Tanto tienes, tanto vales

Por Morian Parrilla Sánchez (*)

El primo de El último de la fila, que debía ser más avispado que el de Rajoy, ya nos decía con su sabiduría popular: “tanto tienes, tanto vales; no se puede remediar. Si eres de los que no tienes a galeras a remar

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Foto: Morian Parrilla.

Manolo García nos ilustraba a golpe de brillante canción poética, lo que la vida nos enseña a base tropiezos y decepciones, que todo se reduce a lo que tienes y su magnitud.

Un año después que nuestra vida se castrara imprevisiblemente -muy mal por los Carlos Jesús y los Rapeles que lo veían venir pero se callaron sin razón-, el devenir de la humanidad está ligado a la solvencia del país que tu destino haya querido otorgarte así como de sus gobernantes de turno.

Mientras Europa se desangra entre datos de contagios, muertes y económicos, e intenta coger velocidad de crucero en lo que a vacunación se refiere, atesorando vacunas como si de Gólun se tratase, ve como China ha dejado atrás por completo la pandemia y cual ave fénix, su economía resurge con fuerza, poniéndose en cabeza de carrera. La verdad es que da que pensar.

Una ilusa como yo quiso pensar en su momento, que esta situación daría lugar a un cambio del paradigma mundial, pero la triste realidad es que ha servido para hacer más pronunciadas y evidentes las desigualdades existentes, no mandando a la gente a galeras como nos dice la canción sino a tocar fondo sin que nada ni nadie les lance un salvavidas.

Pero si miramos a los lados siempre alguien puede estar peor.

Mientras, nuestro continente se queja por los incumplimientos en plazos, entregas y cantidades, otros como África, se queda como siempre a la espera de las migajas del resto, con una cepa más mortífera y con las mafias haciendo el agosto traficado con vacunas falsas.

Y si miramos al otro lado, Sudamérica con Brasil a la cabeza, intentando sobrevivir a lo que muchos ya denominan el genocidio del siglo XXI.

Como en la famosa película del hoyo, siempre puede haber alguien mucho más abajo: obvio.

Si alguien pensaba como yo, que esto daría un giro al orden de las cosas, se equivocó.

Los ricos son más ricos, los pobres son más pobres y un nuevo grupo: los invisibles, ha surgido con fuerza.  

Eloy Moreno nos describió con maravillosa maestría en su libro Invisible como nuestra sociedad ha creado una nueva categoría socia. En nuestro desarrollo evolutivo hemos adquirido la capacidad de no ver las injusticias que ocurren en nuestro alrededor hasta el punto de hacerlas invisibles tanto para ellos como para los que las sufren. Porque ojos que no ven corazón que no siente y así andamos por la vida actualmente “ciegos y sin sentimientos”.

Atrincherados en nuestras propias realidades, somos incapaces de mirar más allá de nuestras propias necesidades, ¡Bastante tengo yo con lo mío como para preocuparme de los demás! Y amparados en esta fatiga pandémica, nos hemos dirigido hacía una mayor individualidad.

La realidad es que este giro de guion de nuestro mundo ha hecho que las brechas sean cada vez más profundas y más abierta y sin hilos ni agujas que suturen esta realidad.

Una vez más apelamos a la voluntad del buenismo social, para cubrir las carencias de este nuevo mundo, que sigue girando sin pararse a mirar a los lados para buscar una solución.

Quizás tenga el sentido de la medida distorsionado pero mi escala métrica no va en función de títulos, bienes inmuebles, apellidos, ceros en la cuenta, followers …y podría seguir, se basa en el valor que damos a los individuos como personas sin mirar más allá.

Mirando el capital humano.

Personas que han luchado en primera línea, adaptándose a una realidad que si para los simples mortales era inasumible, para ellos era impensable el dejar a los demás atrás.

Los que han perdido ese capital. Maridos, padres, madres, hermanos, tíos, compañeros, novios, amigos… Un día sin más se fueron sin avisar, dejándolos en números rojos de momentos que ya nunca recuperaran.

Los que buscan capital para repartirlo con los que han perdido el suyo. Gente que reparte lo más básico a los que un día lo tuvieron y sin saber cómo, se ven en una cola, buscando formulas para sobrevivir un día más.

Los que nunca tuvieron ni el capital ni la consideración de ser humano. Los que no ves cuando giras una esquina pero sienten, sufren, padecen. Tienen frío, hambre y  quieren domir bajo un techo que no sea raso por muy bucólico que esto sea.

Probablemente no valga nada lo que digo y el lector piense que son divagaciones de una idealista que busca la utopía de la justicia y la equidad universal, pero la verdad que quisiera pensar que con este artículo, alguna conciencia de sofá sufre un pequeño vuelco, haciendo que se levante y con un pequeño gesto, llegue a alguien que realmente lo necesite.

Nos pasamos la gran mayoría del tiempo persiguiendo valores que no nos dan ningún valor, porque realmente lo que nos hace valiosos como personas no hay nada que lo mida.

Quizás nuestra valía se basa en los rastros que vamos dejando como personas. Esa impronta que no se toca ni se ve pero se queda flotando como el aroma de alguien bien perfumado cuando pasa a tu lado.

En los momentos que regalamos a los demás. En los besos, las caricias, los abrazos, las sonrisas. ¿Quién nos iba a decir que algo tan simple se convertiría en algo tan valioso?

Hemos capitalizado los cuerpos hasta tal punto de olvidar los instintos más básicos, esos que nos reconfortan y nos hacen tan diferentes y tan humanos, esos que nos hicieron saltar de un mundo animal a uno intelectual, que no solo estaban en regresión sino que casi están extinción. 

El tiempo pone a cada uno en sitio, y la vida con este revés nos hace cambiar el foco de nuestra mirada, volviéndolo hacía la búsqueda de la humanidad; el retorno a los inicios que nos hicieron avanzar como sociedad.

Volviendo a Manolo “¿Y si solo tengo amor que es lo que valgo yo”  Probablemente para muchos nada. Probablemente para pocos mucho. Con seguridad para mi todo. Y aunque se tienda a pensar que peco de una extrema ingenuidad infantil, 

prefiero quedarme como “un burro amarrado a la puerta del baile” que lanzarme al vacío de una felicidad ficticia.

Porque más allá de lo que tenemos, valemos simplemente por el mero hecho de ser. Y eso mi querido lector ni se compra ni se vende, nos lo regalan.

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(*) Morian Parrilla Sánchez, Abderitana (Almería) es profesora de inglés, articulista y escritora, además de fotógrafa con varias exposiciones en su haber. Entusiasta de la palabra escrita, escribe relatos cortos y vive volcada en su familia.

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