de manifiesto el curso pasado y aún hoy sus secuelas siguen acompañando a las y los estudiantes en su tránsito por el actual. Desde UNICEF afirman que en el tramo de ingresos más bajos -900 euros mensuales netos o menos- el 9,2% de los hogares con niños carecen de acceso a Internet, lo que representa cerca de 100.000 hogares.

El profesorado ha tenido que afrontar tantos retos como respuestas ha sido capaz de generar en su día a día. Bajo nivel académico provocado por las 15 semanas de confinamiento con las que concluyó el curso pasado; secuelas psicológicas de las chicas y los chicos que de forma más severa se han visto afectados por el aislamiento, la ruptura de hábitos sociales y el excesivo uso de internet y las redes sociales; problemas económicos de muchas familias golpeadas por el desempleo, los ERTEs o los cierres de negocios; reducción drástica de actividades complementarias curriculares que impliquen la salida del centro; atención constante al alumnado confinado y apoyo al que se incorpora tras pasar la COVID; colaboración cuando hay compañeros confinados; y exigencia estricta al alumnado en el cumplimiento de las normas de protección frente al contagio.

Considero que el profesorado de este país se merece un aplauso enorme, porque su compromiso y su responsabilidad en el ejercicio profesional algo habrán tenido que ver para que hoy podamos celebrar el Día del Libro con las aulas abiertas. Decía Cicerón que una cosa es saber y otra bien distinta saber enseñar. Creo que el colectivo docente ha dado buena cuenta de lo segundo. Han sido psicólogos, enfermeros, trabajadores sociales, asesores laborales, mediadores y, por supuesto, enseñantes. El coste emocional y físico no ha sido bajo. Noemy Martín, profesora del Grado en Psicología de la Universidad Francisco de Vitoria y miembro investigador del equipo de Psicología del Trabajo y las Organizaciones, apunta que «ya llevamos un año en el que los estresores emocionales e interpersonales forman parte del día a día cotidiano del profesor. Estresores que no vienen dados solo por la situación de la pandemia en sí, sino por cómo ésta ha afectado a la actividad cotidiana, a las tareas, a la organización y estructuras y, sobre todo, a la interacción profesor-alumno».

Esa interacción profesor-alumno probablemente sea lo que ha logrado que todo funcionara a pesar de las dificultades. Pero ese aplauso o esa palmadita en la espalda por parte de los responsables educativos no vendría mal para quienes han hecho posible que este país no pierda por completo a una generación de chicos y chicas entre quienes los problemas de salud mental comienzan a ser muy preocupantes.

Y es que hay cosas que no cuestan dinero y otras que cuestan, pero no tanto como otras cuestiones a las que se destinan partidas millonarias. Tener al profesorado con dos mascarillas de tela desde principio de curso como principal EPI en el ejercicio de su trabajo no ha sido la mejor práctica. Como tampoco lo fue obligar a muchos a retornar al lugar de trabajo a vacunarse nada más iniciar sus vacaciones de Semana Santa. Que la segunda dosis llegue para muchos el día después de las oposiciones -más kilómetros de calvario regional- tampoco insufla ánimos entre la tropa docente.

Siempre pensé que esta profesión, la mía, la de contar historias, era la mejor del mundo. Pero gracias a este gran colectivo he aprendido que mucho mejor que contar es que cuenten contigo. El alumnado, las familias y los compañeros cuentan siempre con “el profe”. Gracias por dejarme compartirla. Solo aspiro a lo que decía Robert Frost, “no quiero ser un maestro, quiero ser un despertador”.

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