40 años de la otra gran crisis sanitaria que golpeó a Guadalajara, la del aceite de colza adulterado

Por Sonia Jodra

El aceite adulterado fue almacenado en unas naves del barrio de la Estación de Guadalajara durante cinco años.

Nos cosieron unas bolsitas de tela en los bolsillos con bolas de alcanfor y nos mandaron al colegio con la cartera llena de miedo. En 1981 no había whatsapp pero los bulos y las fake news también volaban impulsadas por el aroma a enfermedad y muerte incluso antes de que alguien decidiera ponerles nombre. Se cumplen 40 años de aquella otra crisis sanitaria que también nos hizo salir a la calle con temor.  Según datos de la Asociación Seguimos Viviendo, en Guadalajara hay 273 personas afectadas, de las que 90 tienen más de 65 años. El aceite adulterado causante del síndrome tóxico pasó cinco años almacenado en los depósitos de Campsa en el barrio de la Estación. El Síndrome del Aceite Tóxico nos tocó de lleno.

Ni siquiera cuarenta años después las cifras de afectados que contabiliza la plataforma creada para luchar contra el olvido de las víctimas y defender la justicia y reparación que merecen coinciden con las que dispone el Instituto Nacional de la Seguridad Social. Según “Seguimos viviendo”, hubo 5.000 muertos y 20.000 afectados por el síndrome tóxico. Según el Instituto Nacional de la Seguridad Social, hay 12.881 víctimas que están cobrando una prestación por el síndrome tóxico.

Las víctimas se reparten entre Madrid, Castilla-La Mancha y Castilla y León, el entorno en el que se distribuyó el aceite adulterado. Los datos del INSS indican que las 12.881 personas que perciben prestación se distribuyen: Madrid (8.698), Castilla y León (2.771) y Castilla-La Mancha (603). 

Según informaba el periódico Nueva Alcarria, en el mes de mayo de 1981 se registraron 22 casos de neumonía atípica, denominación impuesta en la época, en nuestra provincia. En junio se llegó a 56 casos y se registró la primera víctima mortal en Guadalajara, un hombre de 63 años.

Aún siento el escalofrío recordando aquellos días. La tensión que los adultos intentaban ocultarnos era tan intensa que costaba respirar sin miedo. También entonces hubo días en que nos dejaron en casa sin ir al colegio. Por miedo. Ese que se mueve a la misma velocidad con o sin internet, con dos canales de televisión o con infinitos.

Como en tantas otras ocasiones, la intoxicación se cebó con las clases populares, los barrios obreros en los que fue distribuido el aceite adulterado con el que unos cuantos desalmados decidieron hacer negocio a costa de la salud de los más vulnerables. Aquellas manos huesudas curvadas hacia dentro seguían apareciendo meses y años después entre nosotros en un goteo incesante de secuelas que aún hoy persisten entre quienes padecieron el síndrome tóxico.

Muchas de las personas afectadas han acabado falleciendo por diversas patologías que desde la Plataforma indican que son causa directa de la intoxicación, a pesar de que aún hoy se les siga negando esa consideración. Desde la Asociación prefieren utilizar la denominación Síndrome del Aceite Tóxico y luchan cada día contra las incapacidades que sufren desde que eran niños o adolescentes y por el reconocimiento que creen que merecen.

En 1997 el Tribunal Supremo condenó al Estado al pago de las indemnizaciones como responsable civil subsidiario. Pero aquellos pagos no paliaron el dolor físico y emocional que las víctimas siguen sintiendo. Incluso se produjeron errores que obligaron a algunas víctimas a la devolución de hasta una cuarta parte de la indemnización concedida, generando situaciones de impago y dificultad económica.

La crisis sanitaria del síndrome tóxico se desarrolló en medio del caos que provocaba no saber la causa de la enfermedad. Algo similar a lo vivido el año pasado con el coronavirus. La situación llegaba tres meses después del Golpe de Estado, en medio de una inestabilidad nacional que no ayudaba a despejar dudas y poner recursos sanitarios al servicio de la lucha contra la enfermedad.

Fallaron los controles sanitarios al aceite adulterado, fallaron los itinerarios para determinar la causa de la enfermedad, falló el tratamiento a los enfermos, la reparación a las víctimas, las condenas a los culpables, el cumplimiento por parte del Estado de la obligación de indemnizar a los afectados… Fallaron tantas cosas que incluso el aceite adulterado pasó nada menos que cinco años almacenado en las naves que la empresa Campsa tenía en el barrio de la Estación de Guadalajara. En septiembre de 1986 salía de Guadalajara con destino a Dinamarca, pero incluso aquel procedimiento fue paralizado y tuvo que ser la Audiencia Nacional la encargada de revocar la orden de inmovilización.

Y es que antes del COVID hubo otras historias de muerte y de enfermedad, de familias rotas y niños que morían en los hospitales. Ojalá que no sea el olvido la última secuela de la enfermedad a las que les sometamos.

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